Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. JULIÁN RUIZ MARTORELL
Obispo de Huesca y de Jaca

crismal jaca 2017

S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
S.I. Catedral de la Transfiguración del Señor, Huesca
Miércoles Santo, 12 de abril de 2017

HOM. MISA CRISMAL 2017

0) En la Misa crismal la Palabra de Dios nos instruye sobre la unción sacerdotal; a los sacerdotes se nos exhorta a conservar la fidelidad a nuestro ministerio y se nos invita a renovar públicamente las promesas sacerdotales. Esta celebración manifiesta la comunión de los sacerdotes entre sí y con el Obispo. Hoy se consagra el santo crisma con el que se ungen los nuevos bautizados y los confirmados son sellados; con él también se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y el altar en su dedicación. En esta Eucaristía se bendice el óleo de los catecúmenos, con el que éstos se preparan y se disponen al bautismo, y el óleo de los enfermos para que reciban alivio en su enfermedad.

1) El profeta Isaías proclama con voz clara y firme que los sacerdotes hemos sido ungidos por el Espíritu Santo. Hemos sido enviados “para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar un año de gracia del Señor, (…) para consolar a los afligidos, para dar a los afligidos (…) una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido”. Esta es nuestra misión y nuestra responsabilidad, nuestra tarea y la fuente de nuestra santificación. Así somos “sacerdotes del Señor” y “ministros de nuestro Dios”.

Con esta celebración deseamos hacer nuevo nuestro compromiso de fidelidad, para poder afirmar, como hace Jesús en la sinagoga de Nazaret: “hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”.

2) El sábado 1 de abril, el Papa recibió en la sala Clementina a la comunidad del Pontificio Colegio Español de San José de Roma y les recordó las tres palabras del “Shemá” con las que Jesús respondió al levita: “amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Mc 12,30).

Amar de todo corazón, significa hacerlo sin reservas, sin dobleces, sin intereses espurios, sin buscarse a sí mismo en el éxito personal o en la carrera. La caridad pastoral supone salir al encuentro del otro, comprendiéndolo, aceptándolo y perdonándolo de todo corazón”. El Papa recordaba que cuando los sacerdotes estamos reunidos en nombre del Señor, especialmente cuando celebramos la Eucaristía, manifestamos, incluso sacramentalmente, que Él es el amor de nuestro corazón.

“Segundo: amar con toda el alma. Es estar dispuestos a ofrecer la vida. Esta actitud debe persistir en el tiempo, y abarcar todo nuestro ser. (…) es importante crecer en el hábito del discernimiento, que les permita valorar cada instante y moción, incluso lo que parece opuesto y contradictorio, y cribar lo que viene del Espíritu; una gracia que debemos pedir de rodillas. Sólo desde esta base, a través de las múltiples tareas en el ejercicio del ministerio, podrán formar a los demás en ese discernimiento que lleva a la Resurrección y la Vida, y les permite dar una respuesta consciente y generosa a Dios y a los hermanos”.

“Finalmente, la tercera respuesta de Jesús, amar con todas las fuerzas, nos recuerda que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón (cf. Mt 6,21), y que es en nuestras pequeñas cosas, seguridades y afectos, donde nos jugamos el ser capaces de decir que sí al Señor o darle la espalda como el joven rico. No se pueden contentar con tener una vida ordenada y cómoda, que les permita vivir sin preocupaciones, sin sentir la exigencia de cultivar un espíritu de pobreza radicado en el Corazón de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre por nuestro amor (cf. 2 Co 8,9) (…). Se nos pide adquirir la auténtica libertad de hijos de Dios, en una adecuada relación con el mundo y con los bienes terrenos, según el ejemplo de los Apóstoles, a los que Jesús invita a confiar en la Providencia y a seguirlo sin lastres ni ataduras (cf. Lc 9,57-62; Mc 10,17-22). No se olviden de esto: el diablo siempre entra por el bolsillo, siempre. (…) Y, por favor -y esto como hermano, como padre, como amigo- por favor, huyan del carrerismo eclesiástico: es una peste. Huyan de eso”.

3) Estamos en condiciones de renovar las promesas que realizamos el día de nuestra ordenación sacerdotal. Deseamos unirnos más fuertemente a Cristo y configurarnos con Él, renunciando a nosotros mismos y reafirmando el compromiso que, por amor a Cristo, aceptamos gozosos, para el servicio de la Iglesia. Podemos preguntarnos sobre nuestra fidelidad y si realmente hemos aprovechado las oportunidades que nos concede el Señor para crecer en su amor y en su testimonio. Nos preguntamos: ¿me renuevo anualmente a través de los Ejercicios Espirituales? ¿Recibo con frecuencia el sacramento de la reconciliación? ¿Facilito a mis feligreses la celebración de este sacramento? ¿Colaboro en la Jornada Diocesana de comienzo de curso? ¿Participo con regularidad en el retiro mensual? ¿Me muestro disponible para reunirme con los sacerdotes del arciprestazgo con regularidad? ¿Secundo los objetivos y acciones del Plan Diocesano de Pastoral?

4) Las Unidades Pastorales no son una panacea, ni resolverán todos nuestros problemas, pero son instrumentos de comunión para la misión. Hemos de avanzar en esta etapa de información y sensibilización. Todavía hay algunas parroquias donde no se ha informado ni se ha distribuido la carta que los Obispos de las Diócesis aragonesas firmamos el 10 de febrero de 2016. Estamos llamados a buscar los medios adecuados para evangelizar. No nos conformamos pasivamente con la realidad que experimentamos cada día. Muchas personas no conocen a Jesucristo, ni han escuchado su palabra, ni se han encontrado personalmente con Él.

No aceptamos resignadamente que se ignore la Buena Noticia de la que están necesitados todos los corazones. Nuestro deseo es que la llama del Evangelio llegue a todas las personas, en todas las circunstancias de la vida, para que puedan recibir luz y puedan experimentar la presencia del Señor.

Estamos ante una nueva etapa evangelizadora. Hemos de secundar la inspiración del Espíritu Santo que nos llama a renovarnos en nuestro ardor misionero, en nuestros métodos evangelizadores y en nuestro estilo de comunicación. Y siempre desde la fidelidad a la fe que compartimos como Iglesia.

“Tal vez no se pueda pedir que todos avancemos al mismo ritmo, pero sí se pide que caminemos en la misma dirección, con los mismos objetivos y las mismas metas” (Carta Pastoral de los Obispos de las Diócesis Aragonesas, Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo de Aragón, p. 38).

5) Queridos hermanos sacerdotes: “Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el testigo fiel”. Estas palabras de la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis, expresan mi sentimiento hacia vosotros. Soy consciente de vuestras dificultades, del creciente problema del envejecimiento y la despoblación de las parroquias a las que servís; de la escasez de niños y jóvenes con los que convivís; del desaliento pastoral, del contraste entre la Buena Noticia que anunciamos y el discurso de valores dominantes de la sociedad en la que vivimos. Pero “no os dejéis robar la esperanza”, como dice con frecuencia el Papa Francisco. Volvamos nuestra mirada hacia el Señor, escuchemos su voz, sigamos sus huellas, encontremos en Él nuestro descanso y dejémonos inundar por su Espíritu.

También hemos proclamado en el texto del Apocalipsis: “Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

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