No es teatro, es nuestro privilegio

Carta de
Mons. D. Antonio Gómez Cantero
Obispo de Teruel y Albarracín

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Domingo 2 de abril de 2017

¿Por qué procesionamos conmovidos por nuestras calles? ¿Por qué la memoria se hace ternura y se nos agolpan los sentimientos de la infancia manteniendo en nuestras pupilas los rostros de aquellos que nos han dejado  y que tanto amamos? ¿Por qué estas costumbres centanarias?

Las tradiciones que sostenemos comenzaron allá por el siglo IV, cuando algunos fieles piadosos pudieron viajar a Palestina, en virtud de la paz concedida a la Iglesia por el Emperador Constantino. Allí visitaban los “Santos Lugares” y veneraban los mismos escenarios de la pasión de Cristo. De regreso a sus pueblos de origen se esforzaban por compartir su fervor y su emoción con los que no pudieron emprender tan aventurero y arriesgado viaje.

A partir del Siglo IX, la devoción a la Pasión del Señor se rodea de ternura, ante la necesidad de representar y vivir de otra manera el mensaje cristiano: así nació la Procesión del Domingo de Ramos, los Improperios y las Tinieblas del Viernes Santo, que conocisteis aún los mayores. La gente sencilla quería vivir, ver y palpar aquellos hechos que eran el fundamento de su fe. Recordáis: “Por nosotros y por nuestra salvación…” (¡Lo hemos dicho tantas veces en el Credo!)

En los siglos posteriores, la guerra, el hambre, la peste y la miseria, cargaron las celebraciones de la Pasión del Señor de tintes dramáticos porque el mismo pueblo lo vivía en sus propias carnes: tanto dolor, tanta muerte, tanta oscuridad… Esta forma de piedad cayó en excesos, alejándose cada vez más del sentido del evangelio. Pero no estaban muy lejos de él. Si el pueblo sufre, Dios sufre con él. Así la Virgen de la Piedad o Nuestra Señora de los Dolores muestran en el rostro el sufrimiento de los hijos que la imploran. Y como una verdadera y desconsolada madre que ha perdido a su único hijo, pasea por nuestras calles con el rostro cubierto de dolor y de amargura. Allí estamos todos, y le rezamos, y al mismo tiempo nos compadecemos con ella.

Así pues, la mirada de fe sobre los acontecimientos de la pasión, no sólo pertenecen a los teólogos y predicadores, sino que también es privilegio y forma parte de la reflexión del pueblo creyente. Cada uno hemos puesto en el rostro de María o de Jesús nuestro drama particular.

Esta debe ser nuestra Semana Santa, sobria, austera, silenciosa, signo y expresión de un pueblo templado y forjado como el acero, que aguanta duros golpes sin quebrarse, que sabe de fríos y heladas, de esta dura tierra, que le niega el pan y el vino y  que le hace poner su esperanza en el duro trabajo diario y en Dios, dueño de su vida y de su historia. ¿Cuántas miradas no se habrán encontrado suplicantes ante las imágenes que sacamos a la calle? Esos rostros de nuestro Cristo que dan serenidad ante el dolor y el sufrimiento, cuántas veces no se habrán encontrado con nuestros rostros y el de nuestros antepasados. Y  todo “por nosotros y por nuestra salvación…”

Pero ahora parece que las cosas son distintas, que todo va cambiando. Vivimos mejor, somos menos fraternos, creemos menos… quizás no necesitamos a Dios, porque pensamos que hemos conseguido dominar al árbol de la ciencia del bien y del mal. Aun así, queremos mantener nuestras tradiciones como un “bien cultural” –decimos–  y las vaciamos de contenido, olvidando que las tradiciones religiosas nacieron para bien de la comunidad que celebra y del espíritu del que se siente necesitado de Dios. Si nuestras celebraciones de Semana Santa pierden esa gota de eternidad, no serán más que teatro de calle para regocijo de turistas y visitantes.

Gracias a Dios, eso que comenzó a ocurrir en muchos de nuestros pueblos y ciudades, ahora, un grupo mayoritario de cofrades luchan y se empeñan para que las celebraciones de Semana Santa dejen de ser poco menos que una pasarela escénica y algo teatrera de un museo ambulante que hablaba de antiguas creencias, para que de nuevo vuelva a convertirse en la expresión pública de la fe de un pueblo. Es nuestro privilegio, el de este pueblo creyente.

¡Ánimo y adelante!

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✠ Antonio Gómez Cantero
Obispo de Teruel y Albarracín

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