Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. FRANCISCO CASES ANDREU
Obispo de Canarias

francisco cases

S.I. Catedral Basílica de Santa Ana,
Martes Santo, 11 de abril de 2017

Queridos Hermanos y Amigos todos, Sacerdotes, Consagrados y Laicos, queridos Seminaristas.

La Eucaristía que celebramos hoy, que tiene su lugar propio en el contexto del Jueves Santo, nos hace pensar y rezar por todos los ministerios y dinamismos que el Espíritu suscita en su Iglesia para el bien de la misma comunión eclesial y para el bien de la sociedad toda. Damos gracias a Dios porque su Espíritu hace cristiana a la Iglesia, la convierte a la fuerza del Evangelio, la reúne en comunión de vida y en comunidad de ministerios y servicios, y la envía a anunciar el Reino y a ir haciéndolo crecer entre los hombres. Damos gracias a Dios por el servicio diario de los sacerdotes. De corazón reconozco y agradezco la generosidad de su entrega, y pido a María, Madre nuestra, por todos los pastores con la plegaria del santo obispo Manuel González: ¡Que no nos cansemos! Aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!

En esta jornada los Pastores renovamos las promesas del día de nuestra ordenación; desde el impulso del Espíritu y con su fuerza nos volvemos a poner en camino con la intención de servir a la Iglesia de todo corazón. Hoy preguntamos al Señor: Señor, ¿qué quieres de mí hoy, ahora, aquí? Siento que el Espíritu nos responde en síntesis: que no dejen de crecer, que no se paralicen, que no se cansen. Soy yo quien les anima.

Hace quince días se cumplieron 25 años del documento que no dudo en considerar el más importante del Magisterio posconciliar en el tema de la vida y ministerio de los sacerdotes. Hace un cuarto de siglo, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, firmaba San Juan Pablo II la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis. Creo que es el más importante, el más completo y el más cercano a la vida diaria de los presbíteros.

La reflexión creyente que el Magisterio del Papa hace del sacerdocio, en doctrina, en espiritualidad y en dinámica vocacional y formativa, arranca de las palabras que hoy hemos acogido en la liturgia de la Palabra, en boca de Isaías y en boca del mismo Jesús, que las proclama y las ve cumplidas en él: El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido y me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres.

Una de las novedades de este documento está en el cap. VI, dedicado en exclusiva a la Formación Permanente de los Presbíteros. Nada extraño que este capítulo empiece citando las recomendaciones de Pablo a su discípulo Timoteo: Reaviva el don, no descuides el don. El don que debe reavivar y no descuidar es el don del Espíritu recibido. Y la naturaleza profunda de esta formación permanente es un proceso de continua conversión. Es el Espíritu Santo, infundido con el sacramento, el que sostiene al presbítero en esta fidelidad y el que lo acompaña y estimula en este camino de conversión constante (PDV 70).

Desde esta perspectiva, esta celebración de la Misa Crismal es uno de los momentos intensos de la Formación Permanente, importante y decisivo con cualquier conjunto de conferencias o cursillos. El mismo Espíritu que nos configuró y conformó con Cristo Pastor, Cabeza y Esposo de la Iglesia en el momento de la ordenación nos está urgiendo ahora para que esa configuración y esa conformación no decaigan, sino que se vigoricen. Es ese mismo Espíritu el que nos renueva interiormente y nos hace responder exteriormente con renovado vigor a las preguntas que en seguida se abrirán para nosotros. El Espíritu nos está impulsando a no dejar de crecer, a no acostumbrarnos a nuestra debilidad o a nuestra indiferencia.

Hace pocos meses, finalizando el pasado año, llegó a nuestras manos una nueva joya en este camino de renovación permanente: la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, El Don de la vocación presbiteral, de la Congregación para el Clero. Quiero subrayar la cercanía del aniversario del uno y la publicación del otro, leyéndola como Providencia, como solícita llamada del Espíritu en nuestro presente. Si Pastores Dabo Vobis nos urgía y nos animaba desde el dinamismo del Espíritu, este nuevo documento lo hace aplicándonos un calificativo de enorme trascendencia: discípulos. Quien empezó un día a ser discípulo de Jesús, nunca deja ni puede dejar de serlo. No podemos olvidar que el primer discípulo es Jesús mismo. Todas las celebraciones de la Semana Santa empiezan con las palabras de Isaías que la Iglesia escucha el Domingo de Ramos: El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos (Is 50, 4). Esta actitud discipular, en la que también somos seguidores de Jesús, tiene un alcance hoy particularmente significativo. Nos hace ser y sentirnos hermanos entre hermanos, discípulos entre discípulos, necesitados de escuchar y aprender como todos y con todos. Si estamos permanentemente “ante la Iglesia”, como padres, maestros, guías, no podemos olvidar, y es lo que nos consuela, que, ante todo y siempre, estamos “en la Iglesia”. Es el viejo principio, tan reconfortante, de San Agustín: “Si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación” [1].

Necesitamos una seria reflexión sobre lo que significa ser discípulos de Jesús. En el ambiente neotestamentario los discípulos de Jesús se distinguen de otras formas similares de discipulado: en primer lugar porque es incorporación a un grupo, que parte no de un deseo del candidato, sino por el contrario, y en todos los casos, de una llamada de Jesús, una invitación y un mandato. Además, no se trataba, ni se trata, de estar y escuchar a Jesús para aprender cosas o para hacer determinadas tareas. Se trata de una actitud que queda expresada mejor con el sustantivo seguimiento personal, y con un sentido de vinculación profunda con Él, “ser suyos”, en comunión de vida, de destino y de misión, yendo en pos de él, negándose a uno mismo, cargando como él con la propia cruz. La nueva traducción de la Biblia permite captar este matiz importante en la conversación entre Jesús y Pedro, después de la confesión de Cesarea de Filipo. Cuando Jesús manifiesta su visión del Mesías que padece y es ejecutado, Pedro le increpa: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”. Jesús -dice el texto- se volvió y dijo a Pedro: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”. Ya es duro que le llame Satanás, cuando acaba de reconocerlo como Pedro, piedra para edificar sobre ella la Iglesia, no para tropezar. Pero le dice una cosa muy sencilla, algo como muy inmediato, muy material: Ponte detrás de mí. No soy yo quien debe ir detrás de ti, sino al revés: Ponte detrás de mí. Tus pensamientos deben ser los pensamientos de Dios, no los de los hombres. Para ir detrás de Jesús hay que llevar el mismo peso que lleva él, poco, nada de proyectos mundanos, y mucho de docilidad y confianza en el Padre.

A este punto del discurso nos ha traído la memoria del documento sobre El Don de la vocación presbiteral, y su visión del discipulado que no termina como fundamento del proceso continuo de configuración con Cristo. En este documento confluyen y se integran la sabiduría de Pastores Dabo Vobis, presente en más de 50 referencias textuales, y el ejemplo y la palabra del Papa Francisco.

Creo que también es un don que hoy concretamente podemos aprovechar: repasar la línea del Santo Padre Francisco, ahora que acabamos de celebrar los cuatro años del inicio de su Pontificado. A veces la historia nos arrastra sin que seamos muy conscientes del don de Dios y de nuestra responsabilidad. Hagamos memoria, veamos dónde estamos, y anotemos los acentos.

El 10 de Febrero de 2013, justo en el Año de la Fe por él convocado, Benedicto XVI anunció su renuncia al oficio de Sucesor de Pedro. Fue un gran gesto de una enorme fe en Cristo, Señor y Pastor de la Iglesia, y un enorme amor al mismo Cristo y a su santa Iglesia.

Tenemos unas palabras del entonces Cardenal Bergoglio en las reuniones de Cardenales previas al Conclave. Nos hablan ya de los grandes temas que, una vez elegido Papa, serán el constante motivo de cuanto propone a la Iglesia: la alegría de evangelizar como meta, un tema que resonaba como un eco de la voz de Pablo VI, y los cambios y reformas que hay que hacer en la Iglesia para sanarla de la autorreferencialidad que la encierra en sí misma, enferma de mundanidad. “Hay dos imágenes de Iglesia -decía el futuro Papa Francisco-: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí.

Pronto advertimos cómo el Santo Padre centraba sus palabras y sus gestos en la Reforma de la Iglesia, empezando por la reforma de la vida y el ministerio de los Pastores. Los discursos y meditaciones a Cardenales, Nuncios, Obispos y Presbíteros, insistían y siguen insistiendo en una serie de temas que son válidos para todos los creyentes, pero tienen en su boca una incidencia singularísima en nosotros pastores: rechazo de la mundanidad espiritual, cercanía a todos, huida del individualismo, sentido de pertenencia a los demás (en la familia, en la Iglesia comunidad, en el presbiterio), sencillez y austeridad de vida, hábito de discernimiento para situarse correctamente ante la voluntad de Dios descubierta, y acompañar a situarse a los demás, alegría, siempre alegría. Todos estos acentos, que tanto nos afectan, se presentan en su invitación a actuar en los ámbitos que considera preferentes: en primer lugar, los pobres, excluidos, refugiados; en seguida, la familia, acompañada, discernida, integrada en la Iglesia como hospital de campaña; y con mucha fuerza, los jóvenes, con su invitación a buscar y conseguir protagonismo en el cambio de la cultura y de la vida del mundo presente. El ejemplo y el testimonio de Francisco, su vitalidad, su empuje, son difíciles de comprender sin contar con el Espíritu Santo.

Es el Espíritu que sigue actuando en su Iglesia toda y también en nosotros, pastores. He querido subrayar y recoger los acentos que me parece concretan esa acción del Espíritu en el momento presente. Que no nos cansemos de crecer, que no nos cansemos de apoyarnos unos a otros, que no nos cansemos de construir todos los días la comunidad, que no nos cansemos de ser testigos de Jesús y de su Evangelio.

Que el Señor nos bendiga con su amor y nos llene de amor mutuo.


[1] San Agustín, Sermón 340, 1. Oficio de Lecturas de San Jenaro, 19 de septiembre.

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