Mensaje con motivo de la Jornada por la Vida 2017

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LA LUZ DE LA FE ILUMINA
EL ATARDECER DE LA VIDA

Jornada por la Vida
25 de marzo de 2017

Por un mayor cuidado y amor a nuestros enfermos y ancianos

Para abordar la cuestión de los últimos compases de la vida es necesario situarnos en una perspectiva adecuada que parte, naturalmente, de conocer la verdad profunda del ser humano y del sentido de su existencia. No es posible captar la riqueza insondable y la dignidad de cada persona si no es a la luz del amor que, como lámpara preciosa, nos hace captar la verdad y el sentido último de la realidad. Es en la experiencia amorosa donde se revela la irreducible originalidad de cada persona concreta. Y ser persona entraña estar constitutivamente abierto a la trascendencia e inclinado a la comunión con Dios y con los demás. Cada uno de nosotros es un don en sí mismo y para los demás y solo podrá realizar la plenitud de su existencia cuando sale de sí para entregarse o, en palabras evangélicas, perder la propia vida, eso sí, para encontrarla de modo pleno y definitivo (cf. Mt 10, 39). Por cada uno de nosotros Cristo ha muerto en la cruz, y con su Resurrección ha roto las cadenas de la muerte.

1. Visión cristiana de la debilidad

En este contexto interpersonal, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte constituyen un misterio que apenas alcanzamos a comprender, y, sin embargo, de un modo u otro, a todos nos afecta. Pero también tenemos experiencia de que son realidades que, vividas bajo la mirada de Dios que es amor, lejos de dañar la dignidad del hombre y su libertad, constituyen una ocasión excepcional en la que se revela la grandeza de nuestra existencia. En este sentido, el papa Francisco ha realizado la siguiente afirmación:

«Conocemos la objeción que, sobre todo en estos tiempos, se plantea ante una existencia marcada por grandes limitaciones físicas. Se considera que una persona enferma o discapacitada no puede ser feliz, porque es incapaz de realizar el estilo de vida impuesto por la cultura del placer y de la diversión. En esta época en la que el cuidado del cuerpo se ha convertido en un mito de masas y, por tanto, en un negocio, lo que es imperfecto debe ser ocultado, porque va en contra de la felicidad y de la tranquilidad de los privilegiados y pone en crisis el modelo imperante (…). En algunos casos, incluso, se considera que es mejor deshacerse cuanto antes, porque son una carga económica insostenible en tiempos de crisis. Pero, en realidad, con qué falsedad vive el hombre de hoy al cerrar los ojos ante la enfermedad y la discapacidad. No comprende el verdadero sentido de la vida, que incluye también la aceptación del sufrimiento y de la limitación. El mundo no será mejor cuando esté compuesto solamente por personas aparentemente “perfectas”, por no decir “maquilladas”, sino cuando crezca la solidaridad entre los seres humanos, la aceptación y el respeto mutuo (…). No existe solo el sufrimiento físico; hoy, una de las patologías más frecuentes son las que afectan al espíritu. Es un sufrimiento que afecta al ánimo y hace que esté triste porque está privado de amor. La patología de la tristeza (…). La felicidad que cada uno desea, por otra parte, puede tener muchos rostros, pero solo puede alcanzarse si somos capaces de amar. Es siempre una cuestión de amor, no hay otro camino… El modo en que afrontamos el sufrimiento y la limitación es el criterio de nuestra libertad de dar sentido a las experiencias de la vida, aun cuando nos parezcan absurdas e inmerecidas. No nos dejemos turbar, por tanto, de estas tribulaciones (cf. 1 Tim 3, 3). Sepamos que en la debilidad podemos ser fuertes (cf. 2 Cor 12, 10)» [1].

La concepción de las profesiones de la salud y de la tarea de quienes se dedican al cuidado de los enfermos y ancianos como ayuda, tutela y promoción de la vida es la base de un auténtico servicio que busca promocionar y tutelar la vida humana, de modo particular aquella más débil y necesitada. La sociedad actual solo considera valiosa la vida de los jóvenes, y se minusvalora la vida de los ancianos y de los enfermos porque se considera que ya no son útiles, al ser dependientes y, por tanto, que no tienen futuro. ¿No será esto una muestra de la falta de humanidad de la sociedad actual? Afirmaba el papa Benedicto XVI que «una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la com-pasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente es una sociedad cruel e inhumana» [2].

2. Un deber de justicia y caridad

Los ancianos de hoy son los que nos dieron la vida y nos cuidaron a los que ahora somos jóvenes, de la misma manera que nosotros cuidamos hoy a nuestros hijos. Una exigencia básica y elemental de justicia reclama que ahora nosotros cuidemos a nuestros ancianos, y que en el futuro nuestros hijos cuiden de nosotros. Así lo pide la solidaridad intergeneracional que ha estado siempre en la base de toda comunidad. Con mucha frecuencia los ancianos son auténticos depósitos de sabiduría y tienen mucho que aportar a la familia. ¡Cuántos abuelos son el auténtico sostén de la misma, asumiendo multitud de tareas sin las cuales los padres no podrían vivir tranquilos! Cuando el anciano pierde la salud física, aparece la demencia o se desvanece la ilusión y queda a merced de los cuidados de los demás surge una situación difícil para el propio anciano y para su familia, que requiere de la ayuda solícita de la sociedad, de las instituciones y de la Iglesia.

3. Desde la mirada de la fe

La fe en Cristo resucitado nos ayuda a descubrir en plenitud el sentido de esta etapa de la vida, que a veces puede resultar larga y dolorosa. En primer lugar, debemos tener en cuenta que la vida en este mundo es el camino a la eternidad, y que el anciano ya ha recorrido un largo trecho. Pudiera parecer que el anciano, al menos en apariencia, no tiene futuro, pero la luz de la fe nos muestra que la vejez es una nueva etapa del recorrido vital, con sus luces y sus sombras, y que la muerte es el paso al encuentro con Cristo y, con su gracia, a la vida definitiva y en plenitud. La vejez se puede considerar una etapa más del camino por el cual Cristo nos quiere llevar a la casa del Padre. Y cuando la persona anciana se siente cansada, y piensa que ya no sirve para nada, y siente la tentación del abandono o de la desesperanza, debemos ayudarle a reencontrar el sentido de su vida. Esta vida es siempre valiosa y hermosa a los ojos de Dios. Y así lo es también a nuestros ojos, si realmente hemos conocido el amor. Hemos de ser muy conscientes de que el peor problema de los ancianos es la soledad. Por eso decía Cicerón que el peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes.

El momento de la muerte no es un paso hacia el vacío, hacia la oscuridad, sino que consiste en cruzar el umbral de la puerta que da entrada, con la gracia de Dios, a la vida definitiva, al encuentro con el Padre que nos ama, que nos creó, que nos ha acompañado en nuestro caminar y que ahora nos acoge en su morada eterna. Constituye, entonces, un nuevo nacimiento a la vida plena y definitiva. Dios es ante todo Dios de vivos, Señor de la Vida. Jesús nos aseguró que había venido para que con Él y en Él tuviéramos vida, vida verdadera, vida plena y eterna (cf. Jn 10, 10). En ese momento supremo de nuestra existencia, se hace especialmente relevante el morir acompañados, el no afrontar la muerte en soledad, sino en compañía de los seres queridos y de la comunidad donde se ha desarrollado nuestra vida:

«Este encuentro del moribundo con la Fuente de la vida y del amor constituye un don que tiene valor para todos, que enriquece la comunión de todos los fieles. Como tal, debe suscitar el interés y la participación de la comunidad, no solo de la familia de los parientes próximos, sino, en la medida y en las formas posibles, de toda la comunidad que ha estado unida a la persona que muere. Ningún creyente debería morir en la soledad y en el abandono» [3].

La Iglesia siempre ha estado junto a los ancianos y enfermos ayudándoles a recorrer esa última etapa de nuestro peregrinar por este mundo. Ofreciéndoles ayuda material y espiritual, compañía y consuelo. Además, la Iglesia es consciente de que los ancianos, cada uno en la medida de sus posibilidades, tienen una misión que cumplir. Por eso les exhorta a no abandonarse al desaliento; a no desatender su responsabilidad en la transmisión del Evangelio, especialmente a sus nietos; a no dejar de ser testigos de la Esperanza que nunca defrauda; a ser testigos de una vida que siempre es don irrepetible para cuantos les rodean, signo de un amor que, lejos de disminuir, quedará sellado para siempre en la eternidad de Dios.

En esta Jornada por la Vida encomendamos a las personas ancianas y enfermas a la protección maternal de María. Ella es Salud de los Enfermos, Estrella de la Mañana, Causa de nuestra alegría y Puerta del Cielo. Que sepamos aprender de Ella el amor a toda vida humana, especialmente a la más débil y necesitada.

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Obispo de Bilbao
Presidente de la Subcomisión Episcopal
para la Familia y la Defensa de la Vida

✠ Francisco Gil Hellín
Arzobispo emérito de Burgos

✠ Juan Antonio Reig Plà
Obispo de Alcalá de Henares

✠ Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Ciudad Real

✠ José Mazuelos Pérez
Obispo de Jerez de la Frontera

✠ Carlos Manuel Escribano Subías
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

✠ Juan Antonio Aznárez Cobo
Obispo auxiliar de Pamplona y Tudela


[1] FRANCISCO, Homilía en el Jubileo Extraordinario de la Misericordia a los enfermos y personas discapacitadas (plaza de San Pedro, 12.VI.2016).

[2] BENEDICTO XVI, carta encíclica Spe salvi, n. 38.

[3] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en la XIV Asamblea General de la Academia Pontificia para la Vida (25.II.2008).

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