Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

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S.I. Catedral del Salvador (La Seo), Zaragoza
Miércoles Santo, 12 de abril de 2017

MISA CRISMAL

Queridos hermanos obispos, sacerdotes, seminaristas, miembros de vida consagrada y fieles laicos:

“Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos” (Ps 132, 1).

Con estas palabras del salmo 132, expreso mi gozo por vuestra presencia numerosa en nuestra Catedral del Salvador, La Seo, madre y cabeza de todas las iglesias de la Diócesis, donde el Arzobispo tiene su cátedra para enseñar y su altar para santificar y reunir a todo el pueblo santo de Dios.

En esta celebración antes de la Pascua tenemos presentes en  espíritu también a los sacerdotes enfermos e impedidos y, desde la comunión de los santos, a  los sacerdotes ya difuntos, especialmente los fallecidos en este último año.

Nuestra Eucaristía es una expresión visible de comunión eclesial. Cristo es el que nos convoca y congrega a todos, obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles laicos, en la celebración de esta Santa Misa Crismal. Es el Señor quien “nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre” (Ap 1, 6). Somos un pueblo sacerdotal. Nos sentimos hermanos dentro de una gran familia, la Iglesia. “Esta Iglesia  – decimos en una de las plegarias eucarísticas – , vivificada por tu Espíritu, resplandece como signo de la unidad de todos los hombres, da testimonio de tu amor en el mundo y abre a todos las puertas de la esperanza” (Plegaria eucarística V/d).

Significado de la Misa Crismal

La Misa Crismal, que el Obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el santo crisma y bendice los demás óleos, es una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio Obispo (cfr. OGMR 157).

La celebración de la Misa Crismal, en el pórtico del Triduo Pascual, centra su atención en Jesucristo que nos amó, Aquel al que atravesaron: Jesús, que en los días de su pasión, muerte y resurrección llevó a cumplimiento su misión salvadora, que el Padre le había confiado. Esta misión la proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret  – como hemos escuchado en el evangelio –  : Me ha enviado para anunciar la Buena Nueva…” (Lc 4, 18).

Hoy, queridos hermanos sacerdotes, renovamos un año más las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación sacerdotal. El pueblo fiel es testigo de que asumís con gozo el don y el compromiso de seguir al Señor, de ser fieles a su llamada, porque recordáis el día  en que vuestras manos olían a crisma y sentíais el amor de Cristo, que os llamó, os consagró y os envió.

En el salmo responsorial de esta Misa Crismal acabamos de cantar: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Ps 88, 2). Estas palabras brotan del corazón de cada uno de nosotros, que reconocemos que somos infinitamente pequeños ante la enorme misión que Dios nos confía. ¿Cómo es que el Señor se ha fijado en mí, que soy tan poca cosa, para llevar a cabo el encargo de predicar la Palabra, celebrar los sacramentos y guiar a su grey, haciéndolo en su propio nombre, in persona Christi? Todos los sacerdotes hemos experimentado, no pocas veces, nuestras limitaciones y pecados y nos hemos sentido indignos de recibir vocación tan hermosa. Pero el Señor nos asegura: “Lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán” (Ps 88, 21-22.25). Esa mano de Dios, protectora, paternal, alentadora, se hizo cercana y palpable en las manos del Obispo en el día de nuestra ordenación sacerdotal, que recordamos con emoción y gratitud.

Sacerdotes configurados con Cristo

Queridos hermanos sacerdotes: nuestra vocación, consagración y misión nos exigen una perfecta configuración con Cristo Cabeza, Sacerdote y Pastor, de esta manera nuestras vidas podrán suscitar en los jóvenes el deseo de entregar su vida al Señor y a los hermanos por el camino del sacerdocio. Os ofrezco siete rasgos de nuestra configuración con Cristo.

1.      Sacerdotes enamorados de Jesucristo, que viven su identificación con Él como centro que unifica toda la existencia y ministerio. Hombres de Dios, de oración, que viven la centralidad de la Eucaristía. Sacerdotes como el Buen Pastor, que conocen a las ovejas y dan la vida por el rebaño.

2.      Sacerdotes fieles a su misión. Pastores que vivan una verdadera conversión pastoral, que pasa por: la superación del inmovilismo de las inercias y rutinas; por evitar el relativismo de acomodación a lo políticamente correcto; por no caer en el funcionalismo, que olvida el misterio; por no pecar del activismo, que busca el éxito y la valoración de sí mismo; y por superar el individualismo, que tiende a que funcionemos solos y por nuestra cuenta, al margen de la unidad de la acción pastoral diocesana.

3.      Sacerdotes que hacen de su existencia una ofrenda agradable al Padre, un don total de sí mismos a Dios y a los hombres, siguiendo el ejemplo de Jesús, que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Mc 10, 45). Hombres que ofrecen su vida en totalidad, gastándose y desgastándose por los hermanos, especialmente por los más pobres y pequeños.

4.      Sacerdotes que sean verdaderos hombres de comunión, desde la diversidad de dones que supone un enriquecimiento y una complementariedad dentro de la unidad en la que todos los dones del Espíritu son importantes para la vitalidad de la Iglesia; pero asimismo desde el convencimiento de que la unidad es la condición indispensable para ser creíbles en el anuncio del Evangelio. Por eso procuran curar las heridas, tienden puentes de diálogo, promueven el perdón en las relaciones humanas y practican la corrección fraterna en la verdad, en la caridad y en la humildad.

5.      Sacerdotes llenos de celo por la evangelización del mundo. Hombres que no se dejan vencer por el cansancio, la rutina, la mediocridad y las dificultades. Ninguno de nosotros elegimos los tiempos y los destinatarios de nuestra evangelización. No podemos refugiarnos en la nostalgia del pasado ni en las ilusiones del futuro. Cada época tiene sus problemas, pero debemos asumirlos para superarlos con la gracia de Dios, con realismo y amor.

6.      Sacerdotes que contemplen con temor y temblor, y a la vez experimenten la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal, aunque sean conscientes de que llevan este tesoro en vasijas de barro.

7.      Sacerdotes que sean hombres de alegría y esperanza. Sacerdotes que, como dice el Papa Francisco, citando el texto del Beato Pablo VI en Evangelii nuntiandi, recobren y acrecienten el fervor, “la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cundo hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes y ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo, en sí mismos, la alegría de Cristo” (Pablo VI, Evangelii nuntiandi 75).

Queridos hermanos sacerdotes: nos hallamos en un tiempo apasionante para vivir el sacerdocio y para ilusionar a los seminaristas en el seguimiento radical de Jesucristo. ¡Cuánto tenemos que amar a nuestro Seminario Metropolitano, corazón de la Diócesis! Lo que sea el seminario será la Diócesis.

No tengamos miedo. Es la hora de la fe. Es la hora de la confianza en el Señor que guía la barca de su Iglesia, ahora por medio del Sucesor de Pedro el Papa Francisco, y nos envía a remar mar adentro y a seguir echando las redes. Cristo es también el sembrador, que siembra la buena semilla de su Palabra en los corazones de los hombres y mujeres de hoy. Él nos dará la redada de peces y la cosecha de espigas.

Que en esta Misa Crismal nos comprometamos a vivir lo que nos dijo el Obispo el día de nuestra ordenación, al entregarnos la patena y el cáliz: “Realiza la ofrenda del pueblo santo de Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

Pongo en las manos de nuestra Madre la Virgen del Pilar todo lo que acabo de decir en esta homilía y, sobre todo, confío a sus cuidados maternales vuestras vidas sacerdotales. Que interceda por nosotros y nos haga testigos de la fe y de la alegría del Evangelio en  esta nueva etapa evangelizadora.

¡Feliz Triduo Pascual! Amén.

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