Pregón de Semana Santa – Valladolid 2017

Pregón de Semana Santa
Valladolid 2017

por
Mons. D. LUIS JAVIER ARGÜELLO PÉREZ
Obispo auxiliar de Valladolid

arguello31032017

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Valladolid
Viernes 31 de marzo de 2017

Emmno. y Rvmo. Sr. Cardenal, Excmo. Sr. Alcalde, Ilmo. Sr. Deán, Sr. Presidente de la Junta de Semana Santa, miembros de las cofradías y hermandades vallisoletanas, autoridades y representantes de instituciones vallisoletanas, amigos todos:

Pregón: anuncio cantado

Se me ha encomendado pregonar. El pregón es un anuncio cantado que informa y convoca. Ya sabemos el contenido de lo que se va a proclamar. ¿Cuál será la música? Unos acordes, sin duda, serán marcados por la emoción y el agradecimiento al pregonar este acontecimiento celebrado de esta manera en Valladolid a lo largo de siglos y que se ha hecho cultura y evento que desborda el ámbito eclesial. Voy a pregonar algo que ya conocen, que sucede repetidamente en el tiempo. Se me pide pregonar un acontecimiento cósmico e histórico, comunitario y personal, eclesial y ciudadano. Expresión de fe y de cultura popular.

Un acontecimiento cósmico, plenilunio de primavera; un acontecimiento histórico que sucedió en el siglo, pascua cristiana en el contexto de la pascua judía, y que sucederá de nuevo en los próximos días de abril representado en nuestros templos, calles y plazas. Pero la representación es singular y asombrosa, porque lo que pregono es un acontecimiento eterno, que desborda sitios y épocas y llena todos los rincones del tiempo y del espacio en una experiencia de rebalse que abre nuestra historia, la personal y la compartida, a la plenitud siempre añorada. Por eso, la re-presentación hace presente de nuevo el acontecimiento y nos permite ser contemporáneos del mismo.

Pregón de la primera luna llena de la primavera, acontecimiento cósmico que nos introduce en el misterio del tiempo y el asombro de los espacios inmensos. La tierra que gira sobre sí, da vueltas alrededor del sol y observa cómo la luna la imita girando y dando vueltas. En su danza repetida se suceden días y noches, estaciones y años. Parece un ciclo de permanente repetición ¡nada nuevo!, ¡nada cambia!. Pero el sol avanza en su sistema y la galaxia viaja dibujando una “vía”. ¡Todo fluye! Queridos cofrades y ciudadanos aquí estamos, en el viaje, cuidando y repitiendo lo acogido de los mayores, en una tensión entre la perseverancia que grita “siempre se ha hecho así” para conservar lo recibido, y la fidelidad que descubre en lo representado una vez más, la permanente llamada a estrenar la novedad que nos ofrece el acontecimiento al que queremos ser fieles. El acontecimiento cósmico nos enseña algo importante del evento que pregonamos: convocamos a un viaje. Y en este viaje se nos invita a un coloquio entre lo que permanece y la novedad.

El pregón lo es también de un hecho datado y documentado en la historia. Pregonamos la pasión, muerte y resurrección de Jesús en tiempos de Poncio Pilato, en Jerusalén capital de una provincia perdida del Imperio romano. En esos días los judíos celebran la pascua, “pesaj”, considerada como la gran fiesta de la libertad, la unidad y la vocación del pueblo elegido, que se venía celebrando desde hacía ya 1.000 años en el plenilunio de primavera. Los hebreos deben renovar cada año esta celebración en el mes de Nisán, para recordar el paso del Dios Liberador, que les arranca del poder del Faraón y sella con ellos una alianza en la que se fundan sus esperanzas mesiánicas. Yaveh, que se manifiesta en la historia en su acción liberadora, es el Creador, lento a la ira y rico en misericordia. Para los judíos la pascua está cada vez más atrás en el tiempo, pero recordarla aviva su esperanza mesiánica.

Vengamos a Valladolid 2017. Una procesión en el tiempo

– Desde Jerusalén, primer siglo

El pregón anuncia un acontecimiento eterno, es decir que ha roto los límites del espacio y el tiempo y se hace presente en el hoy y aquí que pregonamos: Valladolid 2017. Hemos llegado a este aquí y ahora a través de una extraordinaria peripecia histórica.

El acercamiento a esta Semana de Vida y Pasión arranca en Jerusalén. Lo que en aquella tierra y en aquella época sucede es un hecho tan asombroso que el tiempo se parte en dos –antes y después del día en el que el crucificado naciera– y la Jerusalén histórica se transforma en celeste para poder ser mesiánica en cualquier lugar del cosmos. La alianza se innova y es ahora “Alianza nueva y eterna para el perdón de los pecados” de todos los hombres, de todos los tiempos y de todos los sitios. La raza y la ley han sido desbordadas. Surge un pueblo entre los pueblos que ofrece identidad y es ámbito donde las diferencias se armonizan y hacen fecundas. Este pueblo, fruto de un nuevo parentesco, surge en torno a la cruz, con su madre y algunos amigos, pero también con el ladrón y los que le crucificaron –“perdónalos…”–. Encontraremos en el paraíso a los que le crucificaron. Si allí llegamos, escucharemos su testimonio, por los siglos eternos, de hasta dónde llega la misericordia del Señor. Jesús rezó por ellos con toda su autoridad, y el Padre, que siempre había escuchado la oración del Hijo durante su vida (cf. Jn. 11,42), no pudo dejar de escuchar esta oración que le dirigió cuando estaba a punto de morir. Detrás, la multitud que se convierte el día de Pentecostés. Es un cortejo que ha ido aumentando, hasta abarcarnos también a nosotros que estamos aquí esta tarde escuchando el pregón de la cruz de Cristo.

Todo comienza bajo aquel madero del que cuelga un cuerpo desnudo. Poco después, cuando el cuerpo haya resucitado, la cruz desnuda será la señal de los cristianos.

¿Qué representaba el “madero”, o el “árbol” para los judíos que asistían al espectáculo? Es el árbol de la vida plantado en medio del jardín, el árbol del conocimiento del bien y del mal, ante el que se consuma la desobediencia, cuando el hombre quiere decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal. En el Deuteronomio vuelve a aparecer el árbol asociado a una maldición: “Maldito —se dice— el que cuelga de un árbol” (Dt. 21,23). Pero también se anuncia el valor del madero en otros pasajes que se verán como profecías de la cruz. De madera fue fabricada el arca de Noé en la que la humanidad se salvó del diluvio; con un bastón de madera golpeó Moisés las aguas del Mar Rojo para que se abrieran (cf. Ex. 14,16), y con un madero volvió dulces las aguas amargas de Mará (cf. Ex. 15,25ss). En la vida de Jesús representa el instrumento de su condena, de su total destrucción como hombre. El “madero”, como se llamaba con frecuencia a la cruz, era el suplicio más infamante, reservado a los esclavos culpables de los mayores delitos. Todo en él estaba pensado para hacer ese suplicio lo más degradante posible. Al condenado primero se lo azotaba, luego se le hacía cargar hasta el lugar de la ejecución, si no con toda la cruz, sí con el madero transversal, se lo ataba desnudo y después se lo clavaba al patíbulo, donde agonizaba presa de convulsiones y sufrimientos atroces, con todo el cuerpo pesando sobre las heridas. “¡Crucificado!”. En la primera generación cristiana no se podía escuchar esta palabra sin que un estremecimiento atravesase todo el cuerpo. Para un judío, a eso se añadía la maldición de Dios, pues estaba escrito precisamente: “Maldito el que cuelga de un madero” (cf. Ga. 3,13).

La cruz se ha convertido en fuerza de Dios, sabiduría de Dios, victoria de Dios. “Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto” (1 P 2,23). A la voluntad del hombre de aniquilarlo, no respondió con la misma moneda, sino con la voluntad de salvarlo: “Por mi vida —dice— no quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva” (Ez. 33,11). Dios manifiesta su omnipotencia con la misericordia y el perdón, dice una oración de la Iglesia. Al grito “¡Crucifícalo!’, Él contesta con el gemido: “¡Padre, perdónalos!” (Lc. 23,34). No hay en la historia palabras como esas tres: ¡Crucifícalo!, “¡Padre, perdónalos!”. Son palabras indomables; no pueden ser superadas por ningún crimen, porque han sido pronunciadas bajo el mayor de todos los delitos, en un momento en que el mal hizo su esfuerzo supremo, más allá del cual ya no se puede llegar. “La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Co. 16,55). Esas palabras realizan lo que significan: la reconciliación del mundo con Dios y la posibilidad de reconciliarnos.

A la luz de la resurrección, en el tiempo de la Iglesia, la cruz es el lugar donde el nuevo Adán dijo sí a Dios por todos y para siempre. Donde el nuevo Moisés, con el madero, abrió el nuevo Mar Rojo y, con su obediencia, transformó las aguas amargas en las aguas dulces de la gracia y del bautismo. Donde “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito” (Ga. 3,13). La cruz es el nuevo árbol de la vida plantado en medio de la plaza de la ciudad (cf. Ap. 22,2). Dios venció al mal, sin destruir la libertad que lo produjo. Jesús hizo las paces, destruyendo la enemistad (Ef. 2,15) no al enemigo; destruyéndola en sí mismo, no en los demás.

Dice una antigua homilía pascual citada por Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa pontificia, a quien estoy siguiendo:

“Este árbol de dimensiones celestiales se ha alzado desde la tierra hasta el cielo, como fundamento de todo, pilar del universo, soporte del mundo entero, vínculo cósmico que mantiene unidad a la inestimable naturaleza humana, afianzándola con los clavos invisibles del Espíritu, para que sea así, sujeta a la divinidad, no pueda separarse de ella.”
“Este árbol es para mí salvación eterna:
de él me alimento, en él me apaciento.
Con sus raíces hundo mis raíces,
con sus ramas extiendo yo las mías,
de su rocío me embriago,
su Espíritu, cual soplo delicioso, me fecunda.
Este árbol es alimento para mi hambre, manantial para mi sed,
manto para mi desnudez…
Este árbol es mi protección cuando temo a Dios,
mi apoyo cuando vacilo,
premio cuando lucho,
trofeo cuando venzo.
Este árbol es para mí ‘sendero angosto y camino estrecho’ (cf. Mt., 7,13s),
escala de Jacob,
camino de ángeles,
sobre la cual está de verdad ‘en pie el Señor’ (cf. Gn. 28,13)”

– Desde Jerusalén y Roma, siglo IV

Sigamos acercándonos a Valladolid y a la Semana Santa 2017. Pasemos por Roma en el siglo IV. Constantino, con el Edicto de Milán, inaugura la tolerancia religiosa, la libertad de cultos Su madre, Santa Elena, hace suya la señal de los cristianos y empieza la búsqueda del madero infame, ahora cruz gloriosa de salvación. Según la Leyenda dorada, la “verdadera cruz” es encontrada a primeros de mayo del 326, para en el siglo VII ser secuestrada y exaltada. En estos siglos se discute quién es Jesús: un dios con apariencia humana, un hombre de extraordinaria altura moral, un elegido; para ser exaltado como verdadero Dios y verdadero hombre en una extraordinaria serie de concilios en los que aparece, junto a la afirmación central de la Cristología, la noción de persona aplicada a la Trinidad y, desde ella, a cada miembro de la humanidad.

Las peregrinaciones a Jerusalén se suceden durante siglos para pisar la tierra de Jesús y adorar el madero de la redención hasta que aquellas tierras fueron conquistadas por el naciente islam.

-Desde Roma y Asís, siglo XIII

Nuestro acercamiento a Valladolid 2017 continúa, pero seguimos en Roma, ahora en su catedral, en un Concilio, IV Concilio de Letrán del año 1215. El 11 de noviembre, el papa Inocencio III abrió el concilio ecuménico con un discurso cuyo inicio fueron las palabras de Jesús cuando, sentándose a la mesa, dijo: “He deseado enormemente comer esta Pascua con vosotros” (cf. Lc. 12,15). El Pontífice explicó el paso de Jesús y convocó a la Cruzada y a la reforma de la Iglesia. Allí estaba Francisco de Asís, que hizo suyo el ardiente deseo del papa. Empezó a predicar desde aquel día la penitencia y la conversión y empezó a marcar una Tau en la frente de los que se convertían sinceramente a Cristo. La Tau, (tipo de cruz romana de esa forma, pues no hay certeza absoluta sobre el diseño de la cruz en que fuera crucificado Jesús) se convirtió en su sello. Con él firmaba sus cartas y lo dibujaba en las celdas de los frailes. “Como si toda su preocupación fuese grabar el signo de la Tau sobre las frentes de los hombres que gimen y se lloran, convertidos de veras a Cristo Jesús”.

Esta fue la “cruzada” que eligió Francisco para sí, dice el capuchino Cantalamessa: marcar la cruz, no en las ropas o en las armas, para combatir a los “infieles”, sino marcarla en el corazón, en el suyo y en el de los hermanos, para acabar con la infidelidad del pueblo de Dios. Recibió esa misión “del cielo”, escribe san Buenaventura; pero ahora sabemos que la recibió también de la Iglesia, del papa. Entre los manuscritos autógrafos de Francisco en que firma con la “Tau” se encuentra su célebre “Bendición a Fray León:

«El Señor te bendiga y te guarde;
ilumine su rostro sobre ti y tenga misericordia de ti.
Vuelva a ti su rostro y te conceda la paz.
El Señor te bendiga, hermano León.»

Los franciscanos que reciben de la Santa Sede la custodia de los santos lugares, con su expansión por el orbe católico, extienden la devoción a la cruz y facilitan a quienes no podían enfrentar los inconvenientes de un viaje costoso y lleno de aventuras a Tierra Santa, la posibilidad de mantener vivo el sentido de la peregrinación. Se introdujeron las llamadas prácticas sustitutivas, para adquirir, sin poner en peligro la propia vida, una indulgencia como la que se habría adquirido en Tierra Santa.

-Desde el Valladolid del siglo XVI

Durante todo el siglo XV la peregrinación hacia un lugar particular como un santuario, relacionado con alguna práctica de religiosa piedad, representó un modo de sustituir Jerusalén. El vínculo ideal se podía acentuar aún más si estos lugares elegidos, además de conservar alguna reliquia particular, poseían también – o en la dedicación o en las formas arquitectónicas y de las artes figurativas – alguna referencia a los Lugares Santos, para así evocar al peregrino la Santa Jerusalén Celeste.

Algunos frailes de la Orden de los Menores de San Francisco, presentes en Tierra Santa a finales del siglo XV y comienzos del XVI, a su regreso, quisieron reconstruir los Lugares Santos de Palestina. Son los “sacromontes”, de especial relevancia en Italia, pero que también llegan a Valladolid, como nos ha recordado el Dr. Alejandro Rebollo al presentarnos “el urbanismo de la Cruz”. Así, el viacrucis puede celebrarse en nuestra ciudad como si de la Vía dolorosa de Jerusalén se tratara. La urbe se transforma en espacio de culto y peregrinación. Las siete basílicas de Roma se hacen presentes en Valladolid para, en la tarde del Jueves Santo y el Viernes de la Cruz, poder rememorar los sucesos de la Pasión: antigua ermita de Santa Elena en la iglesia de El Salvador; Iglesia de la Pasión; Soledad del Monte Calvario en la iglesia de Jesús Nazareno; Capilla del Monte Calvario y Cristo de la Buena Muerte, en la iglesia de San Miguel; la Santa Vera Cruz; Nuestra Señora de las Angustias y el retablo de la Santa Cruz en la iglesia de la Magdalena. Hemos de citar también como expresión de este urbanismo de la Cruz, los humilladeros – situados a extramuros en entradas y salidas de la ciudad, en el puente Mayor y en la plaza del Campo– y el Palacio de la Santa Cruz de Jerusalén. La Catedral va a representar, en las décadas siguientes, el deseo inacabado del gran templo, a imagen del de Jerusalén, que culminase el urbanismo religioso de esta época.

Si la cruz, la tau franciscana, va marcando todo este desarrollo de la vida urbana y eclesial y tiene tanto que ver con la Semana Santa que pregonamos ante esta imponente Cruz desnuda de la Venerable Orden Tercera, no podemos olvidar que Francisco de Asís había recibido el encargo de reparar la Iglesia ante el Cristo de san Damiano y de reformarla en San Juan de Letrán. La necesidad de reforma de la Iglesia se hace un clamor en los siglos XV y XVI. Vicente Ferrer, Pedro Regalado, la influencia de la Vita Christi de El Cartujano o de la Imitación de Cristo de T. de Kempis. El Concilio de Trento, Santa Teresa y San Ignacio de Loyola. En Valladolid, las predicaciones de Fray Luis de Granada y del P. Luis de la Puente, las visiones de Santa Brígida que nos llegan por Marina de Escobar, impulsan una reforma que se centra en la llamada a la penitencia y que tiene en la mirada a la Cruz un punto inexcusable de referencia. Este ambiente de la vida eclesial se expresa también en las manifestaciones públicas de la fe y en el impulso barroco a las sensaciones y emociones que se hacen presentes en la calle en la forma teatral de celebrar la Semana Santa, en la intensa comunicación entre imágenes, cofrades y pueblo.

Valladolid crece, alcanza el título de Ciudad y de Diócesis a final de siglo, también ha conocido en el siglo XVI la Conferencia sobre el erasmismo (1527) y la Controversia sobre la dignidad humana de los indígenas (1550-51). La que va a ser la primera Plaza Mayor regular de España ha sufrido el fuego del auto de fe –conmemoramos los 500 años de la Reforma luterana– y el que arrasa, junto con su antecesora plaza del Mercado, casi una décima parte de la villa. Ambos sucesos impulsan la reforma urbanística de la flamante ciudad capital del reino, con el ya citado “urbanismo de la Cruz” como referencia, y la que ha pasado a la historia como “contrarreforma católica”.

Este contexto nos ayuda a comprender mejor el acontecimiento que pregonamos, pero nos sitúa ante un desafío. La Semana Santa en el siglo XXI expresa el mismo misterio de la Cruz gloriosa pero el contexto es diferente. La capital de un Reino con vocación imperial es ahora una urbe floreciente, sin duda, pero situada de otra manera en el actual Imperio global y tecnocrático, en la que la “puesta en valor” de nuestras patrimonio cultural parece un recurso nada desdeñable. La sociedad sacralizada y sacral, conoce hoy la experiencia de “vivir como si Dios no existiera”. Un nuevo Francisco llama a la Iglesia a la conversión pastoral para la salida misionera, cultivando el encuentro y la acogida incondicional de cada persona cualquiera que sea su situación.

El hoy, por contraste, ya se ha acercado a este pregón. Pero aún hemos de continuar nuestra procesión en el tiempo.

– Desde el Valladolid de Zorrilla

La primera mitad del siglo XIX conoce una decadencia de la ciudad y de la celebración de la Semana Santa. El segundo centenario del nacimiento del ilustre vallisoletano D. José Zorrilla nos permite volver a esa época. Las consecuencias de la invasión francesa y la desaparición de tantos monasterios y conventos se dejan sentir en la vida y patrimonio de las cofradías. Pero el movimiento ilustrado quiere una purificación de la vivencia religiosa y obliga a las cofradías a un ejercicio de unidad para acabar con las rencillas de las 5 cofradías históricas y rescatar el espíritu franciscano inicial de hacer de la ciudad una “vía dolorosa” con una Procesión general de la Pasión. Los intentos fracasados del siglo XVIII dejan paso en 1810 a la primera Procesión general, desde entonces gran referente de nuestra Semana, vivida siempre en tensión con el deseo de cada cofradía de resaltar lo propio. En la segunda mitad del siglo comienza una recuperación.

– Hace un siglo de la reforma de Gandásegui

El siglo XX da forma al itinerario que hoy pregonamos. Estamos cerca de celebrar el centenario de la llegada a la diócesis de D. Remigio Gandásegui y de su reforma de la Pasión vallisoletana. Convoca a los grupos más dinámicos de la diócesis, impulsa la creación de cofradías vinculadas a pasos y procesiones, más allá de la titularidad jurídica de las imágenes, llama a colaborar a las autoridades artísticas y públicas, e invita a los vallisoletanos a abrir los templos para salir y llenar la calle.

El Concilio Vaticano II vuelve a poner a la Iglesia en tiempo de reforma. Un cierto postconcilio parece poner en solfa la religiosidad popular que ha de perder el pulso ante la religiosidad ilustrada. Sin embargo, Pablo VI y el papa Francisco revitalizan la importancia de la religiosidad popular que en estos años busca su sitio entre las dificultades eclesiales y los reclamos de su incuestionable valor patrimonial y turístico, es decir, económico y, por tanto, político.

Valladolid 2017, delante de la Cruz desnuda

Aquí estamos, hoy, delante de la Cruz desnuda, para pregonar un acontecimiento eclesial, ciudadano y personal. Ante la Cruz, señal de los cristianos; bajo la Cruz, lugar de ejecución; cabe la Cruz, símbolo de las víctimas.

¡Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo!

¡Por el Madero ha llegado la alegría al mundo entero!

Realizamos el camino de la Cruz desde la Virgen de los Dolores, viernes donde comienza nuestro relato, a la Virgen de la Alegría, domingo donde estalla la primavera irremediable y eterna, vía crucis que se descifra en luz. Es el último tramo del camino de aquel que comenzó en un pesebre, un camino en el que llamó bienaventurados a los pobres y a los perseguidos; un camino en el que invitó a poner la otra mejilla y a amar a los enemigos. Un camino en el que dijo yo soy el camino, la verdad y la vida, el buen pastor, la luz del mundo, el pan de vida. Un camino que le llevó a Jerusalén, donde entró con gritos de hosanna y escuchó: ¡crucifícale!

En Jerusalén, Jesús realizó su pregón de Pascua en el cenáculo: “He deseado enormemente comer esta Pascua con vosotros” (Lc. 12,15) Tomad, comed. Tomad bebed. Como un esclavo lavó los pies a Pedro que le negó; como un amigo dio de comer a Judas que le traicionó. Y nos dijo: “amaos, haced esto en memoria mía” (cf. Jn. 13). En Getsemaní: “si es posible que pase de mí este cáliz, pero que no se haga lo que yo quiero sino lo que tú quieras, ¡Padre!” (Mc. 14, 36). Y llegó a la Cruz habitada por Él desnudo, y fue desenclavado y descendido de la cruz. Y la Cruz quedó desnuda. Al tercer día será la Cruz gloriosa.

Se acerca un tiempo al año, un día, el Viernes Santo, en que, por única vez, el centro de la liturgia de la Iglesia no es la eucaristía sino la cruz; no el sacramento sino el acontecimiento; no el signo, sino el significado.

Os convoco a recorrer la “Via crucis”

Os convoco, amigos, a un enorme vía crucis a través de desfiles procesionales que hacen de nuestra ciudad un “sacromonte” donde:

– la cruz es anunciada, (Ultima Cena, Oración del huerto, Prendimiento, Flagelación, Atado a la columna, Coronado de espinas)

– la cruz, hecha realidad (Stmo. Cristo de la Buena Muerte, Sto. Cristo de las Cinco Llagas, Sto. Cristo de los Trabajos, La Crucifixión del Señor, Sto. Cristo del Olvido, Cristo camino del Calvario, Ntro. Padre Jesús Nazareno, Stmo. Cristo de la Agonía, Cristo de las Mercedes; Stmo. Cristo del Consuelo, Sto.Cristo de la Luz, Stmo. Cristo de la Preciosa Sangre; Sto. Cristo de la Exaltación, Cristo de El Monte Calvario, Ntro. Padre Jesús con la Cruz a cuestas, Sto. Cristo del Calvario; Cristo de la Agonía; Santo Cristo del Humilladero, Cristo de los Carboneros, San Juan y Sta. María Magdalena al pie de la Cruz, En tus manos encomiendo mi espíritu)

– la cruz, desnuda (El Descendimiento, La Piedad o Quinta Angustia, Dolorosa de la Vera Cruz, Lignum crucis; La Santa Cruz Desnuda).

La cruz desnuda, el sepulcro habitado, la Madre sola (Santísimo Cristo yacente, Santo Entierro, Nuestra Señora de las Angustias).

¡Vallisoletanos de cuna!; ¡tantos que hemos llegado y ya somos de aquí!; ¡inmigrantes y viajeros, quienes nos visitéis como peregrinos o turistas! A todos os animo a entrar en esta “vía” y dejar que vuestra mirada se cruce con sus ojos o con la cruz desnuda. Os invito a contemplar imágenes, escuchar alguna palabra y hacer silencio.

Su luz nos permite ser rostro en medio de este viaje, conmemorando un hecho, formando parte de un pueblo, si cada rostro se encuentra con el Verdadero Rostro, VERA ICON.

Venid y salid a contemplar la cruz que nos ayuda a llevar nuestras cruces. Si en los siglos XV, XVI y XVII, cuando no era habitual leer los relatos evangélicos, los sermones y el ambiente de una sociedad invitaban a comprender los “pasos”, hacer penitencia, ganar indulgencias y renovar la propia vida, hoy precisamos acercarnos de otro modo, sabiendo que en el cruce de caminos las perspectivas de quienes nos encontramos son bien distintas. La belleza del drama las puede hacer converger. En las calles y plazas de Valladolid nos entrecruzaremos estos días cofrades que van y vienen, unos con la responsabilidad de “nuestra procesión”, otros que se unen, representan u observan. Cofrades de acera y turistas. “Capillitas” y fotógrafos acreditados, aficionados y devoto pueblo. También trabajadores públicos, policías, barrenderos, protección civil. Miembros de la Junta de Semana Santa, serios, con walkie-talkie y pinganillo para acompañar y ordenar. Terrazas y bares, hosteleros que sirven y hacen cuentas, ciudadanos presumiendo de Valladolid y políticos experimentando la responsabilidad del interés turístico internacional y del orden en aceras y rutas. Viandantes y gente con prisa para quienes la procesión es un incordio. Algunos salen a los balcones o se asoman a la ventana, otros, con las luces apagadas, miran detrás de los visillos.

Pero siempre hay otros que nos pasan inadvertidos, los doloridos y sufrientes, los que desean y buscan. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, solemos repetir con el refrán, pero quizá sea más certero darle la vuelta: “corazón que no siente ojos que no ven” para dejar que los rostros y el Rostro del Crucificado nos hagan sentir, nos conmuevan y podamos ver y reconocer, en los rostros, la cercanía de hermanos en un pueblo, en el Rostro al Hijo que da la vida para abrirlos la puerta de la reconciliación y la vida. Como dice el papa Francisco: “a veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo”. (EG. 270)

Acerquémonos a la cruz desde las llagas del mundo, para que las llagas del Señor nos hagan experimentar la fuerza del amor misericordioso. Sí, las llagas del mundo, pues somos una Semana Santa de “interés turístico internacional” que quiere ser “patrimonio inmaterial de la humanidad”. Nos importan los de fuera, para que vengan como turistas a contemplar la belleza de la Cruz. Pero la Cruz desnuda nos interpela por los que quieren venir y no pueden, por los que han venido y no cuentan.

Pregonamos una semana de 10 días

El Viernes 7 de abril, dos ejercicios del vía crucis nos dispondrán para adentrarnos en la “vía dolorosa” a lo largo de toda la semana. Es Viernes de Dolores, la Madre está muy presente. Viacrucis en San Lorenzo, con la patrona. El Yacente anticipa lo que pareciera el final de este drama. Ante la Virgen de San Lorenzo, en el año del centenario de su coronación canónica, pondremos las preocupaciones de la ciudad y el deseo del Ayuntamiento, la Junta de Semana Santa y de todos cofrades del buen desarrollo de todas las actividades. Que nuestra madre nos impulse a la acogida y la hospitalidad de los que hoy invitamos a venir.

En las Delicias se celebra la primera procesión, muchos cofrades acuden, como cofrades de acera, a observar y ponerse a punto. Los saludos están llenos de la complicidad de quienes coinciden en decir, ¡por fin, Semana Santa!. En las Delicias viven muchos inmigrantes, como en Pajarillos y Rondilla. Ellos también nos recuerdan a refugiados y perseguidos, a los que salieron y no llegaron. Mirando al Santísimo Cristo de la Buena Muerte y a Nuestra Señora de los Dolores ¿cómo no pregonar la hospitalidad también aquí y gritar, en medio del silencio vallisoletano, paz y justicia entre las naciones? La exaltación de la santa Cruz pide también hacer elogio del nuevo parentesco surgido a sus pies que no conoce de barreras ni de fronteras. Amigos…si la vía dolorosa se transformara en un “corredor humanitario” para las víctimas…

El Sábado 8 de abril, el ejercicio público de las Cinco Llagas permite recorrer un Valladolid conventual, lleno de historia. Es una procesión que ayuda a orar como pocas. Pedimos por las vocaciones. En el recorrido, es tarde noche del sábado, tantos jóvenes van y vienen a su “marcha habitual”, tal vez buscando un “rollo”. Quizás a muchos el espectáculo les sorprenda. Alguno puede pensar que los pasos son un suerte de “mannequin challenge”. Si pudieran caer en la cuenta de que de las llagas del Cristo brota un bálsamo que cura las heridas de su corazón y enciende el deseo vivo de un amor que atraviese los límites.

El Domingo 9 será Ramos, el balcón de la Vera Cruz alcanza su máxima expresión, los niños cofrades inundan nuestro “sacromonte”, quizá alguno no pueda acudir a la Procesión de las Palmas, porque “le toca fin de semana” con su padre o con su madre, y ni siquiera la ilusión del Domingo de Ramos es suficiente para vencer el desamor. Si los padres que ya no son esposos, descubrieran, en el ambiente íntimo del paseo del Príncipe del Campo Grande, al Santísimo Cristo de los Trabajos que quiere ayudarnos en el trabajo cotidiano de cuidar el amor, quizás también recordaran, más allá de emociones y sentimientos encontrados, que padre y madre se es para toda la vida y en la inmensa cruz del Cristo de Laguna un apoyo donde descansar las fatigas y un vínculo donde unir lo que está roto.

El lunes 10 por la tarde son varias las cofradías convocadas. Las procesiones nos invitan a pasar el dolor por el corazón, como María, con el rosario; al Amor y Misericordia acompañando a un Cristo Cautivo, el de Medinaceli, que portado “a costal” llega a la pila bautismal de la Catedral para recordarnos que en la Noche santa de la Pascua renovaremos el Bautismo. Ya de madrugada, en precioso encuentro con la Vulnerata del Colegio de ingleses, el Cristo del Olvido en la Procesión de la Buena Muerte, nos pide no olvidar: no olvidar nuestra propia muerte que espera en el horizonte y reclama hondura a nuestra existencia; no olvidar las malas muertes de tantos hombres, no olvidar las causas de las “malas muertes” en las hambrunas, las guerras y en hogares convertidos en campos de batalla.

Nuestra Semana Santa ofrece varios encuentros, en la vía dolorosa, de Jesús con la cruz a cuestas y su Madre, pero el que ocurrirá el martes 11 ante el Palacio de Santa Cruz es el más evocador: la cruz de Jerusalén, Santa Elena, la historia de la ciudad. La plaza se abarrota, pero tiene vocación de calle, calle de la Amargura decimos. Ojalá pudiéramos experimentar que la cruz, como el madero de Moisés, puede volver dulces las aguas amargas del corazón. ¿Cuáles son, hermanos, las amarguras que quisiéramos introducir en el “encuentro” de la madre y el hijo? Quizá la amargura de abuelos que sufren la impotencia de no trasmitir la fe a hijos y nietos. Tal vez la amargura de nuestros gestores públicos que experimentan la falta de medios para hacer que resplandezca el bien común en los más débiles de nuestra ciudad. La belleza del Encuentro hace brillar el esplendor de la gracia.

Todavía una procesión sale del recorrido histórico y llega a uno de los barrios en los que la ciudad creció en el siglo XX. El magnífico “Cristo atado a la columna” llega a Pilarica, también en la madrugada habrá un encuentro, con la Virgen del Pilar, patrona de España. La ciudad ha progresado, pero el progreso, “alta velocidad” es uno de sus nombres, la ha dividido. En el caso del barrio de la Pilarica la división viene siendo, 500 días y 500 noches, traumática. Es una parábola de nuestro mundo: el progreso a costa de tantos. Haremos promesa de silencio para gritar por un progreso humano, por un desarrollo humano integral que no deje tirados, al otro lado de la vía de la historia, a tantos hermanos.

El miércoles 12 el programa empieza a desbordarse. Si venimos insistiendo en que toda la semana de diez días sigue el camino de la cruz, el Vía Crucis procesional será esa tarde. Con el Nazareno recorreremos lugares emblemáticos. Las tres penitenciales con sede propia aparecen unidas en “la via crucis”. Se acercarán algunos de los que, ante el Cristo de la Humildad, han orado por los enfermos; sus nombres y sus rostros marcan estaciones del camino de la vida que todos recorremos. Con el Vía crucis en la calle, sale de San Pedro Apóstol la procesión del Perdón y la Esperanza, para llegar a la Catedral y hacer del acto penitencial que toda procesión reclama, un acontecimiento real, un sacramento: el perdón de los pecados, manantial de reconciliación. Para hacer una buena confesión es preciso el arrepentimiento que en la Procesión de este nombre se hace “Lágrimas de San Pedro”, paso que estará en Cuellar en enésima exposición de las Edades, que está permitiendo conocer nuestro patrimonio en todo su esplendor y con toda su capacidad de construir relatos de salvación. Esta imagen pasa el año mirando al Salvador transfigurado bajo un cartel que reza: “oh, felix culpa”. Así lo cantará el Pregón pascual: “Feliz la culpa que mereció tal Redentor”. “Cristo de las Mercedes” que derramas tu gracia a manos heridas y pies descalzos. Bendito Jesús cuya sola gracia nos basta, queremos entrar contigo en la Catedral, decirte ¡Miserere mei, Domine! y salir corriendo para ver a la “Virgen de la Piedad” y a la cruz desnuda, pues el Cristo ha bajado “de la Cruz a María”. Noche de arrepentimiento y perdón. También de Piedad y Consuelo. En la madrugada la Peregrinación del Consuelo nos propone de nuevo el Vía Crucis. Si cayéramos en la cuenta de que la causa de las causas de la violencia doméstica, de la corrupción, de los abusos a menores y de menores, como de la injusticia, el terrorismo y las guerras, es el pecado (soberbia, codicia, ira, lujuria, envidia) tomaríamos, como hacemos, medidas legislativas, policiales y judiciales, pondríamos en marcha programas educativos y preventivos, pero reconoceríamos que no basta. Apelar a la “condición humana” sería lamento absurdo, si esa condición frágil y pecadora no recibiera la inmensa merced y consuelo del perdón que promueve sanación, restitución y un nuevo inicio.

Este acontecimiento es el evocado por nuestros pasos y celebrado en la liturgia del triduo pascual que ya llama a la puerta. Es, sin duda, de interés para toda la humanidad.

El Jueves Santo, día 13, si el tiempo lo permite, viviremos la explosión de estos días. Se entrecruzan oficios litúrgicos y presencia en la calle. Desde la Misa crismal en la mañana, todavía Cuaresma, a la madrugada del viernes, diez cortejos procesionales invadirán, ¡bendita invasión!, las calles y plazas de la “via dolorosa” vallisoletana. Las cofradías más antiguas salen a la calle con sus mejores galas. La Cofradía de la Vera Cruz, saldrá con el Lignum crucis verdadera cruz desnuda, signo de cristianos, también la Cofradía de la Pasión dejará su sede en el ya vacío Monasterio de San Quirce y Santa Julita, para llegar a la Catedral, como hará en la madrugada vallisoletana la Cofradía de las Angustias. Antes los nazarenos habrán llevado a hombros el Cristo de la Agonía para postrarse ante el Monumento al Santísimo Sacramento, vínculo de unidad para todos. La Cofradía de la Piedad, la que nos faltaba de las cofradías más antiguas, sale en Penitencia y Caridad con la de la Preciosísima Sangre, en una procesión, que en la tarde del día del Mandamiento Nuevo reúne indulto, oración y limosna. Las cofradías más recientes también alumbran el día que reluce más que el sol: El Cristo de la luz, resplandor de la verdad de la plenitud humana llega a la Catedral para recordarnos de nuevo que al madero ha llegado haciendo el Vía Crucis. Cinco cofradías se congregan para hacer un recorrido común hacia la Catedral: Oración del Huerto, Nuestro Padre Jesús Resucitado, Exaltación de la Santa Cruz, El Descendimiento y la Orden Franciscana Seglar, quieren subrayar la Amargura de Jesús en la noche en la que experimenta que llega su hora y la amargura y soledad de la Madre al contemplar la cruz donde se cumplen las misteriosas palabras de aquel hijo: “¿no sabíais que debo ocuparme de la casa de mi Padre? “Mujer, todavía no ha llegado mi hora”. También la Cofradía de Cristo Despojado camina hacia el Calvario acompañando a Nuestra Señora de la Amargura, con tallas realizadas en las últimas décadas. La Cofradía de El Descendimiento lleva a Cristo al Humilladero para resaltar ya, en la víspera del Viernes de la Cruz, que la señal de los cristianos es camino y senda de humildad y humillación para abrir una brecha en el muro de soberbia que enfrenta a los humanos y abajarse allí donde los humillados, víctimas de las soberbias humanas, sufren a causa de la opresión.

En el Oficio litúrgico del Jueves Santo, la Misa in coena Domini pregona la eucaristía como culminación y anticipo de lo que se conmemora el viernes, sábado y domingo. Nuestras cofradías lo expresan: La Cofradía de la Sagrada Cena hace llegar a la Plaza Mayor la impresionante “Cena” de Juan Guraya, y la rodea, en una expresión de poner la fuente del amor en la plaza pública y animar a la caridad política y a la caridad interpersonal. El Santo Entierro con el Yacente de San Joaquín y Santa Ana nos muestra al Verum Corpus no solo en la impresionante talla de Fernández, dispuesta para portar en un singular ostensorio, la hostia sacramental. Su estación eucarística ante la capilla de las Esclavas, sede de la Adoración perpetua, manifiesta que el verdadero Cuerpo de Cristo se nos ofrece en la eucaristía.

Conviene pregonar también cómo el Señor ha querido hacer de los hambrientos, sedientos, desnudos, sin techo, encarcelados, inmigrantes, enfermos, presencia verdadera de su cuerpo llagado que juzga la historia. El pobre es alguien que ocupa el lugar de Cristo. No en el sentido de que lo que hace el pobre es como si lo hiciese Cristo, sino en el sentido de que lo que hacemos al pobre es como si se lo hiciésemos a Cristo: “¡A mí me lo hicisteis!”. (cf. Mt. 25, 31)

El mayor pecado contra los pobres tal vez sea la indiferencia, el fingir que no vemos, el “dar un rodeo y pasar de largo” (cf. Lc. 10,31). Ignorar las inmensas multitudes de gentes hambrientas, de mendigos, sin techo, sin asistencia médica y sobre todo sin esperanza en un futuro mejor.

Por desgracia, nos hemos habituado ya a la miseria ajena, a las imágenes de esos cuerpos esqueléticos a causa del hambre. Ya no nos impresionan mucho, nos parecen casi inevitables y algo con lo que hay que contar. Pero pongámonos por un momento en el lugar de Dios, tratemos de ver las cosas como Él las ve para caer en la cuenta de que no basta con la simple limosna, aunque nada nos dispensa de hacer lo que esté en nuestras manos, incluso a ese pequeño nivel. Lo que hoy se necesitaría es una nueva cruzada, una movilización general de toda la cristiandad y de todo el mundo civilizado, para liberar esos sepulcros vivientes de Cristo que son los millones de personas que mueren de hambre, de enfermedades y de miseria. Ésa sería una cruzada digna de ese nombre, o sea, de la cruz de Cristo. Eliminar o reducir el injusto y escandaloso abismo que existe en el mundo entre ricos y pobres es la labor más urgente que este tiempo de revolución tecnológica. Al respecto dice el predicador de la Casa Pontificia:

“Nuestra civilización, dominada por la técnica, tiene necesidad de un corazón para que el hombre pueda sobrevivir en ella, sin deshumanizarse del todo. Se trabaja desde hace tiempo en un tipo de ordenador que «piensa». Pero nadie hasta ahora ha proyectado la posibilidad de un ordenador que «ame», que se conmueva, que salga al encuentro del hombre en el plano afectivo, facilitándole amar,… A la potenciación de la inteligencia y de las posibilidades cognoscitivas del hombre no le sigue con el mismo ritmo, lamentablemente, la potenciación de su capacidad de amor. Esta última, más bien, parece que no cuenta nada, aunque sabemos muy bien que la felicidad o la infelicidad en la tierra no dependen tanto de conocer o no conocer, sino de amar o no amar, de ser amado o no ser amado. No es difícil entender por qué estamos tan ansiosos de incrementar nuestros conocimientos y tan poco de aumentar nuestra capacidad de amar: el conocimiento se traduce automáticamente en poder, el amor en servicio”.

Viernes Santo, 14 de abril. ¡Viernes de la Cruz!, pregonará la Cofradía de las Siete Palabras por la ciudad. Ya antes la Orden Franciscana Seglar, Venerable Orden Tercera, habrá sacado al paseo de Zorrilla y alrededores la Santa Cruz Desnuda, ofreciéndonos de nuevo la posibilidad de realizar el ejercicio del vía crucis en una semana que toda ella es un permanente recorrido por la vía dolorosa, en un intercambio de estaciones, pasos y actos penitenciales que ayudan a desentrañar lo que esa vía nos enseña.

La Procesión General de la Pasión del Redentor, “museo en la calle y pura maravilla de arte”, concentra de una manera única, en Valladolid, lo que a lo largo de estos ochos días se quiere expresar en todas las manifestaciones de la religiosidad popular penitencial en España. Es una procesión de todos y manifiesta la clave principal de renovación de nuestra Semana Santa, ahora que se aproxima el centenario de su relanzamiento por Monseñor Gandásegui, considerarla de todos, apoyarla todos, considerar lo que pasa cada día y en cada rincón del programa como algo de todos. Solo la comunión podrá revitalizar nuestra celebración ante el reto secularizador y economicista que vivimos. Permítanme que me fije en unos de los pasos, San Juan Evangelista, para dirigirme a los jóvenes cofrades y a todos los jóvenes vallisoletanos: También hoy Jesús os llama junto a él al pie de la cruz. Jóvenes de corazón inquieto, ¡os necesitamos en la Iglesia! Es hermoso dejarlo todo por Cristo, para ponerse a su servicio en la vida matrimonial, religiosa o sacerdotal. Es hermoso formar una familia humana, es hermoso trabajar para reunir a la familia de Dios y servir a los pobres. Si oís su llamada, en esta Semana Santa, no endurezcáis el corazón. ¡Venid! No os dejéis desalentar por nuestra mediocridad; vosotros podéis ser mejores cristianos, mejores sacerdotes que nosotros: ¡los cristianos y sacerdotes nuevos de una Iglesia renovada!

Una muestra de novedad en la fidelidad es el Sermón de las Siete Palabras de este año. En la Acera de San Francisco, donde todo comenzó, a mediodía del Viernes de la Cruz, ante todas las autoridades locales, cofradías penitenciales y pueblo fiel congregado en la Plaza Mayor, se expondrán las Siete Palabras que Cristo Nuestro Señor dijo desde la Cruz; siete cruces estarán también cubriendo la Acera. Por vez primera, una mujer, la religiosa barcelonesa Nuria Calduch, pronunciará, desde Valladolid para toda España, este sermón.

Antes de la Procesión General, el Oficio del viernes nos propondrá adorar la Cruz. Hoy podemos anticipar los prolegómenos de ese rito: ¡Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo! ¡Venid a adorarlo!

El rito con el que vamos descubriendo la cruz en la liturgia ha de ir acompañado por el descubrimiento existencial del dolor de amor, del sentido del sufrimiento y también de su misterio y sinsentido, que tiene lugar en la de todos y cada uno de nosotros. Pero ¿cómo hacer comprender el misterio de la cruz a la sociedad hedonista que opone a la cruz el placer; que cree que por fin ha rescatado el placer, que lo ha liberado de la sospecha que pesaba sobre él?

Un eslogan publicitario en los medios de transporte público de Londres y de Barcelona decía: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. El mayor efecto de este eslogan no está en la premisa “Dios no existe”, sino en la conclusión: “¡Disfruta de la vida!”. Se sobreentiende el mensaje de que la fe en Dios impide disfrutar de la vida; es enemiga de la alegría. Muchas de las incomprensiones entre la Iglesia y la cultura dominante tienen aquí su causa. Hemos de tratar de averiguar dónde reside la raíz del problema y descubrir que tal vez exista un punto de apoyo para el diálogo. Ese punto común puede estar en la experiencia universal de que, en esta vida, el placer y el dolor se suceden el uno al otro con la misma regularidad de los días y las noches. Placer y dolor se contienen el uno en el otro de manera inseparable. El hombre busca desesperadamente separar estas dos caras de la moneda, aislar el placer del dolor. A veces se hace la ilusión de haberlo conseguido. Pero le dura poco.

La cruz de Cristo rompió por fin esa cadena. El Padre Cantalamessa dice en una predicación de Viernes Santo en San Pedro: “La cruz de Cristo introdujo en el mundo una nueva clase de dolor: un dolor que no es fruto del placer y de la culpa —dolor puramente soportado—, sino un dolor inocente, voluntario y ofrecido . La cruz ha sido absorbida por la victoria. Cristo ha resucitado. Él ha inaugurado una nueva alegría, una nueva clase de placer: el que no precede al dolor, como su causa, sino que lo sigue como su fruto; el que encuentra en la cruz su fuente y su esperanza de no acabarse ni siquiera con la muerte, de ser eterno”.

No es la imposibilidad de explicar el dolor lo que hace perder la fe, sino la pérdida de la fe lo que hace inexplicable el dolor. Cristo no ha venido para aumentar el sufrimiento humano o para predicar la resignación a éste; ha venido para darle un sentido y anunciar su final y su superación.

La predicación de la cruz de Cristo puede en nuestra época de incertidumbres y desconfianzas –que compartimos con todos– y de cristianismo tibio –que vivimos en el interior de la Iglesia–, abrirnos a la alegría y la esperanza solo con que se dé un verdadero desvelamiento de la cruz en el corazón de los cristianos, como se dio en la historia y como se hace en la liturgia.

Que pasemos también nosotros de la cruz como signo de condena y de maldición, a la cruz de salvación y perdón, “única esperanza” con orgullo de llevarla y así decir, con san Pablo: “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Ga. 6,14).

El viernes entra en la noche y da paso al sábado de María, Señora del sábado del tiempo que acompaña la esperanza de nuestro caminar. En la madrugada del sábado 15, Nuestra Señora de las Angustias, después de haber sido acompañada y aclamada, después de haber recibido la Salve en su valle de lágrimas, vuelve a salir en Soledad para presidir este sábado de duda: ¿quién podrá más, su promesa o el peso de la losa y la guardia de los soldados? Su dolor inmenso atraerá el Ofrecimiento de los Dolores de Valladolid a Virgen de la Vera Cruz al caer de la tarde de este sábado tan vacío y tan largo, que ella llena con sus lágrimas y la esperanza de su inmaculado corazón. El Santo Entierro con el Yacente, en Santa Ana, cierra el día.

La noche va a inaugurar un día eterno, el Día del Señor, Domingo de Pascua, 16 de abril. En la Vigilia pascual resonará el Aleluya y la vida nueva del Bautismo se nos ofrecerá para entregarla a lo largo del año en alegría, perdón y luchas compartidas. Y con el Domingo de Pascua ya avanzado, la Plaza Mayor será testigo de la cita que arranca el velo de tristeza. Las Cofradías de Jesús Resucitado y del Santo Sepulcro propiciarán el Encuentro de Jesús Resucitado con la Virgen de la Alegría.

Pregón para invitar a una procesión interior

¿Qué sentido tiene hablar de que Cristo ha resucitado y de que es el Señor, mientras vivimos desesperanzados, rendimos pleitesía a pequeños ídolos o a nuestro alrededor existen tantos problemas concretos que acosan al hombre: el hambre, la injusticia, la guerra…? Hoy una parte del mundo pide justicia, y otra parte pide libertad. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado y resucitado (cf. 1 Co. 1,23), porque estamos convencidos de que en él tienen su fundamento la verdadera justicia y la verdadera libertad.

Estamos invitados a escuchar lo que el Espíritu ha dicho y sigue diciendo a toda la Iglesia para que el misterio de Cristo ilumine nuestra vida, la transfigure y la convierta en testimonio resplandeciente de la Resurrección. Como declara Julien Green, «si el evangelio es el libro de los cristianos, la vida de los cristianos es el evangelio de los paganos». La vida de los cristianos en la calle, en su familia, trabajo, vida económica y social. En Semana Santa el templo sale a la calle como una parábola para seguir saliendo todo el año, sin hábitos, a cara descubierta, en el ejercicio de la caridad social. Claro que entonces reaparecerá la sugerencia exterior, a veces algo más que sugerencia, y la tentación interior: las creencias son algo privado y no deben interferir ni intervenir en la vida pública.

¿Y si asumir el discur separación , pero de vida pagana? Es posible que vivamos casi todas las realidades humanas exactamente igual que quienes no tienen fe, y que luego, unas horas a la semana o una semana al año, nos sumerjamos en un mundo distinto, donde se habla de religiosidad y penitencia, de humildad, caridad y de otras cosas, que son bellas y atractivas, siempre que no s y que no se nos ocurra pretender que la vida “real” se rija por ellas. , en nombre de u . los dos lados a la vez sin tener conflicto de conciencia. Claro que tampoco hay alegría verdadera– nuestra moral se vuelve una carga, y el Evangelio pasa, de ser una buena noticia, a ser una fu –, ni capacidad de transmitirle esa fe a nadie.

La Pascua 2017 ya está aquí. Es Semana Santa en Valladolid. Los ritos que vamos a vivir en estos días no tienen un significado meramente histórico o moral –conmemorar unos hechos, exhortar a imitarlos–, sino que tienen un significado místico. En ellos tiene que acontecer algo. No podemos quedarnos fuera, como simples espectadores u oyentes; tenemos que metemos dentro, ser “actores” y parte interesada, vivir una procesión interior. Una procesión hacia lo profundo para descubrir nuestro nombre más íntimo: “somos hijos”. Una procesión hacia lo alto para acoger el don que nos renueva. Una procesión hacia lo ancho para salir a la espesura de la historia y ofrecer la filiación que nos hermana y el don que nos compromete.

Queridos cofrades, pueblo santo de Dios, autoridades y servidores públicos, visitantes, peregrinos, hermanos y hermanas: con todo mi agradecimiento por vuestra preparación y dedicación de estos días, permitidme que os convoque a vivir una semana en la que el paso de la Cruz gloriosa de nuestro Señor Jesucristo por nuestra ciudad toque los corazones, ilumine los ojos, abra las manos y nos permita dar un paso adelante de confianza, amistad y servicio recíproco en nuestras vidas.

Veni lumen cordium

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