El don del sacerdocio

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 19 de marzo de 2017

Ordenación de cuatro nuevos sacerdotes

Queridos diocesanos:

Todos los años en torno a la fiesta de san José, el esposo fiel de la Virgen María y custodio del Redentor, celebramos el Día del Seminario. En este año nuestra Diócesis de Zaragoza está de fiesta. Cuatro diáconos: D. Néstor Orlando Castro; D. José Orlando Herrera, D. Francisco Javier Martínez y D. David Julián Rojas, que se han formado en nuestro Seminario Metropolitano de Zaragoza, recibirán de mis manos de Arzobispo el sagrado orden del Presbiterado. ¡Damos gracias a Dios por este gran regalo a nuestra Diócesis y felicitamos a los ordenandos, a sus familias y al Seminario Metropolitano!

Las cuatro ordenaciones tienen lugar en la fiesta de san José, en que se celebra el Día del Seminario, con el lema significativo: Cercanos a Dios y a los hermanos. El sacerdote es puente que une a Dios y a los hombres. El sacerdote es un hombre de fe, que confía plenamente en Dios para el servicio de los hermanos. Sé de quién me he fiado (2 Tim 1, 12). En el contexto de esta frase, san Pablo invita a su discípulo Timoteo a revivir el don de la ordenación y a dar testimonio valiente del Evangelio. Es la gran certeza de que el sacerdote se fía totalmente del Señor, que le llama, consagra y envía. El sacerdote cree en el amor que Dios le tiene (cfr. 1 Jn 4, 16); se apoya en el cayado del Buen Pastor (cfr. Sal 22).

Con este motivo, en esta carta pastoral ofrezco unos puntos de reflexión sobre las vocaciones sacerdotales.

Necesidad. Las vocaciones sacerdotales son necesarias en la Iglesia, porque “sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) y “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; cfr. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo”(Pastores dabo vobis 1).

El problema del número suficiente de sacerdotes afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también, porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de la fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y es testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio.

Urgencia. El tema reviste, además, una urgencia especial, porque, aunque en nuestra Diócesis está remontando el número de vocaciones al Seminario Mayor,  estamos atravesando todavía una crisis  de vocaciones al sacerdocio, una especie de travesía del desierto, que constituye una verdadera prueba en la fe tanto de los pastores como de los fieles. Hemos de ser realistas y tener el valor de reconocer que la sequía vocacional, además de ser fruto de múltiples causas reales de tipo demográfico, económico, social, cultural, religioso, institucional, etc., responde también a deficiencias de nuestra vida personal, a la debilidad en la fe de nuestras comunidades parroquiales y religiosas, a omisiones y falta de interés en nuestra acción pastoral.

Ante esta situación que nos preocupa, aunque no nos angustia, porque la falta de vocaciones es ciertamente la tristeza de cada Iglesia, la pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo vigor y decidido empeño por todos, especialmente por los sacerdotes.

Cultura vocacional. Para hacer frente al problema de las vocaciones hace falta acrecentar nuestra esperanza en la fidelidad de Dios, que nos dará pastores según su corazón (cfr. Jer 3, 15) y confiar en la gracia Dios, suplicando al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cfr. Lc 10, 2). Pero, por nuestra parte se requiere crear una  cultura vocacional, es decir, cultivar el campo favorable para que la semilla de la vocación arraigue, crezca y florezca. Este campo viene caracterizado por la gratitud, la apertura a lo trascendente, la disponibilidad para el servicio, el afecto, la comprensión, el perdón, la responsabilidad, la capacidad de tener ideales, el asombro y la generosidad en la entrega. La cultura vocacional nos urge a todos, obispo, sacerdotes, religiosos y fieles laicos a  un compromiso coral. Nadie puede inhibirse.

Compromiso alegre. La cultura vocacional requiere el ejemplo y el testimonio alegre de los sacerdotes, que sepan y quieran guiar a los niños, adolescentes y jóvenes como compañeros de viaje. Sacerdotes que propongan a los futuros pastores con alegría y valentía la belleza de la vocación sacerdotal. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una vida entusiasmarte, que da plenitud a la propia existencia, por estar fundada en Dios que nos amó primero (Cf. 1 Jn 4, 19). san Juan de Ávila, patrono del clero secular español y nuevo doctor de la Iglesia universal, escribía a los sacerdotes: “Lo que se os puede decir, hermanos, es que si sois clérigos, habéis de vivir, hablar y tratar y conversar, de tal manera que provoquéis a otros a servir a Dios” (san Juan de Ávila, Plática 6). Así el testimonio alegre será fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio y la pastoral vocacional se convertirá en preocupación por dejar sucesores.

En este día de gozo para nuestra Iglesia Diocesana de Zaragoza nos unimos a la acción de gracias a Dios a los cuatro nuevos sacerdotes, a quienes acogemos en nuestro presbiterio diocesano presidido por el Arzobispo, a sus familias, al Seminario y a toda la Diócesis. Pedimos para ellos el donde la perseverancia y de la fidelidad en la vocación a la que han sido llamados.

Con mi afecto y bendición,

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