¡Lo realmente ‘progre’, ‘audaz’ y ‘novedoso’ sigue siendo ser cristiano!

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

perezpueyoangel

Domingo 26 de febrero de 2017

Aunque los cristianos no siempre hayamos sabido estar a la altura del Maestro, fue Él quien revolucionó el mundo con su modo de ser y de proceder. El giro que Jesucristo propuso con su autoridad mesiánica fue de tal envergadura que cambió radicalmente la ley que estaba establecida en aquel tiempo: el perdón en vez de venganza y el amor al enemigo en vez del odio, son las dos últimas antítesis del Sermón del Monte. De las otras cuatro os hablé la semana pasada. Gracias, por el eco que tuvieron.

Jesús, con esta doctrina, ha escrito una de las páginas de más altura de toda la literatura universal, y que, posteriormente, inspiraría a Gandhi su campaña de «la no-violencia activa». Estas antítesis: «habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo» se oponían radicalmente a la tradición legal de los letrados y de los fariseos.

Jesús propone cambiar la ley del talión, «ojo por ojo, diente por diente», esto es, puedes vengarte en la medida en que has sido ofendido. La ley del talión, que se encontraba en el código de Hammurabi en Babilonia, nos puede parecer hoy una ley inhumana y obsoleta. Pero en su tiempo fue una ley de moderación, pues trataba de poner límite a la venganza, tanto a nivel de sentencia judicial como a nivel de individuos o de familias. El castigo no podía ser ilimitado sino que debía ser igual al daño recibido.

Hay que reconocer que este espíritu de venganza, tan inhumano como obsoleto, sigue estando vivo en el corazón de aquellas personas que, aunque se tengan por «progres» o «liberales», utilizan expresiones como estas: «el que la hace, la paga», «no te dejes pisar», «el que ríe el último ríe mejor», «la mejor defensa es un buen ataque»… Para Jesús y los que deseen seguirlo, en cambio, queda excluido no sólo la venganza efectiva sino también el deseo de la misma, hasta llegar a renunciar a todo tipo de justicia vengativa o a cualquier violencia activa, incluso como autodefensa: «No hagáis frente al que os agravia, al contrario,…» y muestra con varios ejemplos, que no deben tomarse al pie de la letra, el verdadero espíritu de perdón, de reconciliación y de fraternidad.

Además, por si no fuera suficiente, Jesús mandó amar a los enemigos: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo» Para los israelitas, todo el que no pertenecía al pueblo de Dios era considerado como «extraño» y «enemigo» a quien no era necesario amar. Este era el sentido. Pues bien, Jesús, una vez más, rompe con la tradición de los rabinos y va más allá: «Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y os calumnian».

Cristo da un paso de gigante y para gigantes. No contento con ampliar el concepto de prójimo a toda persona sin distinción y el de perdón hasta setenta veces siete, manda además amar incluso al enemigo. Según Jesús, para el que ama no hay más que hermanos.

«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» es la conclusión de las seis antítesis. La excelencia. La santidad. Al discípulo de Cristo no le basta con saludar y amar a los amigos; eso lo hace cualquiera. Al cristiano se le pide más: que sean perfectos como el Padre celestial.

El mensaje de Jesús aparece aquí en toda su radicalidad y revoluciona todos nuestros criterios y valores humanos. Duro programa de examen es el que propugna. ¿Seremos capaces de aprobarlo? Por eso, Cristo, nos avisa al principio de las seis antítesis: «Si vuestra fidelidad no es mayor (si no sois mejores) que la de los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los Cielos». Ahora entendemos mejor la sabiduría cristiana a la que se refería Pablo en la comunidad de Corinto: «la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. Por eso es absurda toda división, toda animadversión y todo partidismo, que rompen el amor entre los miembros de la comunidad cristiana, verdadero templo de Dios. La auténtica sabiduría cristiana es conocer la propia dignidad del creyente y de la comunidad en que éste vive; y establecer después la jerarquía de valores y pertenencias: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». Dios sigue siendo el gran protagonista de tu vida, aunque lo ignores o lo niegues.

Jesucristo no propone estas normas o enseñanzas a sus discípulos como una mera utopía. Es el ideal, que si fracasa, será por la dureza del corazón humano y/o por las estructuras violentas y egoístas con que hemos creado el mundo. Jesucristo excluye conscientemente toda clase de violencia o ensañamiento, pero no una resistencia pacífica, basada en el amor. De ello dieron prueba fehaciente, muchos hijos del Alto Aragón.

Con mi afecto y bendición,

perez_pueyo_firmaÁngel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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