Compartió nuestros sufrimientos

Carta de
Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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Domingo 9 de abril de 2017

Con la celebración del Domingo de ramos en la pasión del Señor comienza la Semana Santa. Durante estos días los cristianos somos invitados a dirigir una mirada de fe y amor a ese Jesús que se hizo nuestro hermano hasta el punto de compartir el sufrimiento y el dolor de la humanidad, y que no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos. Para ayudaros a vivir estos días en un clima de oración y contemplación, os propongo una breve reflexión sobre una de las siete palabras que Jesús pronunció desde la cruz.

Según el evangelista Mateo, cuyo relato de la pasión escucharemos este año en la celebración del Domingo de Ramos, Jesús rezó desde la cruz el salmo 22, que comienza con un grito desgarrador de quien se siente abandonado por Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). Al dirigirse al Padre con estas palabras, el Señor está expresando el sufrimiento más profundo que siente en ese momento: la experiencia del abandono y de la soledad. En la pasión Cristo aparece como alguien incomprendido y despreciado por su propio pueblo, abandonado por sus propios discípulos y amigos.

En esta experiencia de sentirse abandonado por los suyos, Jesús compartió con la humanidad doliente el sufrimiento mayor que podemos imaginar: la sensación de sentirse olvidado por Dios. No hay un dolor más grande que este, porque cuando alguien llega a pensar que Dios le ha abandonado, siente que ya no hay motivo para la esperanza y se cierra para él todo horizonte de vida. Es el momento del mayor sufrimiento y, por ello, de la tentación más grande que alguien puede experimentar: la desconfianza hacia Dios. A Jesús esta tentación le llegó por las insinuaciones de los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos: “Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo <<soy hijo de Dios>>” (Mt 27, 43). Al sufrimiento físico se unió otro mayor: la lucha interior y la experiencia oscura de la soledad y el abandono.

Durante estos días contemplamos al Hijo de Dios que se ha hecho solidario con los sufrientes de nuestro mundo: no hay ningún sufrimiento auténticamente humano que Él no haya experimentado en su propia carne. Ha pasado la prueba del dolor para poder auxiliar a los que ahora pasan por ella. El dolor y el sufrimiento no nos alejan de Cristo, sino que nos unen más a Él. En la cruz se muestra como verdadero hermano nuestro, solidario con los últimos de nuestro mundo; como aquel que no se conformó con renunciar a su dignidad divina al asumir nuestra naturaleza, sino que quiso ponerse al lado de aquellos cuyo dignidad humana no es respetada.

En este momento del dolor supremo, Jesús no se deja vencer por la tentación y recita el salmo 22, que es un grito de confianza y de amor a Dios en el momento de la prueba. Esta oración es también un anuncio de la Pascua: aunque a los ojos del mundo parece que Dios ha desautorizado a Jesús dejándolo morir en manos de sus enemigos, el Padre escuchará la súplica del Hijo, abriendo así un horizonte de esperanza a todos los sufrientes de nuestro mundo.

Con mi bendición y afecto.

benavent_firmaEnrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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