Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. Fr. JESÚS SANZ MONTES, O.F.M.
Arzobispo metropolitano de Oviedo

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S.I. Catedral Basílica de San Salvador, Oviedo
Martes Santo, 11 de abril de 2017

Queridos hermanos fieles cristianos sacerdotes, consagrados y laicos, en esta mañana de martes santo, seguimos ese recorrido que tuvo comienzo al empezar la cuaresma de este año con el rito de la ceniza que nos invitaba a la conversión y al arrepentimiento. La Semana Santa supone una vivencia intensa e intensiva de lo que hemos ido viviendo en estas cinco semanas anteriores. Como pueblo de Dios que se sabe siempre en camino, queremos vivir estos días como quien estrena una gracia.

Es cierto que nos resultan familiares los textos, los gestos, los cantos, los sacramentos de este tiempo especial. Acaso nos resultan tan sabidos y consabidos que hace tiempo que ya dejaron de conmovernos. Entonces nos entregamos a algo forzado, sin gusto ni sabor, que hay que hacer porque hay que hacerlo, pero cuya luz no logra iluminar mis penumbras oscuras, ni su misericordia consigue abrazar mi torpeza y desaliento. Por eso pedimos el don, lo hacemos ahora orando unos por otros, de dejarnos sorprender por Dios en un escenario que no es nuevo, en donde Él nos dirá lo de siempre, la palabra para la que nacimos y que no siempre escuchamos y tan fácilmente cae en el olvido. Pero siendo los labios de Dios los que nos pronuncian palabras de vida, aun siendo acaso las mismas, Él jamás se repite. Y de pronto nos encontramos ante esta provocación saludable de dejarnos sorprender y conmovernos por un Dios que nunca aburre y con el que todo siempre recomienza.

Hoy, martes santo, aquí en la iglesia madre de nuestra Diócesis de Oviedo, estamos toda la comunidad cristiana reunida para celebrar la Misa Crismal. Es una celebración que afecta a todo el pueblo de Dios y por eso es hermoso verlo unido en torno al altar para celebrar estos sagrados misterios: sacerdotes, consagrados y laicos, presididos por el sucesor de los Apóstoles que es vuestro obispo. Todos y cada uno, cada cual con su lugar vocacional, dispuestos a vivir con fe este importante momento. Todos somos miembros del cuerpo de Jesús y nos ha hecho partícipes de su misma unción, como hemos dicho en la oración colecta.

Pienso en los fieles cristianos coptos que hace dos días también se acercaron como pueblo de Dios a su catedral en Alejandría y Tanta (Egipto). Llevaban al entrar las palmas de ramos y salieron con la palma del martirio. Fue su hosanna inesperado. Pienso en las gentes pobres de Mocoa en Colombia, que se despertaron con una avalancha de fango y barro que arrasó su pueblo y tantas vidas. ¡Cuántas circunstancias viven contemporáneos nuestros que ponen en el quicio de la verdadera fe y calidad humana la solidez de nuestra esperanza! A todos los tenemos presentes, con el afecto solidario de quien no mira para otro lado ni se pone de perfil, y aceptando que esas realidades, dos entre tantas, arrojen luz crítica y serena a la vez, sobre el momento que cada uno de nosotros vive allí donde está cotidianamente.

Nos ha recordado la primera lectura del profeta Isaías que aquel que el Padre Dios ungió para nuestro bien, es quien ha querido tener heridas como nosotros las tenemos también, pero sus heridas son las que fueron  prestadas, las que suplieron las nuestras, y ellas son el bálsamo con que las nuestras se curaron.

En esta Misa consagraremos los Santos Óleos que tienen que ver con esa unción sagrada que Dios vierte en nuestras heridas abiertas y en nuestras cicatrices no curadas. Es el óleo que anuncia la paz con los labios creadores del Espíritu de Dios que sobrevuela nuestros diluvios de tensiones, desencuentros y violencias de toda forma y manera. Es el óleo con el que se restaña el dolor por las cosas que nos han hecho daño y que no logramos comprender ni hemos sabido utilizar redentoramente para volver nuestra mirada a lo único importante que vale la pena. Es el óleo que nos fortalece poniendo suavidad y quitando rigidez en que aquello que nos endureció ante Dios y ante los hermanos. Este óleo santo bendito como la gracia de Dios, lo consagramos en esta Misa en la que somos nuevamente ungidos mirando las heridas del Costado de Cristo que nos abre la puerta de la redención. Óleo para los enfermos de todas las dolencias y edades en donde se pone a prueba la esperanza y el amor; óleo para los catecúmenos que aceptan comenzar y de todos aquellos que podemos comenzar de nuevo; óleo del crisma que nos vuelve a consagrar en la pertenencia a Aquél de quien nos hemos fiado, Aquel que nos creó, nos llamó, nos consagró y nos envía. La liturgia de la bendición de los Santos Óleos es un apretado relato del fruto del olivo como signo de la salvación. Todos nosotros somos destinatarios de este aceite de gracia con el que Dios acompaña en su Iglesia nuestra humilde realidad. En esa almazara de gracia se prensa el aceite que hace suave el camino que nos reconcilia con Dios y con los hermanos todos.

Aquí está reunido todo el Pueblo de Dios, la Iglesia del Señor que peregrina en Asturias, en nuestra Diócesis de Oviedo: pastores, consagrados y laicos. Y en esta comunión de vocaciones hoy los que hemos sido llamados al sacerdocio haremos nuestra renovación de las promesas que hicimos al Señor en el día de nuestra ordenación sacerdotal. Me da alegría veros en esta concelebración de tantas edades, cada uno con su historia remota y reciente, con todo su cúmulo de luces y gracias sin que nos falten a veces pecados y oscuridades. Pero llega un día como este y volvemos a mirar a Cristo Sacerdote, a Aquél que nos llamó amigos y nos invitó a seguirle a Él sirviendo ministerialmente a los hermanos que se nos confiaron. Y en esa mirada queremos volver a pronunciar el sí que ha dado sentido a nuestro camino y que ha ido tejiendo nuestra historia de fidelidad.

Pienso en tantos momentos en los que reservándonos para nosotros mismos egoístamente, sin más horizontes que nuestros propios intereses y enconos, abandonamos la escucha de Quien sigue llamándonos y el seguimiento real de quien nos ha constituido ministros de la esperanza, administradores de la gracia y servidores de la alegría de los hermanos. Cuando esto sucede, se introduce de modo inevitable la tristeza o la tensión ante lo que debemos dejar o tememos perder, y deja de sostenernos el gozo sereno de quien habiéndose entregado al Señor en cada tramo de su edad, puede contar con paz que Dios no se ha reído de él ni la Iglesia le ha usado y tirado anónimamente.

Pero pienso mucho más en tantos de vosotros que de modo incluso heroico seguís al Señor en vuestro sacerdocio, con las dificultades de la edad avanzada, o de la salud quebrada, o de la demasiada encomienda que supera no pocas veces vuestras fuerzas. Unos por ser muy jóvenes casi misacantanos, otros por entrar en la edad madura sin botón de pausa, y otros por haber llegado a la edad dorada de la imparable ancianidad. Pienso en tantos de vosotros que hacéis sencillamente lo que tenéis que hacer con toda la ilusión que os da saberos llamados por Jesucristo y acompañados por Él, haciendo de vuestros años gastados en el servicio de la Iglesia un acopio de sabiduría y de paciencia sin que se cuele jamás el desencanto, el escepticismo o la hipocresía.

Gracias a los que tenéis años y años gastados sin calendario laboral, y tenéis viva en vosotros la llama del Señor que os hace mozos misacantanos cada día que subís al altar de vuestra alegría y servís a los hermanos. Gracias a los que en la larga travesía de la edad madura, habéis surcado caminos y destinos entre bonanzas y borrascas sin haber olvidado el amor primero. Gracias a los que estáis empezando la aventura como sacerdotes novicios en el breve tiempo de vuestro ministerio, porque no hacéis de vuestra fuerza una arrogancia, ni ponéis condiciones a daros con frescura dócil y generosa, sabiendo que en vuestra incondicional entrega está el gozo del Evangelio. Gracias a los que os dejasteis enviar y estáis dispuestos a ser enviados todavía sin apropiaros de vuestra edad, de vuestra experiencia, de vuestra apetencia porque el Señor seguirá repartiendo con vosotros gracia, paz, bondad, esperanza, como milagro de maravilla.

El Espíritu del Señor está sobre nosotros, y nos envía para dar la Buena Noticia a los pobres de todas las pobrezas, para anunciar la libertad a todos los cautivos sean cuales sean sus cadenas, y para dar la luz a tantos ciegos que no logran ver a Aquel para quien se abrieron un día sus ojos. Así nos ha dicho hoy el evangelio (cf. Lc 4, 16-21). Y cómo suenan estas palabras cuando en nuestro mundo hay heridas, hay incertidumbres, hay violencias y hay miedos.

Gracias por estar ahí, queridos hermanos sacerdotes en las duras y en las maduras, escribiendo cada día la historia que Dios os reservó para bien de su Pueblo, nuestros hermanos, consintiendo que con la tinta de vuestra libertad Él firme cada día un nuevo capítulo de misericordia, de gracia y de bondad. Renovaremos nuestras promesas con la ilusión de quien se sabe también hoy llamado de nuevo a lo que Dios inmerecidamente nos llamó. Y tenemos el recuerdo conmovido y cariñoso de los que especialmente desde la última Misa Crismal nos han dejado, cuyo hueco lo sentimos como un dolor que abre nuestra esperanza hacia el cielo hacia el que ellos ya llegaron en la espera de que Jesús vuelva.

Hermanos y hermanas todos, que el Señor y nuestra Madre la Santina os guarden y os bendigan.

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