Las Candelas

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 5 de febrero de 2017

Queridos fieles:

Este jueves, 2 de febrero, celebrábamos la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de la Virgen María.

En tiempos de Jesús, la ley prescribía en el Levítico, que toda mujer debía presentarse en el templo para purificarse a los cuarenta días de dar a luz. Si el hijo nacido era varón, debía ser circuncidado a los ocho días y la madre debería permanecer en su casa durante treinta y tres días más, purificándose a través del recogimiento y la oración.

María, -que fue concebida sin pecado, preservó su virginidad antes y después del parto y fue llevada al cielo sin haber cometido pecado alguno- asumió la tradición de su pueblo y las leyes por las que se regía como el mismo Jesús haría después asumiendo la culpa del pecado, sin haber pecado jamás, para redimirnos de nuestros errores.

Esta fiesta es conocida popularmente en nuestros pueblos como “La Candelaria”. La razón de este nombre es que se trata de una fiesta de la luz, se nos presenta a Jesús como luz que ilumina a todo el género humano, como reconoce Simeón en su canto al ver a Jesús y nos narra el evangelio de san Lucas: “Luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel” (LC 2, 32). Simeón también anuncia, proféticamente, a María la gran prueba a la que está llamado el Mesías y le revela su participación en ese destino doloroso.

Además de la Sagrada Familia, en la escena se mueven dos personajes entra- ñables, dos ancianitos: Simeón y Ana. Simeón tuvo que esperar toda la vida para poder ver al Señor. Durante decenas de años había creído y había perseverado. Y cuando se encuentra con el Señor, da por bueno todo, y proclama: “Ahora , Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. El otro personaje de la escena, al que aludíamos antes, es Ana, “Hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones” (LC 2, 36-38). Su vida fue servicio y así se encontró con el Señor: sirviendo en el templo. Fe, esperanza y caridad unidas que son premiadas con el encuentro con Dios.

Partiendo del sentido luminoso de la fiesta, el pueblo cristiano celebra este día, en algunos lugares, con hogueras, donde se lleva a cabo una verdadera convivencia entre todos los vecinos, amigos y familiares. Ello demuestra claramente que el culto genera cultura y que la cultura de nuestro pueblo es esencial y profundamente, de raíces cristianas.

Otra manifestación de la relación entre culto y cultura es que, de manera creciente, los niños que nacen en nuestros pueblos y ciudades son presentados ese día, el 2 de febrero, en las iglesias, en un intento de imitar el gesto de María con Jesús.

Contemplemos este pasaje que casi cinematográficamente nos presenta el Evangelio con todas estas claves y celebremos con el sentido profundo que tienen nuestras tradiciones, conservándolas y potenciándolas.

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Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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