Escuchar siete palabras (V). Tengo sed

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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Domingo 2 de abril de 2017

Ya nos iría bien preguntarnos si tenemos sed y, en caso afirmativo, de qué estamos sedientos. La respuesta a estas cuestiones determina lo que somos y lo que vivimos. Una persona es según la sed que tiene. Así como hay diferentes tipos de sed, así hay diferentes tipos de personas. Porque una cosa es tener sólo sed del agua que sacia la necesidad del estómago y otra, por ejemplo, tener sed de la justicia que satisface el corazón… y así hay personas que sólo son estómago y otros que son algo más.

Esta palabra que escuchamos de los labios de Jesús estando nosotros al pie de la Cruz, también es prueba de «la autenticidad» de su humanidad. Jesús también es un sediento. Más todavía, aquí Jesús sufre toda la sed del mundo y de toda la humanidad, todos los tipos de sed que el ser humano ha sufrido y sufrirá. Nosotros estamos acostumbrados a abrir el grifo y llenar el vaso de agua o entrar en un bar y pedir una cerveza. Pero hay que haber experimentado el sufrimiento de uno andando por el desierto, por un mar de arena que parece infinito, bajo un sol implacable, a cuarenta cinco grados de temperatura, sin una gota de agua, para entender por qué los israelitas usaban la imagen de la sed para expresar el anhelo y el ansia más profunda de la humanidad. Jesús en su Pasión oraba el Salmo 21, en el que las sensaciones físicas de la sed (la garganta, la lengua, el polvo) significan los profundos anhelos del corazón:

«Tengo la garganta reseca como una teja; tengo la lengua pegada al paladar.» (Sal 21,15)

Escuchar a Jesús recitar esta oración nos recuerda aquel momento en el que Él, habiendo andado bajo el sol del mediodía, cansado, sentado al lado del pozo, pidió a una mujer: «Dame agua» (Jn 4,7). Todos sabemos, por el contexto de la conversación, que hemos podido meditar el tercer domingo de Cuaresma que, una vez más, no sólo estaba en juego la sed del agua del pozo. Jesús entonces y toda su vida pública era un sediento de la fe de aquella mujer y de todos nosotros. Anhelaba constantemente nuestra fe y nuestro amor. Y fue en el momento culminante de la Cruz cuando más intensamente experimentó este anhelo, esta ansia, esta pasión por nuestra fe y por nuestro amor. Porque para eso había sido enviado al mundo, «para que todos los que crean en Él sean libres, lleguen al conocimiento de la verdad y tengan en Él vida eterna» (cf. Jn 8,36;18,37;3,15) No era sólo aquella sed propia de quien se encuentra solo y anhela la presencia de amigos, sino el anhelo de quien quiere con ansia la felicidad (la salvación) de la persona amada: tenía sed de nuestra libertad, de nuestra iluminación, de nuestra paz, de nuestro perdón y, en definitiva, de nuestra salvación.

Sentía además otra sed, que le hacía gritar esta plegaria. Compartiendo el sufrimiento de todos los que sienten el deseo profundo del corazón, mirando a su alrededor cómo quedaba el mundo, cómo las tinieblas seguían dominando la tierra, cómo había tanto de sufrimiento, anhelaba la justicia del Reino de Dios. Él había proclamado «dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados» (Mt 5,6). Ahora se encontraba del lado de los sedientos y hambrientos de un Reino de Dios visible y concreto que no se veía en ninguna parte aquí en la tierra. Ahora sufría el ardor de quienes no encuentran el consuelo ni la paz que Dios había prometido a los justos.

La bienaventuranza seguía siendo verdadera. Pero en la Cruz, y hoy quizá en tantas ocasiones, todavía domina el vacío y la oscuridad y los justos siguen siendo víctimas. Por ellos, en su nombre, suena el grito de Jesús, hasta que el Padre responda con la Resurrección.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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