Las debilidades de la Iglesia

Carta de
Mons. D.  Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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Domingo 12 de febrero de 2017

Queridos diocesanos:

A todos nos resulta difícil aceptar la debilidad de la Iglesia. Nos gustaría que la Iglesia fuera ya santa, pura, perfecta. Pero lo que nos encontramos es con una Iglesia formada por personas muy débiles, que se equivocan con frecuencia y que incluso cometen pecados horrendos. Junto a muchas personas santas, también encontramos otras débiles y mediocres.

No han faltado a lo largo de la historia movimientos que han pretendido que la Iglesia fuera una comunidad formada exclusivamente por hombres santos, puros e inocentes, y que, en consecuencia, se expulsara de la misma a los pecadores. Consuela pensar que, a pesar de que puedan desacreditarla, la Iglesia no ha excluido nunca a los pecadores de su seno, lo cual es un signo de su maternidad. Aunque el bautizado se separe de ella con el corazón, siempre podrá volver a ella, porque la Iglesia le sigue amando.

Esta reflexión nos reconforta porque también nosotros nos equivocamos muchas veces, pero sabemos que la Iglesia es madre y nunca nos rechazará. Leí a este propósito una reflexión de J. L. Martín Descalzo, que comparto. Decía: “Amo también a la Iglesia porque es imperfecta. No es que me gusten las imperfecciones de la Iglesia, es que pienso que sin ellas hace tiempo que me habrían tenido que expulsar a mí de ella. A fin de cuentas, la Iglesia es mediocre porque está formada por gentes, como tú y como yo”.

Sí, las debilidades de la Iglesia proceden de personas como yo, frágiles y limitadas, mientras que su santidad procede toda de su Esposo, que “la amó y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5, 25). Se da en la Iglesia una tensión constante entre la santidad y el pecado, entre la fuerza y la debilidad, entre lo que es y lo que quiere ser. Esto le hace experimentar la necesidad continua de ser redimida. La Iglesia está llamada constantemente a pasar de la existencia mundana a la novedad del Espíritu, a vivir la Pascua del Señor. Por eso pedimos al Señor que su mirada se dirija a la fe de la Iglesia y no a los pecados de los individuos: “¡No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia!”.

Por otra parte, Dios ha querido que los seres humanos gozáramos de libertad, lo que implica la capacidad de cerrarnos a su amor. La redención obrada por Cristo sólo se realiza con nuestra colaboración, lo que significa que se da una tensión existencial entre debilidad y fuerza, derrota y gloria. En el Prefacio de mártires decimos: “Has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio”. Este es el modo de actuar de Dios: la fuerza del Espíritu se manifiesta en la debilidad. De manera que, al fin y al cabo, la debilidad de la Iglesia no es sólo consecuencia de la conducta de los cristianos, sino el punto de partida: Dios ha querido contar con hombres de carne y hueso, con sus debilidades y grandezas, para mostrar en nuestra pequeñez la inmensidad de su amor.

Así siento yo también mi ministerio en esta Iglesia de Menorca. Cuando me miro a mí mismo sólo veo infidelidades y contradicciones, pero confío en el amor poderoso de Dios, que es capaz de transformar a un hombre débil en pastor de su Iglesia.

✠ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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