Escuchar siete palabras (y VII). «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46)

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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Domingo 16 de abril de 2017

En momentos de sufrimiento, ante problemas graves, cuya solución requeriría un milagro, nuestra oración es normalmente de petición: ¡Señor, que se cure! ¡Que se solucione el problema! ¡Que cambie de actitud! ¡Que encuentre trabajo! ¡Que tenga suerte!… Son oraciones en sí mismas legítimas. Muchos se le acercaron a Jesús pidiéndole milagros de este tipo, y Jesús no les rechazaba, si lo hacían con humildad y confianza. Él mismo pidió al Padre que le evitase, si era posible, el sufrimiento de la tortura y la muerte. Otras veces los fuertes sufrimientos se traducen en protestas a Dios, pidiéndole cuentas de su silencio, de su olvido o de su «equivocada» providencia… Nosotros, testigos de la muerte de Jesús en la Cruz, ya conocemos cómo ha de acabar, cuál ha de ser el desenlace del drama que vive ante Dios todo justo sufriente. Todos hemos de saber orar de corazón con las palabras de Jesús: « Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). ¿Quién puede hacer esta oración? Uno puede recitar esta oración, cuando ha agotado todas las posibilidades humanas de solucionar el problema que le hace sufrir, y ve al final que ya no hay solución. Pero esta plegaria es más propia de un justo que, aun habiendo tenido la posibilidad de elegir caminos poco honrados o poco acordes con la Ley de Dios, siempre optó por el bien y se fió de la justicia. Durante su lucha ha ido haciendo actos de confianza en la verdad y el valor que le merece el camino de Dios. Cuando llega el momento de la derrota, cuando ve que el bien no vence, sino que ha sido abatido por las fuerzas de la injusticia y del mal, entonces aún le queda el acto de la suprema confianza: abandonarse a las manos de Dios. Este acto, a su vez, supone que el justo, agotado tras la lucha a favor de la bondad y la justicia, está convencido de que hay unas manos que le acogen con amor. Unas manos que le darán descanso, cobijo estable, y ya no le soltarán nunca. Gracias a que esas manos existen, toda su lucha, incluso sus fracasos, tienen sentido. ¿Qué sería de tantos justos que hay y ha habido en el mundo y que acabaron en el fracaso más absoluto, si no pudieran exhalar su último aliento dirigiéndose a Dios Padre con esta oración? Le plantearon una vez a Bertolt Brecht, poeta y dramaturgo que puso su creación literaria al servi cio de la causa marxista, qué pensar acerca de quienes han luchado por la justicia y han muerto sin haber visto realizada la utopía. Su respuesta fue que el individuo no cuenta tanto como la colectividad: algún día el pueblo verá el paraíso en la tierra. Para nosotros cada uno vale tanto como toda la colectividad y el paraíso ya comienza aquí cuando uno vive sostenido por el amor. El justo vive y vivirá en las manos del Padre. Más aún. El sentido profundo de los trabajos del justo, incluso su fracaso y su muerte, es hacer de ello ofrenda, una consagración, una entrega de amor al Padre. Es lo que denominamos sacrificio. La Carta a los Cristianos Hebreos nos dice que gracias a la entrega y abandono de Jesús en la Cruz, nosotros podemos gozar de la reconciliación y la libertad. Por eso seguimos entregando nuestro espíritu, cada día, como un eco pálido de lo que hizo Jesús.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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