Santa Misa Crismal

Homilía del
Card. D. RICARDO BLÁZQUEZ PÉREZ
Arzobispo metropolitano de Valladolid

blazquez13042017

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Valladolid
Jueves Santo, 13 de abril de 2017

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres”. Estas palabras, eco de la profecía de Isaías (61, 1-2), pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret son como el programa de su misión. Iluminan también el sentido de nuestra celebración: El Espíritu Santo nos unge para evangelizar.

Los cristianos, es decir, los discípulos de Cristo, el Ungido por el Espíritu y enviado por Dios para proclamar con palabras y obras el Evangelio, podemos también hacer nuestras estas palabras, en virtud del bautismo, la confirmación, la ordenación presbiteral y episcopal. Todos ungidos para evangelizar. En pocas palabras se condensa el sentido de esta asamblea reunida ante el Señor: Ungidos en el Ungido, cristianos en Cristo, para compartir el gozo y los trabajos por el Evangelio (cf. 2Tim.1, 8-9). Evangelizar es anunciar y testificar que Dios está cerca, que viene a salvarnos. Evangelizar es comunicar buenas noticias de parte de Dios.

Son muchas las formas de indigencia que necesitan ser iluminadas con el Evangelio: Los pobres y empobrecidos, los descartados y excluidos, los discriminados y perseguidos, los tirados en las cunetas de la vida, los desplazados por la guerra y refugiados, los pródigos que al final de su aventura se encuentran solos, lejos, hundidos, sin libertad y sin futuro. Hay muchas personas con el corazón desgarrado; muchos heridos por la vida arrastran un peso que los oprime; de muchas personas se ha apoderado la tristeza, la aflicción y la oscuridad, y no esperan ya a nadie ni nada. La experiencia propia y el conocimiento de otros puede alargar las situaciones que necesitan ser evangelizadas y las personas para las que Jesús ha sido enviado como Evangelio en persona. Para anunciar el Evangelio de la paz ha sido ungido Jesús y todos nosotros somos ungidos con Él y enviados por Él.

Nos hemos reunido gozosamente en esta celebración, en que se consagra el crisma de la unción sacerdotal, y se bendice el óleo de los catecúmenos para el bautismo y el óleo de los enfermos para iluminar las tinieblas en el atardecer de la vida. A todos saludo con gratitud y afecto; nos sentimos dichosos de formar parte de esta familia en la fe cristiana, y de compartir la misión confiada por el Señor. Tengo presente vuestra colaboración paciente en la Pastoral de la Salud, en la Catequesis de la Iniciación cristiana, en el ministerio diaconal, presbiteral y episcopal. Esta celebración se convierte en fuente para reposar en nuestros cansancios, para rehacer nuestras fuerzas, para regenerar nuestras esperanzas.

Nosotros confesamos en la fe que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías prometido y el Ungido por el Espíritu del Señor del Señor. Su nombre completo es Jesucristo. Nosotros también hemos sido ungidos, exteriormente con el santo crisma e interiormente por el Espíritu Santo. Sin la “spiritalis unctio” del Espíritu no podemos evangelizar. Si el Espíritu no potencia la predicación y no abre los oídos de los oyentes no tocará el corazón para la conversión ni sembrará la semilla de la fe y de nueva vida (cf. 1Ped. 1, 22-25). La oración, la interiorización y el silencio meditativo de la Palabra de Dios, son vía insustituible para evangelizar y transmitir la fe.

Permitidme que me dirija particularmente a los presbíteros, ya que renovamos hoy ante Dios y en medio de la Iglesia las promesas sacerdotales.

1.- Hermanos en el ministerio sacerdotal

Queridos hermanos en el ministerio, Jesús ha pasado a nuestro lado, y nos ha llamado a un seguimiento especial, como invitó a Mateo habiéndolo mirado compasivamente (cf. Mt. 9, 9- 13. “Miserando atque eligiendo” es el lema del papa Francisco, inspirado en este pasaje evangélico). Nosotros no somos espontáneos atrevidos, sino llamados por Jesús con amor y confianza. A nuestra respuesta ha precedido la gracia de Dios; la invitación del Señor nos ha abierto el camino. La iniciativa es de Dios que nos ha “primereado”, nos ha amado primero (Cf. 1 Jn. 4, 19). Estamos agradecidos a Dios porque nos llamó, nos consagró, nos mantiene su confianza y espera nuestra fidelidad humilde. Al renovar las promesas agradecemos la vocación y la paciencia que tiene con nosotros. La elección irrevocable de Dios prepara y garantiza nuestra fidelidad permanente.

Ahora pienso también en los queridos seminaristas a los que saludo con afecto y esperanza. “Aquí estoy, porque me has llamado”, respondió el joven Samuel a Dios (cf. 1 Sam. 3, 6). “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (v. 9). Queridos sacerdotes y seminaristas, la vocación tiene un recorrido en nuestra vida: Comienza con un rumor que no diferenciamos aún, prosigue con un discernimiento que aclara la llamada y ayuda a la maduración, tiene el punto culminante en la ordenación sacramental y continúa posteriormente hasta la muerte. Todos los días el Señor nos dice a cada uno: “Yo te he elegido y no me arrepiento”. Que nosotros podamos responder: “Aquí estoy, envíame”.

Queridos sacerdotes y seminaristas, el sí de Dios es gracia inmerecida; y nuestro sí comporta alegría y esperanza. Nos felicitamos mutuamente por la vocación recibida y pido que incansablemente oremos y trabajemos por las vocaciones.

La vocación es, ciertamente, una relación personal entre Dios que llama y el hombre que responde. Pero la vocación al ministerio sacerdotal nos hermana fuertemente; la comunidad supone y fortalece a la persona; lo personal se opone al individualismo, no a lo fraternidad. La ordenación sacramental significa entrar en un “ordo” de servidores, en el orden sacerdotal, en el presbiterio diocesano. En el Seminario, al tiempo que cada seminarista en un diálogo de amor responde confiadamente al Señor, se va gestando el presbiterio de la Diócesis. Las promesas sacerdotales renuevan el sí a Dios de cada uno y el lazo de unidad entre todos nosotros. La deuda que tenemos pendiente siempre con los demás es el amor (cf. Rom. 13, 8), porque el Señor nos perdonó y perdona (cf. Col.3,19). Reconocemos en los otros compañeros de presbiterio la misma gracia ministerial; bendecimos a Dios por su vida; mutuamente nos debemos prestar el testimonio del celo apostólico por el Evangelio. No me resisto a transcribir una exhortación de San Pablo dirigida a la comunidad cristiana y particularmente a nosotros hermanos en el ministerio: “Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo; en la actividad no seáis negligentes; en el espíritu, manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración, compartid las necesidades de los santos, practicad la hospitalidad. Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndonos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios. A nadie devolváis mal por mal” (cf. Rom.12,10-17). ¡Que el espíritu de las bienaventuranzas ilumine nuestras mutuas relaciones ministeriales y nos sostenga en las tareas confiadas para servir a la comunidad.

La fraternidad en el ministerio se manifiesta en la cercanía amigable, en la ayuda recíproca, en la escucha paciente y la palabra de aliento, en la corrección fraterna sin negarla por comodidad ni ejercitarla desde una presunta conducta irreprochable. Acompañar significa traducir en la vida diaria lo que somos ministerialmente, ya que compartimos la misma misión y corremos la misma suerte. La fraternidad ministerial es hoy más necesaria, ya que vivimos frecuentemente en ámbitos inhóspitos e indiferentes a la fe en Dios.

2.- Discernimiento personal y pastoral

El Papa Francisco nos recuerda frecuentemente la importancia pastoral del discernimiento. Él mismo reconoce que de la espiritualidad ignaciana el discernimiento es el aspecto que más le ayuda a cumplir su ministerio. He aquí algunos lugares más relevantes en su magisterio y experiencia sobre el discernimiento. En las situaciones delicadas de los matrimonios y de las familias, “los presbíteros tienen la tarea de acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y a las orientaciones de los Obispos” (Amoris laetitia, 300). Se trata de un itinerario de acompañamiento que orienta a los fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. Este discernimiento debe atenerse siempre, por supuesto, a las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio. La Ratio fundamentalis para la formación sacerdotal nos enseña: <<El gradual crecimiento interior en el proceso formativo debe tender principalmente a hacer del futuro presbítero el “hombre del discernimiento”, capaz de interpretar la realidad de la vida humana a la luz del Evangelio, y así escoger, decidir y actuar conforme a la voluntad divina>> (n. 43). Se comprende que el discernimiento sea más difícil en un contexto confuso y revuelto, como a veces padecemos. La próxima asamblea del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en el otoño del próximo año, tratará sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Une tres realidades en que el discernimiento desempeña una función necesaria para que descubra cada joven la vocación, que el Señor comienza musitando y termina en llamada clara, al matrimonio cristiano, al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada.

El discernimiento se realiza en una situación concreta de una persona singular abriendo paso a paso a una fidelidad creciente a Dios revelado en Jesucristo y el Espíritu Santo. Sin pretender suplantar la conciencia personal, sino respetándola como ámbito sagrado, en actitud de humildad y sinceridad ante Dios, el acompañante ayuda a discernir la voluntad concreta de Dios en la vida de cada persona. En el discernimiento se va descubriendo algo nuevo con la luz del Espíritu Santo que, según la promesa de Jesús, nos va llevando a la verdad plena (cf. Jn. 16, 13).

El sacerdote debe ser hombre de consejo para acompañar en el discernimiento, fiel a la voluntad de Dios y respetuoso de sus caminos en toda persona. Con los dones de sabiduría, entendimiento, consejo y fortaleza otorgados por el Espíritu Santo (cf. Is. 11, 2; cf. Prov. 8, 14-16) es capacitado para cumplir la misión confiada por Dios en favor de su pueblo. La palabra bíblica en este contexto es con frecuencia la de “presbítero”, que significa anciano, no sólo y tanto por la edad cuanto por su criterio fiable y su consejo acertado (cf. Núm, 11, 10; Mc. 8, 31; Act. 11, 4.30). Llama la atención que al joven Daniel “Dios mismo le ha dado la ancianidad”, suscitando en él su espíritu para que pueda ejercer la autoridad de la ancianidad, sin dejar de ser un muchacho (cf. Dan. 13, 45.50). El don de discernimiento y de consejo para acompañar a otras personas en su camino de fidelidad a Dios forma parte, queridos presbíteros, de nuestro ministerio. Quizá necesitemos una ayuda especial para cumplir esta misión delicada y hoy particularmente requerida. No basta enseñar y repetir la enseñanza de la Iglesia; se nos pide también escuchar detenidamente a las personas, hacer un esfuerzo para comprender sus senderos y pedir la gracia de aconsejar con palabras de luz y de amor. El Evangelio es siempre el mismo, pero cada uno tiene un camino personal, un ritmo propio de asimilación y una singular vocación de Dios. El diálogo es la actitud básica y el método pastoral apto para el discernimiento.

Como es habitual, el Viernes Santo se nos pide ayudar a los cristianos de Tierra Santa con una colecta generosa. Hacemos nuestras las palabras de Pablo y Bernabé, después de constatar que compartían el mismo Evangelio y de darles la mano en señal de comunión Santiago, Pedro y Juan: “Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir” (Gál. 2, 10). La colecta es al mismo tiempo gratitud por el Evangelio que desde allá nos ha llegado y de solidaridad con ellos. Lo allegado en la colecta va destinado a la formación de candidatos al sacerdocio, al fomento de las peregrinaciones, a la actividad educativa y cultural, a la conservación de los Lugares Santos, a la ayuda a las víctimas de la guerra y al servicio de los necesitados. Con nuestra colaboración económica pueden continuar viviendo allí y hacer que la geografía de Tierra Santa no deje de ser para los peregrinos el llamado “quinto Evangelio”. Hay una Historia Santa y una Tierra Santa. Agradezco a todos la generosidad de años anteriores; y os pido que invitéis a vuestras comunidades a ser solidarios en los bienes y en las necesidades.

Queridos hermanos y hermanas, deseo que la celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo deje en nosotros una huella profunda de fe, de amor al Señor y a los hermanos. Pedid también por mí.

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