Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. JESÚS GARCÍA BURILLO
Obispo de Ávila

c9nuf-bwaaapwtr

S.I. Catedral de El Salvador, Ávila
Miércoles Santo, 12 de abril de 2017

Queridos sacerdotes:

La Misa Crismal nos reúne cada año para experimentar de manera entrañable nuestra comunión con Jesucristo y con la Iglesia, de la que nos ha constituido ministros suyos. ¡Sed bienvenidos a la celebración que viviremos con sentimientos especiales de amor al Señor y a nuestras comunidades! Tengamos presente a todo el presbiterio, a los sacerdotes que no han podido venir a la Catedral por edad, enfermedad o por otras causas; pidamos especialmente por los que no se encuentran bien, por los que están en dificultades de cualquier tipo, para superarlas, en especial las que encontramos ante un nuevo modo de atención pastoral que nos paraliza; mi felicitación al presbiterio de Ávila porque un miembro suyo, José Luis Retana, ha sido elegido por el Papa como obispo de Plasencia; pidamos fraternalmente por los que ya nos dejaron y partieron a la Casa del Padre, por los 70 sacerdotes que han fallecido durante mi servicio en Ávila y en especial por los fallecidos este año.

En el proceso de cambio general, en la situación personal de cada uno y la necesidad de conversión pastoral, la liturgia nos conduce hoy a la raíz y a la naturaleza misma de nuestro sacerdocio. En efecto, acabada la homilía, haremos la renovación de las promesas sacerdotales en la que seremos preguntados: ¿Deseáis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con Él? ¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios?

Para ayudarnos a dar una respuesta gozosa, y siguiendo al Papa Benedicto, recordemos las palabras que pronunciamos cada día en la Eucaristía y que ha mantenido intactas la nueva edición del Misal Romano, en la plegaria eucarística II: «Nos haces dignos de servirte en tu presencia». Es la traducción de la versión latina, redactada ya en Roma en el siglo II: «astare coram te et tibi ministrare». La fórmula proviene del capítulo 18 del libro del Deuteronomio, donde se disponen las funciones que deben ejercer los sacerdotes: «Ellos no tendrán parte en la heredad de sus hermanos, sino que el Señor será su heredad» (18, 2). Este texto original recoge lo esencial del sacerdocio.

Analizando esta fórmula encontramos que son dos los aspectos que definen la naturaleza del sacerdocio: “estar en presencia del Señor” y “servirle”. El Deuteronomio explica la primera parte, estar en la presencia del Señor, determinando que los sacerdotes no recibirán ninguna herencia, como el resto de los judíos, sino que su herencia será únicamente Dios, al que sirven; añadiendo una parte de los dones ofrecidos en los sacrificios. Ellos no tendrán un oficio civil para obtener su sustento diario, como los demás, sino que su sustento consistirá en estar en la presencia del Señor, estar con Él, morando en Él, dedicando toda su vida y sus tareas al Dios Altísimo.

«Astare coram te» significa, por tanto, un modo de existencia realizada en la presencia del Señor, y a la vez un ministerio que representa al pueblo. Mientras el oficio común de los judíos consistía en cultivar la tierra, cuidar los ganados o realizar otros oficios, el sacerdote se mantenía abierto a Dios, con la mirada y el alma puesta en Él. Él será el “lote de su heredad”.

En el NT, esta presencia adquiere una forma especial en la celebración eucarística. Cuando el sacerdote pronuncia la fórmula «servirte en tu presencia», después de la consagración, delante y en medio de la asamblea reunida, está proclamando que el Señor está realmente presente y que la Eucaristía es el centro de su vida. Toda la vida del sacerdote adquiere su sentido allí, ante la presencia del Señor al que consagra su existencia.

La Iglesia hoy habla de la dimensión cristológica del sacerdocio: el presbítero es configurado ontológicamente con Cristo sacerdote, santificador y pastor del pueblo. Los sacerdotes participan del único sacerdocio de Cristo Cabeza y Pastor, por el sacramento del orden recibido. Injertados en el sacerdocio de Cristo, los sacerdotes toman parte en su mismo y único sacerdocio, que los capacita para la santificación, la enseñanza y el pastoreo de todo el pueblo de Dios.

Estar en la presencia del Señor requiere, además, hacerse cargo del cuidado de los hombres ante el Señor, quien se hace cargo de nosotros ante el Padre. Los sacerdotes, durante toda nuestra vida, hemos de estar de pie, impávidos, dispuestos a sufrir incluso ultrajes por el Señor, como refiere el libro de los Hechos: «Los apóstoles se sentían contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5, 41).

Queridos hermanos, estemos de pie ante nuestras propias debilidades, ante las incomprensiones de la gente, en medio de nuestros cansancios. Vivimos en un tiempo de fluidez e incertidumbre, que Bauman – filósofo recientemente fallecido calificaba como mundo líquido, de inseguridad e indiferencia, mundo efímero y provisional que rechaza los compromisos duraderos y siente alergia ante todo lo institucional. Aunque nos acosan, no nos derriban –asegura san Pablo-. Continuemos de pie cuando nos hacemos mayores. Ayudémonos unos a otros a estar de pie. Yo os ruego que pidáis al Señor la gracia de mantenerme en pie ante el Señor hasta que sea relevado de esta diócesis y más tarde hasta que sea definitivamente apartado de la vida mortal.

El segundo aspecto de la fórmula de la Plegaria eucarística es servirte. “Servir” en el Antiguo Testamento tiene un significado litúrgico: corresponde a los sacerdotes realizar las acciones de culto previstas por la ley. Realizar estas acciones era considerado como un servicio, el encargo de un servicio.

Cuando los sacerdotes pronunciamos estas palabras cada día, incorporamos a nuestra vida el “servicio”, conforme al culto cristiano. Lo que hacemos en la celebración eucarística es “realizar un servicio a Dios” y un servicio “a los hombres”. Así nuestro culto, incorporado al culto de Cristo, consiste en entregarnos al Padre hasta la muerte, por los hombres. Este es el servicio humilde, sencillo, que da sentido a nuestra existencia.

“Servir”, además, tiene otros significados que enriquecen nuestra vida como “ministros” de los misterios divinos. De este modo, el culto divino requiere por nuestra parte una correcta celebración de la Eucaristía, que sea verdaderamente un arte, un ars celebrandi. Ahora bien, este “arte” no quiere decir algo “artificioso”. En él la Palabra de Dios ocupa un puesto esencial; de ella nace la necesidad de incorporarla a nuestra vida y anunciarla con amor y fidelidad. Servir al Señor significa conocerle en su Palabra y darlo a conocer fielmente. Pero la familiaridad con la Palabra y con la liturgia puede entrañar un peligro: que lo sagrado se convierta en una costumbre, en una rutina. Por eso la Iglesia nos limita el número de celebraciones eucarísticas. Nunca puede faltar en nosotros el amor reverencial, el asombro ante el misterio de la presencia amorosa del Señor, la experiencia viva de que Cristo mismo está presente y se nos entrega.

El servicio requiere del sirviente también una obediencia sustancial. La cercanía y familiaridad con Cristo, que viene increíblemente a nuestras manos, no puede eximirnos de la obediencia. El servidor vive las palabras de Jesús: «No se haga mi voluntad sino la tuya». En medio de nuestras dificultades no podemos separarnos de Getsemaní. Aquí Jesús nos ofrece el camino de respuesta a todas nuestras rebeliones. La tentación primera en el paraíso fue la de ser autónomos, ser como Dios. Pero nuestros padres no entendieron que autónomo sólo es Dios, que no estamos desligados del presbiterio ni del cuerpo de la Iglesia unida al Obispo. Nuestra libertad sólo es verdadera si nos adentramos en la voluntad de Dios.

Por último, “servir” significa creer en la Iglesia, sentir con la Iglesia desde el propio corazón. Sólo servimos adecuadamente si estamos no sólo en comunión con Cristo sino también con el Cuerpo de Cristo, es decir, con la Iglesia. Por eso, creer en la Iglesia es también asumir su realidad humana, aceptarnos a nosotros mutuamente con nuestro carácter, con los rasgos de nuestra personalidad. Desde aquí se entiende el valor misterioso de la palabra de Jesús a Pedro: «Cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21, 28). Dejarnos guiar hacia donde no queremos –seamos viejos o jóvenes- es una dimensión esencial de nuestro “servir”, y es esto precisamente lo que nos hace plenamente libres. Yendo a donde no queremos, guiados por nuestros mediadores, adentrándonos en el misterio de la entera sumisión al Padre, encontramos la riqueza del amor de Dios.

Hermanos sacerdotes, en la Misa Crismal hoy, todos con el Obispo y el Obispo con todos, experimentamos el significado de «astare coram te et tibi ministrare». Sólo Jesucristo ha dado al antiguo sacerdocio una profundidad inimaginable. El Señor es el Siervo previsto por Isaías, que llega hasta la entrega de sí mismo. Como servidor de todos, Él lava nuestros pies con su humildad y cura nuestra soberbia, haciéndonos capaces de participar en su banquete y presidirlo como sirvientes. Su servicio le lleva hasta la cruz, y al ser elevado alcanza el abajamiento más profundo. Él nos atrae mientras es “elevado” para que entendamos dónde está nuestra verdadera “elevación”.

Hermanos y hermanas, respondamos a la llamada de Jesús a ser siervos con Él. Sirvamos a Dios en su presencia, en el abajamiento de Cristo. Pidamos hoy la gracia de poder responder a su llamada: «Aquí estoy. Envíame, Señor». Que así sea.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s