Ante la Semana Santa

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 2 de abril de 2017

Pregón

Queridos diocesanos:

En los días previos a la Semana Santa en muchos de nuestros pueblos y ciudades se pronuncian pregones de la Semana Santa. Yo quiero desde esta carta pastoral escribir un pregón para todos los diocesanos de Zaragoza y para todos los lectores de Iglesia en Aragón.  Pregonar es “decir algo en voz alta para conocimiento de todos”. Desde aquí alzo mi voz para anunciaros la Gran Noticia, siempre buena y siempre nueva: la celebración de la Semana Santa. Días sagrados en los que conmemoramos los misterios de nuestra salvación, realizada por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su Entrada Mesiánica en la Ciudad Santa de Jerusalén el domingo de Ramos y terminando con su Resurrección gloriosa el domingo de Pascua.

Semana Santa: acontecimiento eminentemente religioso

La Semana Santa es el tiempo en que se condensa la celebración del “Misterio Pascual”, primero, de una manera litúrgica y sacramental en las iglesias y en los templos, y, después, de una manera figurativa y plástica en las calles y plazas.

La Semana Santa es un fenómeno religioso, social, cultural y turístico en los pueblos y ciudades de España. Arte e imaginería; literatura y música; costumbres y ritos… se dan cita como en un certamen para ensalzar el misterio pascual de Cristo, que presenta mil rostros en la diversidad de las regiones de España y de Aragón, asociado a su Madre Santísima. Es como la sinfonía teológica con variaciones sobre el mismo tema: la Pascua, el paso de la muerte a la vida. Durante la Semana Santa, nuestros pueblos y ciudades participan en las más variadas manifestaciones de religiosidad popular, que se rescatan de la tradición y de la historia.

 La fe, cuando es viva y vigorosa, es capaz de crear cultura, arte y belleza. Es el fenómeno de la inculturación y encarnación de la fe. El Papa Juan Pablo II ha dicho: “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”.

La Cruz exaltada

 La auténtica Semana Santa es la de la Cruz, que se alza como la gran señal del Dios del cielo, como el único camino del Hijo de Hombre y como reto desafiante para los hombres y mujeres de todos los tiempos. Nada hay más grande sobre la tierra que la cruz. Nada purifica y salva como la cruz. Nada acoge y abraza como la cruz. Nada perdona y ama como la cruz. Y es que como escribía y cantaba Santa Teresa de Jesús en sus soliloquios de amor con su Cristo llagado: “abracemos bien la cruz/ y sigamos a Jesús/ que es nuestro camino y luz”, pues “en la cruz está la vida y el consuelo/ y ella sola es el camino para el cielo”.

 La Iglesia en la liturgia del Viernes Santo nos invita a adorar la Cruz: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid, a adorarlo” “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”. “Oh cruz fiel, árbol único en nobleza. Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!”.

 La Cruz transfigurada

La cruz está ya transfigurada. Es también Pascua. “Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 23-24). Y es que “el que se humilla será exaltado” (Lc 14, 11). Al alba del tercer día, la cruz reventó en vida y en resurrección. El amor no podía quedar estéril. El amor nunca es infecundo. El amor es siempre vida. La cruz es luz. Y la cruz floreció hasta la eternidad. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6).

La Resurrección es el misterio que lo resume todo, la luz que lo ilumina todo, el aroma que lo perfuma todo, la seguridad que lo invade todo. “Si Cristo no ha resucitado –escribe Pablo- vana es nuestra fe… Pero no, Cristo ha resucitado, y Él es la primicia de quienes duermen el sueño de la muerte” (cfr. I Cor 15, 17-20). Nada podrá ya con nosotros, nada podrá ya apartarnos del Amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús: ni la espada, ni el hambre, ni la sed, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la enfermedad, ni la muerte (cfr. Rom 8, 37-39). En todo vencemos por Aquel que nos ha amado  hasta hacerse cruz redentora, cruz florecida, cruz transfigurada, pascua sin ocaso, humanidad nueva y definitiva, aurora de eternidad. La Cruz nos lleva a la luz como el Tabor fue preludio, anuncio y anticipo del Calvario. El Calvario no es sólo el monte santo de la Cruz, sino también y, sobre todo, el jardín de la Resurrección, la montaña sagrada de la luz y de la vida.

Mirada de amor a la Virgen María

En esta Semana Santa os invito a volver la mirada y el corazón a la Virgen María, nuestra Madre, la Virgen de los Dolores que sufre con su Hijo, el “Varón de dolores” (cfr. Is 53, 3). “María, no sin designio divino,  -afirma el Concilio Vaticano II-  se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado” (LG 58). Así, “padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad” (LG 61).

Virgen María, nos unimos a tu dolor:“Oh dulce fuente de amor, / hazme sentir tu dolor/ para que llore contigo. / Y que, por mi Cristo amado, / mi corazón abrasado/ más viva en él que conmigo” (Himno de Laudes de la fiesta de la Virgen de los Dolores).

Virgen María, nos unimos a tu alegría: “Alégrate, Madre de la luz, porque Cristo, el Sol de Justicia, ha vencido las tinieblas del pecado e ilumina el mundo entero”. “Reina del cielo, alégrate, porque el Señor a quien has merecido llevar en tu seno, ha resucitado”.

Con mi afecto y bendición,

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