Celebra la vida

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 2 de abril de 2017

Queridos fieles:

El pasado 25 de marzo, celebrábamos la Jornada por la Vida con el lema, “La luz de la fe ilumina el atardecer de la Vida”, que quería subrayar la necesidad de prestar en nuestras sociedades un mayor cuidado y amor a nuestros enfermos y ancianos.

Celebrar la vida significa reconocer que el valor y la dignidad de la vida humana son datos de fe. El evangelio del amor de Dios al hombre es el mismo que el evangelio de la dignidad de la persona y es el mismo que el evangelio del valor de la vida humana. Así lo interpretó Benedicto XVI al decir que es Dios quien ama a toda persona, y, este amor la hace digna de vivir. En la misma línea lo entendió San Juan Pablo II: “La sangre de Cristo, a la vez que revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida” (EV, 25).

Celebrar la vida significa, también, reconocer que el valor de la vida humana está alcance de la razón humana. Corren tiempos en que este acceso al valor de la vida desde la razón está a veces plagado de dificultades e incertidumbres. Hoy “se justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias” (EV 4). Nos encontramos inmersos en una “cultura del descarte”, como nos dice el Papa Francisco (EG 53).

Esta progresiva instauración de la “cultura del descarte” la hemos vivido en España en los últimos 30 años. Desde la promulgación de la primera ley de despenalización del aborto (1985) hasta finales del 2015 se han producido más de 2 millones de abortos en España. Se dice pronto, pero, son más de 2 millones de personas que se han visto privadas de su derecho fundamental: el derecho a vivir. Nos hemos acostumbrado al aborto, que es lo mismo que decir que nos hemos acostumbrado a la muerte de inocentes.

Esa misma “cultura del descarte” se percibe en el trato con los enfermos cró- nicos y con los ancianos. Se ve la enfermedad y la ancianidad, no como una etapa más de la vida, sino como una amenaza hacia nuestro bienestar personal. El abuelo o la abuela no se perciben como una riqueza en la familia sino, en muchas ocasiones, como un estorbo para nuestra propia realización.

En este contexto del “descarte ”se ha presentado, recientemente, una proposición de Ley al Parlamento español para la regulación de la eutanasia, que ha sido rechazada. Cuando se habla de una ley de eutanasia se está hablando de una legislación según la cual no existiría impedimento legal, bajo determinadas condiciones, para esta práctica dentro del ejercicio de la medicina. Se trataría de “descartar”, o dejar que se “descarten”, a aquellas personas que la sociedad entiende que no tienen unas condiciones de vida dignas. Pero es necesario recordar que, cuando en términos coloquiales se habla de unas condiciones de vida indignas, las que son indignas son las condiciones o los comportamientos de quienes las consienten, pero no la vida del enfermo.

Frente a la “cultura del descarte” es necesario presentar una “cultura de la vida”, una cultura que celebra la vida. Una cultura que celebra cada embarazo y cada nuevo nacimiento; que celebra los corredores humanitarios para los refugiados a causa de las guerras; que celebra la paz y que no permite la violencia ni la muerte de nadie como solución a los problemas. Una cultura solidaria con la vida del enfermo y cercana a los otros en el momento de la muerte. Una corriente de solidaridad con la vida, donde se ponga la ciencia médica al servicio de enfermos que ya no tienen curación, donde echa sus raíces y se desarrolla la tradición filosófica de los cuidados paliativos.

El gobierno de Extremadura optó hace años por un plan marco de implementación de los cuidados paliativos en la región y, recientemente, ha aprobado la creación de un equipo multidisciplinar de cuidados paliativos en pediatría. Frente a la cultura de la muerte, Extremadura opta por la cultura del cuidado y de la atención, la cultura de la vida. Nos felicitamos por estas y otras iniciativas que tratan de dar la atención técnica y humana que necesitan los enfermos en situación terminal, con la mejor calidad posible y buscando la excelencia profesional, precisamente porque tienen dignidad.

Alguien me dijo alguna vez que mi muerte sería tal como había sido mi vida, es decir, tal y como yo había vivido mi vida. La muerte no es “alguien”, ni siquiera es “algo”. No es un acto o un acontecimiento puntual. La muerte es un proceso y, por lo tanto, hay que vivirla. Cada uno vivirá la muerte como haya vivido su vida. Ni más ni menos. Yo quiero vivir y morir sabiendo que “el que salva es solo Dios, que es el Viviente y el Misericordioso, y que en Jesucristo nos ha dado su vida con el don del Espíritu Santo y nos hace vivir como verdaderos hijos de Dios por su misericordia” (Francisco, Homilía 16 de junio de 2013). Esta es la fe que nos hace libres y felices. Y que nos permite celebrar la vida, celebrar, cada día, “el Evangelio de la Vida”.

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Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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