Fraternidad (III). Los hambrientos

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

cortessorianoagustin

Domingo 12 de febrero de 2017

Nos hacemos eco, un año más, de la Campaña contra el Hambre, promovida por la organización católica Manos Unidas. Esta campaña pone ante nuestros ojos, rostros humanos, lugares y países, que nos hablan de pobreza y miseria humana. Manos Unidas tiene por objetivo ayudar a gentes de cualquier parte del mundo a que recuperen las condiciones sociales y personales que corresponden a su dignidad humana. Es una organización católica, que ofrece su ayuda a todo necesitado por igual, sea cual sea su raza, cultura, mentalidad, religión, ideología, con tal que sufra pobreza.

¿Por qué del interior de la Iglesia nace esta iniciativa, como otras muchas, en favor de cualquier pobre de la tierra?

Estamos comprometidos a fomentar y vivir la fraternidad. Según vemos en el Nuevo Testamento, la fraternidad de los discípulos de Jesucristo era el vínculo que unía a todos los creyentes. Se llamaban «hermanos» a quienes, habiéndose convertido y bautizado, se incorporaban a la Iglesia. Creer todos lo mismo y compartir los bienes era manifestación de la nueva fraternidad. Así lo muestran expresamente las descripciones de la vida en comunidad que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde leemos que todos pensaban y sentían lo mismo y no había entre ellos ningún necesitado (cf. Hch 4, 32-34).

¿Es que los cristianos consideran hermanos también a cualquier persona? Cuando Jesús hablaba de «hermanos» se refería a los miembros de la comunidad, los cuales, creyendo y reconociendo a Dios como Padre, formaban una misma familia. Así, «si tu hermano peca, repréndele y perdónale»… (Mt 18,15), «mis hermanos son quienes cumplen la voluntad de mi Padre»… (Mt 12,50), «vosotros todos sois hermanos»… (Mt 23,8). Pero un día una mujer pagana se le postró a los pies suplicándole que expulsara un espíritu inmundo de su hija; Él respondió que primero son los hijos que se sientan a la mesa; la mujer insistió humillada, «también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los niños». Elogiando la fe de la mujer, curó a la hija (cf. Mc 7, 24-30). Otro día al citar el segundo precepto del Decálogo un fariseo le preguntó (quizá para excusarse de no cumplir el difícil mandamiento del amor al hermano): «¿y quién es mi prójimo?». Jesús no respondió a la pregunta, sino que le contó la parábola del buen samaritano, para concluir: «eres tú el que te has de comportar como hermano al aproximarte al que encuentras en tu camino maltrecho, víctima de bandidos, y curar sus heridas» (cf. Lc 10,29-37). Otro día, al describir el juicio final, dijo que Él se veía representado en los necesitados, a quienes denominó «sus hermanos más pequeños» (cf. Mt 25,31-46).

En definitiva, no se trata de ir preguntándose si el hambriento es o no hermano mío, sino de «acercarse a él (hacerse hermano suyo)» mediante el amor concreto, tan intenso, gratuito y generoso como el amor que profesamos a Cristo. San Agustín dijo que Jesucristo quiso ser amado en el pobre. Por tanto, socorrer al necesitado hambriento, enfermo, desnudo, preso, sediento,

— no será porque su imagen conmueva nuestra sensibilidad y sintamos lástima,

— ni porque creamos en la utopía de la fraternidad universal,

—sino simplemente porque le amamos.

Somos herederos de una larguísima historia de amor al pobre que nunca dejó de practicar la verdadera Iglesia. No hubo santo que dejase de encontrar el rostro de Cristo en todo necesitado. Hoy y mañana aquella historia continuará en la medida en que entre nosotros siga vivo ese amor de los santos.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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