Santa Misa vespertina de la Cena del Señor

Homilía de
Mons. D. JULIÁN RUIZ MARTORELL
Obispo de Huesca y de Jaca

ruiz_martorell06032011

S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
Jueves Santo, 13 de abril de 2017

0) En el día del Jueves Santo celebramos la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y del amor fraterno. Nos acercamos a las palabras, gestos y signos de Jesús en la última cena y lo hacemos intentando “tener los mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2,5).

1) En la primera lectura se describe la celebración de la Pascua de Israel, que en el origen pudo ser una fiesta de primavera de los nómadas, pero que se convirtió en una fiesta de conmemoración, de acción de gracias y de esperanza. En el centro de la cena pascual estaba el cordero, como símbolo de la liberación de la esclavitud de Egipto. La narración pascual era parte integrante de la comida a base de cordero. Se actualizaba el acontecimiento en el que Dios mismo había liberado a Israel. El pueblo no debía olvidar que Dios había tomado personalmente en su mano la historia de Israel y que esta historia se basaba en la comunión con Dios. Israel no tenía que olvidarse de Dios. Todo esto levantaba un puente desde el pasado hasta el presente y hacia el futuro. El recuerdo agradecido de la acción de Dios en el pasado se convertía en acontecimiento actual y súplica y esperanza para el futuro. Dice el texto proclamado: “Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación como ley perpetua lo festejareis”.

2) San Pablo nos transmite el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía. Jesús habla de su cuerpo que se entrega y del cáliz que es la alianza nueva en su sangre. El Apóstol añade las palabras del Señor: “Haced esto en memoria mía”, y “cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. La originalidad del gesto de Jesús es que pone la cena en relación con su muerte inminente, libremente ofrecida, como el verdadero acto salvador del mundo. Él es el verdadero Cordero pascual que quita el mal del mundo y atrae las bendiciones del Padre y su misericordia. Las palabras y gestos de Jesús sitúan en el primer plano el pan y el vino. El pan es identificado con su cuerpo que se entrega por los hombres. Y el vino es identificado con la sangre de la nueva y definitiva alianza por la que los hombres entran a tomar parte de la familiaridad entre el Padre y el Hijo. Jesús manda repetir estos ritos en memoria suya y de su amor infinito a los hombres.

3) Los sacerdotes el Jueves Santo renovamos el gesto de Jesús de lavar los pies, pero hay algo más importante que realizar un rito: imitar su actitud de servicio, hacer nuestro su estilo de vida, vivir como Él vive, amar como Él ama, servir como sirve Él.

En el evangelio según san Juan Jesús no anuncia el Reino ni lo proclama presente, ni lo ilustra con parábolas. Los gestos que Jesús realiza son signos. Los hombres no son llamados a la conversión, sino a creer en Jesús. San Juan no recoge la institución de la Eucaristía, seguramente porque estaba suficientemente acreditada en las comunidades a las que escribió. Además nos presenta dos elementos complementarios: el discurso del pan de vida y la escena del lavatorio de los pies.  Nos fijamos en algunos detalles:

1. “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Un amor sin medida, un amor llevado al límite, más grande que el amor de cualquier padre o madre, más intenso que el afecto de los enamorados, más sublime que el amor entregado y ofrecido sin garantía de respuesta, un amor jamás visto en toda la historia de la humanidad, amor hasta el extremo en intensidad, en duración y en eficacia.

Desde el principio del evangelio de san Juan encontramos referencias a una hora que todavía no ha llegado y que llega al final. Es una hora especial de Jesús que Él mismo denomina “mi hora” y que el evangelista llama “su hora” o “la hora”, de modo que la hora divide el evangelio en dos partes: la expectación y la llegada de la hora. Algunos textos identifican la hora de Jesús con su muerte. Otros hablan de la glorificación de Jesús. Aquí nos dice el evangelista: “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”. Es el momento definitivo, el acontecimiento clave de su vida. Y ahí se inserta el amor como ancla segura de esperanza en su travesía hacia el Padre. Hemos escuchado también: “sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía”. El elemento más característico de la personalidad de Jesús es su relación con el Padre. Él está siempre en comunión con su Padre. El ser con su Padre es el núcleo de su vida. El Padre pone todo en manos de Jesús y Jesús abre sus manos para amar, servir y devolver al Padre todo el amor que de Él recibe amando a sus discípulos. Ha llegado la hora de Jesús, y en ella va a realizar el acto libre más trascendental de su vida: llevar el amor a lo último, a lo más extremo. “Durante la cena”, es decir, en el corazón de ella y como expresión de la misma, ante la mirada atónita de todos, Jesús se quita la ropa, y quien se reconoce Maestro y Señor, se transforma en servidor.

2. Añade el evangelista una serie de gestos muy significativos: “se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido”. El que es Maestro se sitúa como servidor de todos. El que es Dios se postra ante sus discípulos. El que es Amigo atiende personalmente a cada uno. Así expresa un amor generoso, abierto, hecho de desprendimiento (quitar el manto), de disponibilidad (tomar y ceñirse la toalla), de servicio (echar agua en la jofaina, lavar y secar los pies).

“Puesto que también los bautizados siguen siendo pecadores, tienen necesidad de la confesión de los pecados, que “nos lava de todos nuestros delitos”[…] De lo que se trata en el fondo es de que la culpa no debe seguir supurando ocultamente en el alma, envenenándola así desde dentro. Necesita la confesión. Por la confesión la sacamos a la luz, la exponemos al amor purificador de Cristo. En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él. Al mirar en retrospectiva al conjunto del capítulo sobre el lavatorio de los pies, podemos decir que en este gesto de humildad, en el cual se hace visible la totalidad del servicio de Jesús en la vida y la muerte, el Señor está ante nosotros como el siervo de Dios; como Aquel que se ha hecho siervo por nosotros, que carga con nuestro peso, dándonos así la verdadera pureza, la capacidad de acercarnos a Dios” (Joseph Ratzinger. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, segunda parte, pp. 93-94). 

3. Jesús pregunta: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Y explica: “Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Estamos ante una lección magistral, realizada con obras más que con palabras. Las palabras sirven para explicar el gesto. Palabra y obra son complementarias, son dos maneras de expresar la misma realidad.

El lavatorio de los pies es la caricia de Jesús a sus discípulos. Lavar los pies es un gesto de acogida y de hospitalidad, una posibilidad de renovación. Todos estamos llamados a seguir el estilo de Jesús, que vino para servir y no para ser servido, y que, empujado por un amor hasta el final, dio su vida por la salvación de todos.

Conocer el amor de Cristo nos supera. Es como el amor de los enamorados, pero llevado a lo increíble. Como el amor de los esposos, pero inmensamente mayor. Como el amor de los amigos, pero llevado al límite de no tener límite. Como el amor de la madre, pero infinitamente más grande. Como el amor de todos los hijos y hermanos, pero mucho más. Como el amor del que perdona, pero llevado hasta el extremo. Como el amor no sólo de quienes comparten, sino de quien se comparte del todo. Como el amor humano que Dios dilata hasta llegar a ser verdaderamente divino. Ese “todavía más” es un misterio, porque siempre hay más a lo ancho y a lo largo, en lo profundo y en lo alto.

“En este momento, en el que el Señor en la Santísima Eucaristía se da a sí mismo, su cuerpo y su sangre, y se entrega en nuestras manos y en nuestros corazones, queremos dejarnos alcanzar por su oración. Queremos entrar nosotros mismos en su oración, y así le pedimos: Sí, Señor, danos la fe en ti, que eres uno solo con el Padre en el Espíritu Santo. Concédenos vivir en tu amor y así llegar a ser uno como tú eres uno con el Padre, para que el mundo crea” (Benedicto XVI, Homilía, 1-abril-2010).

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