Esto hay que celebrarlo

Conferencia de
Mons. D. ANTONIO GÓMEZ CANTERO
Obispo de Teruel y Albarracín

Actos Culturales de la Semana Santa de Teruel

gomez_cantero

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Teruel
Martes 28 de marzo de 2017

Queridos cofrades y hermanos de todas las Cofradías y Hermandades Penitenciales de Teruel. Os saludo a todos. También a los que habéis venido a esta charla de arranque de la Semana Santa, en nuestra Catedral, que es la casa de todos. Cuando vuestro presidente D. Jesús y vuestro consiliario D. Blas, me invitaron a dirigiros unas palabras, recién comencé a ser vuestro obispo, me pareció una buena idea. De verdad estoy agradecido de estar entre vosotros para animaros a proseguir en este camino fraterno, que son las cofradías, con la mirada puesta en Jesucristo y en la Virgen Madre, a quien profesáis particular devoción bajo las diversas advocaciones que celebramos en nuestra Semana Santa.

Ya en la presentación del cartel de este año, inicié como una pincelada el camino de lo que podía ser esta alocución. Recuerdo que os dije que debíamos ahondar a los orígenes de estas tradiciones de siglos, sobre todo en nuestra geografía hispana. En Europa no existen las procesiones y las muestras populares de fervor. Y si en América Latina y en Filipinas existen es por la fe de aquellos misioneros que salieron de nuestras tierras y propagaron nuestras tradiciones.

1. SITUACIÓN ACTUAL

Curiosamente, nuestras procesiones públicas, acontecen en una sociedad tocada de secularismo donde se potencia una visión de la vida al margen de la fe católica, de su pensamiento, y de su moral, convirtiéndose este secularismo en el emblema fundamental de la democracia moderna. El laicismo combativo, si pudiera, haría desaparecer nuestras procesiones como manifestaciones religiosas. Como en bastantes casos quieren despropiarnos de nuestras iglesias, creadas para convocar a la iglesia orante, y dedicarles a bienes de “utilidad pública” como si nosotros no lo fuéramos.

Sin embargo, las manifestaciones procesionales de la semana santa las tolera, porque mueven masas, porque están incrustadas en la identidad de barrios y pueblos, y porque constituyen un poderoso reclamo para el turismo, que sustenta en buena parte nuestra economía. Pero, sutilmente, intentarán vaciarlas de los contenidos cristianos y alejarlas de su vinculación apropiándose de la expresión de la fe de un pueblo, para que sean un acto más de una cultura atávica.

No son, pienso, instancias ajenas a la comunidad cristiana, las que han de decir lo que las Cofradías debéis ser o debéis hacer en el futuro. Porque las Cofradías no sois asociaciones civiles, sino eclesiales. Sin Jesucristo y sin la Iglesia no seriáis nada, os quedaríais en algo puramente estético y costumbrista, vacío de hondura y de verdad. ¡Creedlo! No sois en modo alguno un mero hecho cultural, ni un elemento simplemente social y popular, ni una «peña de amigos». Aunque algunos lo piensen u os vean de esa manera. No os dejéis seducir por quienes quieren situaros al margen de la Iglesia, porque eso supondr- ía vuestra propia muerte. Aunque algunas veces tengáis que renunciar a ayudas y apoyos más aparentes que reales. Si la sociedad civil os apoya es porque os respetan como sois, no para que nadie os cambie.

Porque, los sabéis muy bien, tampoco las Cofradías, son para lucimiento de nadie, ni para las genialidades o protagonismos de algunos, ni deben estar al servicio de ningún interés particular, ni de ninguna apetencia de poder, de imagen o de apariencia. Hay que salvar y defender la libertad y autonomía de la comunidad de creyentes sin permitir intromisiones abusivas en su vida interna.

2. BREVE HISTORIA

Por eso, es bueno ahondar en el sentido de las cosas para no perder el horizonte, para no celebrar desde el desconocimiento y poco a poco ir cambiando el sentido original de la celebración.

Fue a comienzos del siglo IV, cuando los fieles pudieron viajar a Palestina, en virtud de la paz concedida a la Iglesia por el emperador Constantino. Allí visitaban los “santos lugares” y veneraban la cruz en los mismos escenarios de la pasión. De regreso a sus países de origen se esforzaban por compartir su fervor y su emoción con los que nos pudieron emprender tan aventurero viaje. Comenzó a presentarse el drama de la pasión dentro de nuestras iglesias, o alrededor de ellas.

A partir del siglo IX la devoción a la Pasión el Señor se rodea de ternura, ante la necesidad de representar y vivir de otra manera el mensaje cristiano: así nació la Procesión de Ramos, o los Improperios y las tinieblas del Viernes Santo. Los hermanos franciscanos tuvieron mucho que en la difusión de la devoción a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, en nuestras ciudades y aldeas. Sobre todo con las órdenes terceras y sus viacrucis vivientes.

En los siglos posteriores la guerra, el hambre y las sucesivas pestes cargaron las celebraciones de la Pasión del Señor de los tintes dramáticos que el mismo pueblo vivía en sus propias carnes. Expresaban el dolor del pueblo en el mismo dolor de Cristo y su madre. Cuantas imágenes de “Cristo yacentes” estaban llenas de pústulas propias de los cadáveres de la peste. Esta forma de piedad cae en excesos e incluso el dolor de María que se representa en el Evangelio siempre de pie, aparece desfallecida al pie de la cruz, como una mujer derrotada por haber perdido a su hijo en la guerra o en la peste. Hijo de sus entrañas, del que dependía la vida de una mujer viuda.

Así pues la mirada de fe sobre los acontecimientos de la pasión, no pertenecen sólo a los teólogos y predicadores, sino que también es privilegio de los creyentes. En la procesión de nuestras imágenes, cada persona que las ve pasar, cada cofrade, cada uno de nosotros, vivimos nuestro drama particular y el de todas las personas que conocemos cercanas o lejanas y con nuestra presencia manifestamos que estos largos viacrucis, por las calles y rincones de nuestra ciudad no tendrían sentido sin la esperanza que nos conduce al sepulcro vacío, a la luz de la mañana de Pascua, al día de la Resurrección. Y con esa fe procesionamos.

3. PRIMERA ESTACIÓN

No podemos obviar que la semana santa no es lo que era. Ahora se ha secularizado, como todo. Algunos la viven como una semana de vacaciones para hacer turismo o para descansar. Poco a poco ha ido perdiendo la esencia de la fe. Las mismas procesiones que tanto auge están tomando en muchos lugares no siempre son signo de religiosidad y de fe, sino expresiones culturales que, por haber sido vaciadas de su contenido, sé quedan simplemente en lo puramente estético, o en sentimientos vagamente religiosos, muchas veces como recuerdos infantiles de la fe.

¿Cómo podríamos recuperar la Semana Santa en toda su verdad? Cuando hacemos nuestra profesión de fe, cuando recitamos el Credo, estamos confesando algo realmente inaudito. El Hijo de Dios, por hacerse en todo semejante a nosotros menos en el pecado, llegó a morir en una cruz como un maldito. ¿Hay alguien que se pueda quejar que Dios no está con nosotros, no nos escucha? Mirad si no: nace rechazado en una gruta, perseguido, exiliado, tratado como blasfemo, despreciado de los suyos, buscado como loco por sus familiares, vendido por un amigo, traicionado por los demás, una persecución política, un juicio injusto, un asesinato en un patíbulo: desnudez, vergüenza, abandono… Pero Dios le ha levantado de entre los muertos y vive para siempre. Se trata de algo verdaderamente sobrecogedor. Resucitando a Jesús de entre los muertos, Dios nos ha mostrado su gloria de manera definitiva. Y nos ha prometido que el mal nunca vencerá sobre el bien. Y eso procesionamos por nuestras calles. ¡Estamos expresando el misterio de Dios! ¡La esencia de nuestro Dios! Aquel por el que somos capaces de entregar la vida, si realmente es nuestro mayor tesoro, nuestra mejor herencia. ¡Y esto hermanos hay que celebrarlo!

Hablando hace unos años con unos adolescentes armenios, que se jugaban la vida cada vez que celebraban la eucaristía en su pueblo, allá en las montañas entre Irak y Turquía… que la celebraban en noche cerrada en un sótano de una casa e iban cayendo a cuenta gotas para no llamar la atención… Y les pregunté, pero ¿os vale la pena jugaros la vida cada vez que vais a misa, os vale la pena creer? Uno de ellos, de unos 14 años me contestó: “Es la mejor herencia que hemos recibido de nuestros padres, y ellos a su vez de nuestros abuelos… y así sucesivamente”. Me quedé helado. ¡Es la mejor herencia! Aquello que sustentaba sus frágiles vidas. Creer les mantenía en la esperanza.

4. SEGUNDA ESTACIÓN

Estamos hablando de FE. Y sólo desde la fe se entiende la Semana Santa en su integridad. Sólo con fe se pueden vivir estos días santos, tan inundados por la presencia del Señor. Sólo con la Iglesia y desde ella, amándola de verdad, se puede celebrar la Semana Santa. Aquellos que digan que cualquiera puede participar como cofrade, aunque no sea creyente, se equivoca. Aquellos que crean que esto es manifestación de un pueblo, desligada de la fe, se equivoca… y lo peor es que todos nos podemos empapar de estas teorías que por repetidas comienzan a ser comunes y calan en nuestra mente y también en nuestro corazón.

Estoy convencido que, para evitar estos desvaríos, no se debía participar activamente en las procesiones sin antes prepararse durante toda la Cuaresma, además de participar en la celebración litúrgica de los misterios de la Pasión, donde éstos se hacen presencia viva, realidad palpable en la fe, fuerza realmente salvadora. ¿Si todas las comunidades cristianas se preparan para la Pascua durante la cuaresma, cuánto más los cofrades que hacen manifestación pública de esta fe en las procesiones? Y si no es así, podemos rayar el esperpento.

Viviendo la fe, preparándonos durante la cuaresma superamos la pura representación. Desfilar en las procesiones o contemplarlas a su paso por nuestras calles y plazas, reclama sensibilidad ante el drama, sobrecogedor y gozoso, al mismo tiempo, del amor de Dios para con cada uno de nosotros. Que los desfiles procesionales sean silenciosos o meditativos, que el redoble de los tambores sirva para despertar nuestras coincidencias dormidas, o reflejen el terremoto cósmico que supuso la agonía y la muerte de Cristo, tienen que hacernos a cada uno aptos para la contemplación y la plegaria. Lo que vivimos en nuestras celebraciones litúrgicas, lo llevamos a nuestras casas y lo sacamos a nuestras calles en las procesiones y manifestaciones populares bañadas de fe. Todo debe quedar marcado por estos misterios.

Los cofrades, como todo católico en estos días, también estáis invitados de una manera especial a acercaros al sacramento de la reconciliación. En el sacramento de la Penitencia se actualiza la fuerza redentora de la cruz de Cristo, su muerte por nuestros pecados, la paz que Él nos ganó derramando su sangre por nosotros. Y también estáis especialmente llamados a comer el Cuerpo y beber la Sangre del Cordero de Dios, inmolado por nosotros para que tengamos vida eterna y adorarle con sencillez, alegría y esperanza, participando cada domingo en la Eucaristía.

Si no perdemos el sentido de lo esencial.

5. TERCERA ESTACIÓN Porque no podemos olvidar en ningún momento que la Iglesia entiende que ser cofrade es “un plus” a ser católico de a pie. Fijaros, de verdad, la iglesia pone en las cofradías un empeño fuerte y les pide estas tres cosas: 1. fomentar una vida más perfecta 2. Promover el culto y la enseñanza de la fe 3. Ser activos en el apostolado: crear iniciativas para evangelizar, promover la caridad, y la animación de un espíritu cristiano en el mundo y la sociedad que os rodea. [CDC 298]

¿Os dais cuenta? Las Cofradías podéis ser una fuerza muy importante dentro de la Diócesis. Sois cristianos y no podéis permitiros permanecer al margen de la marcha de la Iglesia diocesana y del camino trazado por el Concilio Vaticano II y las orientaciones de los últimos Papas.

Las Cofradías sois parte integrante de la Diócesis y de las parroquias donde estáis ubicadas. Debéis ser acogidas como realidades diocesanas y estar insertas en la pastoral diocesana. Como también debéis ser acogidas como realidades parroquiales, ser incorporadas a la pastoral parroquial y tenidas en cuenta, en vuestra peculiaridad, en las programaciones pastorales parroquiales: no podéis ir por libre, al margen de las parroquias, por vuestra cuenta. La integración de la cofradía en la pastoral parroquial es mucho más fácil cuando los cofrades participan activamente en servicios parroquiales, como la Catequesis, Cáritas, Pastoral de Jóvenes, Consejo pastoral, Consejo de economía, etc…

Tan necesario es que las parroquias, los sacerdotes e incluso el Obispo nos acerquemos con estima y respeto hacia las Cofradías, como que las Cofradías os incorporéis a la vida comunitaria, sincronizándoos con las orientaciones actuales de la Iglesia. No sois piezas autónomas. Sois realidades eclesiales para llevar a cabo la obra común de la evangelización, impulsada y animada por los legítimos pastores en comunión con el Papa.

Conviene que las cofradías incorporéis algunos de los objetivos y acciones del Plan Pastoral diocesano, arciprestal y parroquial en su propia programación, expresando y viviendo así la comunión eclesial. En las reuniones de principio de curso de cada cofradía se debía estudiar el Plan Pastoral y los impulsos de cada parroquia y preguntaros: ¿Nosotros cómo podemos impulsar este dinamismo nuevo?

Para ellos se deberá valorar positivamente la función del consiliario y acoger siempre sus orientaciones y disposiciones en la realización de las finalidades religiosas y en la formación y en la participación en la pastoral en los diferentes ámbitos eclesiales.

Os invito a sumaros al esfuerzo de evangelización en el que estamos comprometidos todos los cristianos, particularmente en nuestra diócesis. Vivimos un tiempo sin duda difícil para la fe, pero urgentemente necesitado del Evangelio. En las Cofradías, de tanta raigambre en nuestras tierras, hay elementos vivos de fe y de vida cristiana que debemos reconocer y alentar, para que así lleguen a ser instrumentos eficaces de evangelización. Para ello es preciso que se revitalicen por una más honda vida cristiana, por una comunión eclesial cada vez más intensa, y por un renovado compromiso en la acción apostólica y evangelizadora de la Iglesia.

La cofradía no puede encerrarse en sí misma, ni remirarse constantemente en el propio espejo. Porque no se pertenece a sí misma. Es de Cristo y habla de Cristo; es de la Iglesia y camina con la Iglesia. Los cofrades no podéis encerraros en vuestros “cenáculos” o en vuestras discusiones internas, tenéis que tener horizonte. En el momento histórico que vivimos se os pide, que respetando la legítima autonomía de las realidades terrenas como reclama el Vaticano II (cf. GS, 36), luchéis para que Dios y su ley moral tengan cabida en esta sociedad. Esto lo podéis hacer porque las Cofradías en el siglo XXI gozáis de la credencial de ser instituciones humanizadoras en una sociedad sin alma.

En palabras de Benedicto XVI: “las cofradías, manteniendo bien firmes los requisitos de evangelización y eclesialidad, podrán seguir siendo escuelas populares de fe vivida y talleres de santidad; podrán seguir siendo en la sociedad fermento y levadura evangélica, contribuyendo a suscitar la renovación espiritual que todos deseamos”.

Si la cofradía se reduce sólo a lo cultual, se evade de la realidad, se deshumaniza. Si se reduce sólo a lo caritativo, se convierte en una entidad asistencial, socializante, fría, paternalista. El sentido evangelizador y misionero hace que la Cofradía salga de sí misma buscando a los alejados. Y que se vuelva sobre sí misma y revise su vida interior, sus celebraciones, sus compromisos, su organización y su manera de celebrar la eucaristía.

Surgidas, pues, de la fe y animadas por ella en su tradición, las Cofradías habéis de ser realidades vivas. No nos interesa que seáis trasmisoras de un pasado muerto ni que viváis exclusivamente de nostalgias. Lo que carece de fe pronto se convierte en mero gesto exterior, ritualista y superficial. Las Cofradías hoy necesitáis ser tan vivas, tan verdaderas, religiosamente, como lo hayan podido ser en los mejores tiempos. Sólo así, cargadas de vida cristiana en medio de vuestra sencillez, podréis ofrecer un rostro vivo del Evangelio de Jesucristo.

6. CUARTA ESTACIÓN

Cada Cofradía o Hermandad tiene unos fines específicos; por eso son diferentes. Pero a todas ellas les ha de animar unos elementos de vida comunes. Que en realidad son los elementos que animan a toda la Iglesia, a cualquier realidad eclesial, a toda comunidad, movimiento o asociación de fieles. Son elementos que debe suscitar y reavivar el Espíritu. Por ello, sin traicionar en modo alguno los fines específicos, al contrario para propiciar el que puedan llevarse a cabo, os pido a todas las Cofradías, a todos los cofrades, hermanos y hermanas, que seáis como la Iglesia quiere que sean actualmente todas las asociaciones de fieles cristianos, donde se dé:

una renovación, personal y comunitaria, de la experiencia de encuentro y seguimiento de Jesucristo El ser ‘cofrade’ debe llevar consigo una práctica fiel y constante de los deberes de un miembro vivo de la Iglesia, consciente y adulto.

un sentido de pertenencia a la Iglesia en cuanto misterio y espacio de comunión

El II Congreso de Cofradías de Cataluña pidió a estas instituciones “practicar y profundizar la espiritualidad propia de las Cofradías, congregaciones y hermandades, que se fundamenta en la gratuidad, la fraternidad y la misericordia, hasta convertirse en el estilo de vida de los miembros de cada agrupación”.

un testimonio que se comunique, desde un ímpetu misionero, en todas las situaciones, ambientes y culturas y todas las dimensiones de la convivencia.

Fortalezcáis vuestra presencia confesante en la vida pública, con coraje y sin complejos, “siendo en la sociedad “fermento” y “levadura” evangélica, contribuyendo a suscitar la renovación espiritual que todos deseamos” y resistiendo a la tentación de haceros del mundo. Por mi parte, estoy convencido de que si las Cofradías se toman en serio su compromiso apostólico, pueden aportar una extraordinaria riqueza a la evangelización de nuestra diócesis.

-» una mediación para la solidaridad y servicio

El cristiano cofrade no es un ser un solitario, sino solidario; un hermano, que sabe trabajar en equipo, que participa en la vida de la parroquia, que se implica en la catequesis, en la vida litúrgica, en la Caritas parroquial, o en el Consejo de Pastoral parroquial, compartiendo sus dones con sus otros hermanos cristianos. En la diócesis y en la parroquia no sobra nadie.

Sería un contrasentido grande celebrar la Semana Santa en medio del despilfarro insolidario o en una actitud que delata una preocupación por salvar lo propio y despreocuparse de las necesidades ajenas cuando la fila de los parados crece sin parar, cuando tantas familias sufren verdadera angustia por falta de trabajo y tantos jóvenes se esfuerzan en vano por encontrar un primer empleo, cuando se están viviendo a nuestro alrededor situaciones de pobreza que se hacen insostenibles y que desgarran la familia o cuando existen tantos millones de hermanos que pasan hambre, víctimas de nuestra injusticia o de nuestra insolidaridad. Celebrar cristianamente la Semana Santa reclama de todos misericordia ante toda miseria humana, valor y fuerza para un compromiso solidario frente al hermano solo y desamparado, ayuda para mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Celebrar la Semana Santa, como venimos diciendo hasta la saciedad, es celebrar el Amor de Dios entregado de manera irrevocable en su Hijo que muere en el Calvario y resucita para nuestra salvación.

Haciendo honor a su nombre, “se han distinguido por sus muchas iniciativas de caridad en favor de los pobres, los enfermos y los que sufren, implicando a numerosos voluntarios, de todas las clases sociales, en esta competición de ayuda generosa a los necesitados”. No olvidemos que cuando las Cofradías comenzaron a surgir en la Edad Media, aún no existían formas estructuradas de asistencia pública que garantizaran los servicios sociales y sanitarios a los sectores más débiles de la sociedad. Por eso surgieron como asociaciones de cristianos que querían vivir el Evangelio, a cuya entraña más profunda pertenece el ejercicio de la caridad y el servicio a los pobres, “por amor a Dios y por amor a los hermanos, que es el signo distintivo y el programa de vida de todo discípulo de Cristo, así como de toda comunidad eclesial”. Benedicto XVI a las cofradías italianas.

-»una mediación para la formación

¡Qué hermoso sería que en una misma ciudad se unieran varias Cofradías, a través de la Coordinadora o de la Junta de Cofradías, para programar actividades formativas! Lo importante es que nuestras Cofradías, bajo la guía del Consiliario y apreciando su consejo, se conviertan cada día más en escuelas de formación de un laicado maduro y misionero, capaz de responder generosamente a los desafíos dramáticos que la Iglesia debe afrontar en esta época que nos ha tocado vivir.

Las manifestaciones exteriores -procesiones, pasos, imágenes, etc.- han de ser una auténtica manifestación de la fe y una llamada para quienes las contemplen a que se unan a los mismos sentimientos que inspiran aquellas manifestaciones. Todas estas manifestaciones externas, cuando surgen de una fe viva, cuando son expresión de verdadera devoción, cuando van acompañadas de oración y buenas obras, constituyen un interrogante para los que os observan, una llamada a la fe.

Por ejemplo, que los que vayan en las procesiones desfilando expresen de verdad que la muerte de Cristo en la Cruz es la puerta de la salvación para el mundo, y que lo hagan de manera que eso se transmita, se entienda, llegue al corazón de los que asisten desde las aceras de las calles.

-» una relación directa con los contenidos de la liturgia

La liturgia y la piedad popular son dos expresiones legítimas de culto cristiano, aunque no son homologables. Ambas no se deben oponer, ni equiparar, sino armonizar. Liturgia y piedad popular son, por tanto, dos expresiones populares que se tienen que poner en contacto mutuo y fecundo; en todo caso, la liturgia tiene que constituir el punto de referencia para encarrilar con lucidez y prudencia los anhelos de oración y de vida carismática que se encuentran en la piedad popular, y, por su parte, la piedad popular, con sus valores simbólicos y expresiones, podrá proporcionar a la liturgia algunas coordenadas para una inculturación válida y estímulos para un dinamismo creador eficaz.

No podemos olvidar que las cofradías se proponen contribuir a la celebración religiosa relacionada con los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, con contenidos y en ambientes propios de la piedad popular. Por este motivo es importante que procuremos también una buena formación litúrgica de los cofrades, especialmente de los que asumen responsabilidades de gobierno en la Cofradía.

7. CONCLUSIÓN

Queridas cofradías:

Hoy, época de secularismo y descristianización, de nuevo paganismo y de increencia ambiental y cultural, no se puede suponer, sin más, ni la conversión ni la fe por el hecho de que uno participe en actos religiosos cristianos. Por otra parte es tiempo de misión y para anunciar el Evangelio con hechos y con palabras resulta imprescindible una renovada adhesión de mente y de corazón, de la persona y de la vida toda, a Jesucristo.

Porque somos personas y tenemos debilidades, y porque en el correr de los tiempos, se han podido mezclar aspectos que desfiguran la propia naturaleza religiosa y cristiana de nuestras cofradías, al igual que otras formas de vida e instituciones de nuestra Iglesia, necesitamos reforma y purificación para volver a las exigencias del Evangelio.

De una manera muy especial pido para vosotros y para mí el regalo de la conversión. Por ello todos estamos llamados a renovar, fortalecer y animar nuestras Cofradías. A todos os pido esfuerzo y generosidad. Tenéis todo mi apoyo y os pido el vuestro y vuestra colaboración. Hay que superar inercias y rutinas para acercarnos a la vida nueva de la Pascua. Que Dios y su gracia nos sostengan. No tengamos ningún miedo. Merece la pena renovarnos. El Señor y la Santísima Virgen nos ayudarán. Estamos seguros.

Muchas gracias por escucharme.

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