Celebración de la Pasión del Señor

Homilía de
Mons. Fr. JESÚS SANZ MONTES, O.F.M.
Arzobispo metropolitano de Oviedo

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S.I. Catedral Basílica de San Salvador, Oviedo
Viernes Santo, 14 de abril de 2017

Está desnudo el altar, sin adornos. No hay flores que lo dulcifiquen ni cirios que lo alumbren. El obispo viene sin mitra, sin báculo y sin anillo. Todo es tan sobrio que unas exequias parece donde se va a lo esencial sin filigranas ni apoyos. Hoy tampoco tañen las campanas en el funeral más solemne de la historia. El Viernes Santo es el único día del año en el que no hay misa. Es el día más oscuro con un sol eclipsado a la hora de nona. Jesús remata su amor por mí dando su vida de veras. Hacemos un oficio litúrgico que lleva por título la Pasión del Señor: este es hoy el oficio. Porque fue tal que hoy cuando tuvo lugar el drama de Jesús con su entrega que nos salvó. Hay que escucharla arrodillando el corazón, porque en ese relato se habla de cada uno de nosotros, detrás de esa trama también estaba yo. Deberíamos reconocernos en qué personaje hoy se encuentra mi vida, porque cualquiera de ellos, a excepción de Jesús, puedo ser yo mismo en mi circunstancia y con mi edad.

Ayer, Jueves Santo, vimos a Cristo cenando por última vez con sus discípulos. Pero terminó con un exabrupto extraño: el que moja el pan en tu mismo plato, al que invitas a no demorar el trato de su más cobarde maltrato, es quien horas después dejará de ser discípulo para siempre porque enloquecido así él lo decidió. Se fue a buscar a sus compradores que malpagaron con treinta monedas lo que no tenía precio. Lo que compraron era infinito: Jesús el Nazareno. Vinieron con palos, con espadas y soldadesca, y a la luz de unas antorchas vieron la firma del vendedor: un beso fue la rúbrica, un beso que jamás significó menos amor en su cínica mentira y en tan grosera manera. Sabemos que Judas acabó mal: sin su pobre botín, sin su querido amigo y Maestro, sin perdonarse a sí mismo su vida cuando desesperado se suicidó.

De un sitio a otro, de Anás a Caifás, de éste a Pilato, de Pilato al populacho, y luego a la vía Dolorosa. El amor aquella noche se oscurecía con tiniebla propia. Todos salieron asustados, aunque sólo Judas se desesperó. Noticia sólo tenemos de Pedro. Pero era difícil aquella noche estar en misa y repicando: querer, quería ir con su Maestro cortando orejas o lo que fuera, como hizo con Malco en el huerto; pero temer, temía más como para arriesgar demasiado. No pudo llegar más con su amor por Jesús, pero el miedo le frenaba no pudiendo llegar a menos. Y adoptó esa actitud sopesada, asustada, mediocremente comedida. En un patio cualquiera, junto a una fogata común, Pedro tiritaba confuso diciendo con su corazón el “sí, te quiero” a su Maestro, y con sus labios repitiendo que “no”. Y negó lo que menos podía negar: que le conocía. El gallo cantó, Pedro negó las tres veces como le predijo el Maestro. Y tropezó aquel Pedro en la piedra de su propio escándalo, rompiendo a llorar sin consuelo humano.

Conocemos el desenlace posterior. Había que pintar de sangre y duelo a quien luego crucificarían. No sirvió la pena provocada en una masa títere llena de ira. Más lastimero era el espectáculo de un Jesús azotado, expoliado, coronado de espinas, y más ellos se envalentonaban pidiendo desaforados la crucifixión sin medida. Lavándose las manos Pilatos, perdió en ese gesto la poca inocencia que le quedaba, y quedó manchado para siempre de complicidad y cobardía. De nada le sirvió la pregunta retórica, para nada convencida, sobre qué era la verdad. ¿Qué le importaba a él la verdad si sus pretensiones de poder, su corrupción moral, su frivolidad manifiesta le hacía vivir en la más burda mentira?

Aquel Viernes Santo, el amor más increíble, el más inmerecido, el menos comprendido, estaba domiciliado en la Calle de la Amargura. La vía Dolorosa no dejó de ser lo que era: un zoco comercial de intereses, de chismes, de fanfarrias y mercaderías. Y nadie dejó de hacer lo que hacía, al ver pasar a otro malhechor más por aquella cuesta arriba.

Mujeres que se apiadan y rompen en llanto. Niños que eran apartados para no ver tamaño espectáculo. Curiosos cuyo interés era sólo una mirada lasciva, o burlesca, o rencorosa y resentida. Otros quedarían confusos al ver revestido de tanto mal a quien tanto bien dejó a su paso en sus vidas. Como Simón, oriundo de Cirene que volvía de trabajar, se encontró de pronto con una gracia inmensa y del todo inmerecida: ser samaritano bueno ante un Dios maltratado, robado y herido. El cirineo tomó sobre sus hombros una cruz que a Jesús no le pertenecía, pues era más suya que del que subía hasta el Calvario entre caída y caída.

Allí Dimas, buen ladrón, hizo su robo mejor, el más honrado, el robo que le salvó. Nada menos que le robó al Hijo de Dios una salvación cuando ya nada podía hacer. Toda una vida malgastada y podrida, que en ese instante vuelve a nacer. El robo lo hizo como buen ladrón, rezando conmovido ante Jesús crucificado: Dios mismo en su mismo suplicio, no por delincuente sino por amor. Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Y Jesús se lo aseguró. Es la primera canonización cristiana. ¡Quién pudiera ser ladrón bondadoso del perdón gratuito que se deja robar el mismo Dios!

Hoy la pasión tiene otros relatos también que prolongan el que nos dejaron los evangelistas. Tantos inocentes que trasiegan su intemperie buscando como refugiados una nueva tierra; tantos violentados en los propios hogares o en trifulcas callejeras, con la violencia hacia la mujer, hacia los niños, hacia los que anhelan una paz y dignidad que se les niega; bombas que destruyen el odio y que acaso despierten más odio en una espiral del sin sentido; corrupciones, postureos, frivolidades, engañifas, que hacen del teatro del mundo una zafia pesadilla. Cuántas estaciones tiene hoy el viacrucis de la muerte cuando no se convierte en vialucis de la vida.

María y Juan al pie de aquella cruz, con lo mejor de una humanidad no rendida, que creyeron en lo que el Señor les dijo y les decía, en cuanto les fue dando y en lo que entregaba de modo extremo en aquel mediodía. La Madre y el discípulo hecho hijo. Allí María engendró a todos los hermanos de Jesús, al pie de aquella cruz, a la sombra de una muerte que nos trajo tanta vida. ¿Quién soy yo en este drama? ¿Qué nombre tienen mis actitudes con las que yo mismo estaba allí en aquel interminable primer Viernes Santo? El relato, leído de rodillas y con el corazón abierto a la luz que me indique la verdad y las mentiras, es todo un libreto de mi biografía. Algo de todos ellos tengo yo. Basta ponerme bajo esa mirada con la que Jesús Nazareno me mira en la Calle de mi Amargura. Las acciones, las omisiones, los pensamientos, las palabras… ¡cuántas cosas me disfrazan de aquellos personajes de la vía Dolorosa que vieron a Cristo pasar! Cristo murió en la hora de nona para que yo viva para siempre jamás.

En silencio, adoramos la cruz bendita, veneramos aquí en Oviedo el santo sudario, memoria de un infinito amor con el que Dios nos vino a buscar, nos encontró y quiso salvarnos para esa bienaventurada dicha para la que nacimos. Es Viernes Santo. Es el silencio de Dios.

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