¡Con lo que tú tiras a la basura, yo podría “sobrevivir”!

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

perezpueyoangel

Domingo 5 de febrero de 2017

Durante estos días veréis pulular por nuestra Diócesis un «ramillete» de mujeres inquietas, que van y vienen, desafiando no sólo el tiempo climatológico sino también el biológico, empeñadas, de forma altruista y voluntaria, en conseguir un Proyecto solidario con los más desfavorecidos a través de la Asociación Laica de Fieles que tiene la Iglesia Católica, conocida por todos como «MANOS UNIDAS». Desde que llegué a la Diócesis ha sido una de las cosas que más me ha admirado. El año pasado consiguieron llevar a cabo un Proyecto, tan ambicioso como fecundo, como es construir, nada menos, que un centro de formación para jóvenes marginados que viven en el entorno de la leprosería de Dhanbad en el norte de la India. Y pateando la Diócesis, ese centenar largo de voluntarias, lograron los 98.371€ que costó. ¡Decidme si los milagros no existen!

Y este año han «amenazado» con volver a la carga… Y con dos proyectos. El primero, la construcción de un sistema de agua potable en Nicaragua del que se beneficiarán 110 familias, integradas por unos 558 habitantes. Su coste, 76. 254 €. Y el segundo proyecto, ayudar a una comunidad de campesinos en Haití. Este proyecto beneficiará a 150 familias campesinas en situación de extrema pobreza. Su coste, 10.000 €. Pueden leerse íntegros los proyectos en el cuadernillo especial de Manos Unidas entregado esta semana con ‘Iglesia en Aragón’.

Me resulta fácil, con el testimonio de estas mujeres «intrépidas» y «aguerridas» de nuestra Diócesis, ratificar el slogan que han escogido este año: «el mundo no necesita más comida, lo que necesita es gente comprometida». Y como contraste, viene a mi mente el cortometraje que me envió hace unos días el P. Rafael Quirós, misionero de nuestra Diócesis en Benín. Me dejó «tocado». Era muy crudo pero al mismo tiempo muy real. Mientras algunos de nuestros hijos lo que más les preocupa, les fastidia o les molesta es estudiar, comer verdura o pescado, a otros lo que les duele es el hambre. Mientras algunos no aciertan con la dieta adecuada que les haga perder esos diez kilos de más que afea su figura, otros en cambio mueren a dieta. Con lo que tú tiras a la basura, yo podría «sobrevivir», me dijo a bocajarro un niño huérfano del «hogar Beato Pedro Ruiz de los Paños» en Mishikishi (Zambia) durante la última visita que hice como Director General de los Operarios Diocesanos. Es verdad. Un tercio de nuestros alimentos van a la basura mientras casi ochocientos millones mueren de hambre. Escribir esto me resulta sangrante.

Mientras algunos odian la sobreprotección de sus padres, o les molesta que algún insecto se haya colado en su cuarto, otros no tienen padres y llevan pegadas a su cuerpo un centenar de moscas. Mientras a algunos les aburren los mismos videojuegos, otros tienen que fabricarse un balón con las hojas secas de las palmeras. Mientras algunos se enfadan porque no les compran las deportivas que ellos querían (Adidas o Nike) otros tienen que conformarse con unas chancletas fabricadas con trozos de telas viejas. Mientras algunos refunfuñan cuando les mandan a dormir temprano, otros quisieran no despertarse…

Realmente somos unos afortunados. Tenemos mucho más de lo que necesitamos para vivir felices. Sé generoso. Comparte, no lo que te sobra. Regálate. Mejor, descúbrete como dádiva de Dios para cuantos tienen hambre de pan, de justicia, de dignidad, de respeto, de ternura, de amor… hambre de Dios mismo. Comprométete para ofrecer al mundo la lucidez y la altura de miras que se necesita para evitar el mal uso de los recursos alimentarios y energéticos; para erradicar el modelo económico internacional basado en el mayor beneficio que convierte los derechos básicos de las personas en mercancía susceptible de especulación; para favorecer un estilo de vida y consumo que evite la exclusión de los más empobrecidos. Si te atrevieras a vivir así estarías empezando a utilizar el «manual de vida cristiana» que Jesús ofreció en el monte de las bienaventuranzas. Él mismo nos auguró que si procedíamos así seríamos realmente más libres, más auténticos, más fecundos, más felices. Así son las paradojas de Dios. Vivir las bienaventuranzas no es fácil. Exige ciertamente un cambio de «chip», un cambio de corazón.

En nombre de todos los beneficiarios de estos dos proyectos que vamos a asumir en nuestra Diócesis quisiera expresaros su gratitud sincera a cada uno de los hijos del Alto Aragón, creyentes o no, que con su solidaridad y generosidad van a conseguir los 86.254€ necesarios para que esta «patrulla de mujeres» de «MANOS UNIDAS» logren el objetivo humanizador que se han propuesto este año.

Con mi afecto y bendición,

perez_pueyo_firmaÁngel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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