Celebración de la Pasión del Señor

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

vicente jimenez

S.I. Catedral Basílica de Ntra. Sra. del Pilar, Zaragoza
Viernes Santo, 14 de abril de 2017

VIERNES SANTO

Saludo con particular afecto a mi hermano obispo, Mons. Carmelo Borobia; al Sr. Vicario General; al Cabildo Metropolitano; a los hermanos sacerdotes concelebrantes; a los seminaristas; a los miembros de vida consagrada; a los fieles laicos; a la Capilla de Música de Ntra. Sra. del Pilar, a la Orquesta Cantántibus Órganis, al Coro de Infantes del Pilar. Un saludo desde la Catedral Basílica del Pilar de Zaragoza a todos los oyentes de la Cadena COPE, especialmente a los enfermos.

La Pascua de la cruz

Hoy, día de Viernes Santo, en que “ha sido inmolada nuestra Víctima Pascual, Cristo”, la Iglesia medita la pasión de su Señor y adora la cruz; conmemora su nacimiento del costado de Cristo dormido en la cruz, de donde brotaron agua y sangre, símbolos del Bautismo y de la Eucaristía, los sacramentos de la Iglesia; e intercede en una larga oración universal por la salvación de todos.

El Viernes Santo es la Pascua de la cruz. Realmente es la cruz la que preside la celebración y domina la liturgia de la Palabra. El Siervo de Yavé, varón de dolores, del poema de Isaías, fue traspasado por nuestras rebeliones. Es una figura de Jesús, siervo doliente (1ª lectura). Pilato lo entregó para que lo crucificaran (Evangelio). La obediencia de Cristo es motivo de salvación eterna para los seguidores de Jesús (2ª lectura).

La tarde del Viernes Santo presenta el drama inmenso de la muerte de Cristo en el Calvario. La cruz levantada en lo alto sigue en pie como signo de esperanza y salvación.

Pasión según San Juan

Contemplamos el misterio de Jesús Crucificado, según el evangelio de San Juan.

Juan, teólogo y cronista-notario de la pasión, nos lleva a contemplar el misterio de la cruz de Cristo como una solemne liturgia. Todo es digno, simbólico en su narración: cada palabra, cada gesto. La profundidad de su evangelio se hace ahora más elocuente. Y los títulos de Jesús componen una hermosa Cristología: Jesús es Rey: lo dice el título de la cruz, y el patíbulo es el trono desde donde reina. Es Sacerdote y Templo, a la vez. Es el nuevo Adán junto a la Madre, nueva Eva. Hijo de María y Esposo de la Iglesia. El Dador del Espíritu. Es el Cordero inmaculado e inmolado, al que no le rompen los huesos. Es el Exaltado en la cruz, que todo lo atrae hacia sí, por amor, cuando los hombres volvemos hacia Él la mirada.

La Virgen María, la Madre, estaba allí de pie junto a la cruz de su Hijo. María siguió paso a paso, con corazón de Madre, el camino de su Hijo. “María, no sin designio divino  -afirma el Concilio Vaticano II-   se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado” (LG 58). Así “padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad” (LG1461).

Junto a la cruz  está María como madre y discípula que siguió en todo la suerte de su Hijo, signo de contradicción como Él. Maternidad del corazón, que se ensancha con la espada de dolor que la fecunda. Madre de los discípulos, de los hermanos de su Hijo. La maternidad de María tiene el mismo alcance que la redención de Jesús. Juan glorifica a María con el recuerdo de esa maternidad: es el último testamento de Jesús; el último regalo de Jesús antes de morir: nos entrega a su Madre como nuestra madre. Igual que el discípulo amado debemos llevarla a la intimidad de nuestra casa.

El soldado que traspasó con la lanza el costado de Cristo, no se dio cuenta que cumplía una profecía y realizaba un estupendo gesto litúrgico: Del corazón de Cristo brotó sangre y agua: la sangre de la Eucaristía, sacramento del máximo amor; el agua del Bautismo, que nos da la vida de Dios por el Espíritu.

Hermanos: la cruz está ya transfigurada. Es también Pascua. “Cuando sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Al alba del tercer día, la cruz reventó en vida y en resurrección. El amor no podía quedar estéril. El amor nunca es infecundo. El amor siempre es vida. La cruz es luz. Y la cruz floreció hasta la eternidad en triunfo de victoria. “¡Victoria, tú reinarás/ Oh Cruz, tú nos salvarás!”. Amén.

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