Fraternidad (II). En el matrimonio

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

cortessorianoagustin

Domingo 5 de febrero de 2017

Decimos que, entre las formas de vida que la Iglesia presenta como modelos «institucionales» de amor al hermano, hay tres más significativas: la vida consagrada, el matrimonio y el celibato.

No es tan frecuente ver el matrimonio como una forma de amar al hermano. Pero sin duda es una forma de amor fraterno especial, que posee una riqueza insondable.

Recordemos, una vez más, que no es distinto el amor que intentan vivir los consagrados del que se profesan los que contraen matrimonio sacramental: es el mismo amor perfecto del Espíritu Santo. La diferencia está en la manera de vivirlo. Quienes se casan en la Iglesia aspiran a vivir el amor perfecto al hermano, caminando, apoyados en un «soporte» que les proporciona la naturaleza: la naturaleza les empuja a unirse al otro mediante el atractivo físico y psicológico, la complementariedad, la fecundidad en los hijos, etc. Son gozos, que el creyente reconoce como regalo de Dios y que compensan y sostienen el camino del amor mutuo.

Otra cosa es que, aun siendo una ayuda valiosa, ese impulso natural no baste para vivir el amor perfecto. El amor natural, el impulso hacia el otro es ambiguo. Cuando alguien habla de su esposa o su esposo, uno no sabe qué está queriendo decir exactamente… Nos entristece comprobar el creciente número de crisis de pareja, provocadas por la exigencia irrenunciable de una «necesidad» insatisfecha…

Una de las grandes revoluciones que introdujo Jesucristo en el ámbito de la relación matrimonial fue justamente elevar a la esposa, desde la condición de sierva de la que se puede disponer, a la categoría de persona igual al marido. Dice el Evangelio que los discípulos y sus paisanos no lo entendían (después de tantos años, hay quien sigue sin entender). «Si es así, más vale no casarse», decían; pero Él insistió: «No puedes despedir a tu mujer por cualquier motivo». Y añadió, «al principio (es decir, cuando Dios creó al varón y a la mujer), no fue así»: Dios les creó para que fueran una sola carne, es decir, unidos por amor y por dignidad (cf. Mt 19,1-11).

Convendría que de vez en cuando cada uno se detenga a pensar: «es mi esposa/o, pero ante todo es mi hermana/o, a quien dirijo todo mi esfuerzo por amarle como Jesús me ha amado, cuando nos decía amaos unos a otros…» (cf. Jn 15,12).

El Matrimonio y la Vida Consagrada son muy semejantes en lo que se refiere al amor fraterno. Lo que decíamos de los consagrados —que dedicaban un tiempo a aprender a amar según los votos— en sentido profundo y verdadero, también lo podemos decir de los casados. ¿Cómo se puede amar de verdad en el matrimonio sin asumir la pobreza, sin vivir la sexualidad según el amor, sin renunciar a la absoluta autonomía, para servir a la necesidad del otro?

También los matrimonios y sus familias llegan a ser para nosotros «islas de amor fraterno». Y no precisamente porque todo les vaya bien, sino porque tantas veces nos dan lecciones de amor. Es conmovedor recibir el testimonio de un marido o una esposa, que se dedican absolutamente al cuidado del otro con absoluta gratuidad, cuando no puede haber ningún tipo de compensación, ni siquiera el placer del encuentro erótico o incluso una respuesta afectiva gratificante.

No hace falta demostrar que si entre nosotros hay déficit de amor fraterno, posiblemente, es porque pocos han recibido el testimonio de lo que pueden llegar a amarse unos esposos, quizá los propios padres.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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