Celebración de la Pasión del Señor

Homilía de
Mons. D. JULIÁN RUIZ MARTORELL
Obispo de Huesca y de Jaca

Julian-Ruiz-Martorell

S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
Viernes Santo, 14 de abril de 2017

1) El Papa Benedicto escribió a los jóvenes que se preparaban para la JMJ de Sydney en 2008: “la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos” (Benedicto XVI, Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud).

2) Contemplando a Cristo crucificado recordamos que santa Faustina Kowalska, llamada apóstol de la Divina Misericordia, escribió esta oración:

“Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarla […]

(ayúdame) a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos […]

(ayúdame) a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mis prójimos sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos […]

(ayúdame) a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras […]

(ayúdame) a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio […]

(ayúdame) a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo” (Diario 163).

3) Raniero Cantalamessa recoge una narración sobre una mujer intelectual, que se profesaba atea. “Cierto día cayó sobre ella una de esas noticias que hacen que te sientas desfallecer: su hija de dieciséis años tiene un tumor, un cáncer de huesos. La operan. La joven vuelve del quirófano martirizada con tubos, sondas, goteros por todas partes. Sufre terriblemente, gime y no quiere escuchar ninguna palabra de consuelo. Su madre, sabiendo que [la hija] era piadosa y religiosa, pensando que le gustaría, le dice: ´¿Quieres que te lea algo del Evangelio?`, le responde: ´¡Sí, mamá!`; la madre vuelve a preguntarle: ´¿Qué te leo?`, y ella le dice: ´Léeme la pasión`. Su madre, que nunca había leído un evangelio, corre a comprar uno a los capellanes, se sienta junto a la cama y empieza a leer. Al cabo del tiempo, la hija se duerme, pero ella continúa leyendo en la penumbra y en silencio hasta el final. ´La hija se dormía -dirá ella misma en el libro que escribió poco después- y la madre se despertaba`. Se despertaba de su ateísmo. La lectura de la pasión de Cristo le había cambiado para siempre su vida” (El rostro de la misericordia, pp. 105-106).

La lectura de la pasión nos despierta de nuestras falsas ensoñaciones, de nuestra indiferencia, de nuestra comodidad. La lectura de la pasión de Cristo cambia para siempre nuestra vida.

4) “Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: ´Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí` (Jn 12,32)” (Benedicto XVI, Alocución al final del Via Crucis en el Coliseo, 21 marzo 2008).

5) El 14 de septiembre de 2014, el Papa Francisco afirmó: “El Padre ha “dado” al Hijo para salvarnos, y esto ha comportado la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz. ¿Por qué? ¿Por qué ha sido necesaria la Cruz?”.

Respondió que fue “a causa de la gravedad del mal que nos tenía esclavos. La Cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal, y toda la mansa omnipotencia de la misericordia de Dios”.

“La Cruz parece decretar el fracaso de Jesús, pero en realidad, marca su victoria. En el Calvario, los que se burlaban de Él le decían: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. Pero era verdad lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios Jesús estaba allí, en la cruz, fiel hasta el final designio del amor del Padre”.

El Santo Padre señaló que “cuando dirigimos la mirada a la Cruz donde Jesús ha sido clavado contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De aquella Cruz brota la misericordia del Padre que abraza al mundo entero”.

“Por medio de la Cruz de Cristo el maligno ha sido vencido, la muerte es derrotada, se nos ha dado la vida y se nos ha devuelto la esperanza. (…) Por medio de la Cruz de Cristo se nos ha devuelto la esperanza”.

“¡La Cruz de Jesús es nuestra única y verdadera esperanza! He aquí porqué la Iglesia “exalta” la Santa Cruz, y he aquí porqué nosotros, los cristianos, bendecimos con el signo de la cruz”.

El Papa subrayó que “nosotros no exaltamos las cruces, sino “la” Cruz gloriosa de Jesús, signo del amor inmenso de Dios. Signo de nuestra salvación, y camino hacia la Resurrección. Y ésta es nuestra esperanza”.

El Santo Padre pidió además que “mientras contemplamos y celebramos la Santa Cruz, pensemos con conmoción en tantos hermanos y hermanas nuestros que son perseguidos y asesinados a causa de su fidelidad a Cristo. Esto sucede especialmente allí donde la libertad religiosa no está aún garantizada o plenamente realizada”.

“En el Calvario, a los pies de la cruz, estaba la Virgen María. (…) A Ella encomiendo el presente y el futuro de la Iglesia, para que todos sepamos descubrir y acoger siempre el mensaje de amor y de salvación de la Cruz de Jesús”.

6) La pasión y muerte de Jesucristo no sólo es un suceso cumbre, es la recreación de una nueva humanidad, la institución de una nueva forma de vida y convivencia, de un nuevo estilo de ser y convivir.

Cristiano es el que sigue a Cristo llevando la cruz de la vida con amor y como expresión del servicio a los demás. Es aquél que en estos días santos sabe que no celebramos sólo el recuerdo histórico de lo que pasó ayer a Jesús, en Palestina, sino que ahora esos mismos misterios se reproducen y representan a lo vivo en nosotros, los creyentes.

Nuestra mayor miseria sería ignorar a Cristo por dentro, no comprender el significado profundo de la cruz. Sería vivir dominados por la frialdad, el escapismo, la pobreza de ideales, la incapacidad de entusiasmo por Cristo y su entrega radical. Reducir los días de la pasión a vivir de la cultura de la fe, pero no de la fe. No saber hacernos solidariamente presentes en los problemas y sufrimientos de los demás. Vivimos frontalmente contra la cruz de Cristo cuando practicamos la violencia física, psicológica o moral, cuando utilizamos la fuerza contra la razón o cuando defendemos la razón en contra del evangelio, o cuando irradiamos agresividad, prepotencia, orgullo, ironía. Estamos frente a Cristo cuando nos dejamos llevar de la vida instintiva (sólo lo que me gusta), o meramente racional (mi razón, no la de los otros o la del evangelio), y nos arrastran la egolatría, la rivalidad, la obstinación e intransigencia, la envidia y el autoengaño, la manía del propio valer.

Atentamos contra la cruz cuando nos puede el victimismo emocional, la hipersensibilidad excesiva, el resentimiento o la conciencia de nuestra posición y dignidad personal. Ofendemos a Cristo y su pasión cuando no somos más humildes, más solidarios con los otros, más perdonadores y reconciliados, cuando no crecemos en un testimonio sincero de humildad, de fraternidad, de responsabilidad y compromiso contra el mal.

Hemos de pedir a Dios que nos ilumine para que todos los cristianos sepamos reproducir a lo vivo la pasión de Cristo, su infinito amor a Dios y a los hombres.

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