La presencia del resucitado en mi vida

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

perezpueyoangel

Domingo 23 de abril de 2017

Recién llegado a Roma, en uno de los autobuses urbanos, me ocurrió algo insólito. Perdonadme quien me lo hayáis escuchado alguna otra vez. Al subir, descubrí mi rostro en uno de los carteles publicitarios… ¡No, no creáis que era un póster del nuevo Director General de los Sacerdotes Operarios…! Era simplemente un cartel «espejo» en el que todos cuantos subíamos al autobús nos veíamos reflejados. Debajo ponía: «¡Gracias por permitirnos utilizar su rostro para nuestra publicidad!». ¡Qué ingeniosos, verdad…! Pero creo que aquellos publicistas, aun sin pretenderlo, dieron en el clavo… A mí, personalmente, me resultó muy evocador.

¡Qué bien ha sabido hacer Dios todo…! A través de las cosas creadas, de la historia, de los acontecimientos cotidianos… pero sobre todo de cada persona nos ha permitido que, desde una mirada de fe, pudiéramos descubrir su propio rostro. Son tantas las mediaciones humanas (testigos) de las que Dios se ha servido («utilizado») para hacerme descubrir su rostro más genuino, el de su propio Hijo, el crucificado, y que pese a todo sigue vivo… Tantas las vivencias y tan diversos los acontecimientos, por insignificantes que hayan sido, que me cuesta confesaros humildemente mi propia «miopía»…

¡Cómo me gustaría poder mirar con los ojos de Dios mi propia vida, la historia, el mundo, el corazón de cada una de las personas que Él ha puesto en mi camino! O, al menos, pedirle prestadas durante un tiempo a Dios sus «gafas». Porque «Dios usa gafas», ¿lo sabíais, no? Si no, algún otro día os lo cuento.

Desvelar nada menos que Dios mismo me ha llamado a la vida en el amor de mis padres; que me ha llamado a ser su hijo, por el bautismo; que me ha llamado a crecer en su amistad (vida de gracia); que me ha llamado a colaborar con Él y a compartir su propia felicidad… sería, sin duda «para nota» y, tengo que confesaros, que casi siempre me sobrepasa…

Lo que más me sorprende ahora no es descubrir en mi cuerpo abundantes arrugas o canas, signo inequívoco del paso del tiempo, sino las múltiples cicatrices, algunas de ellas todavía abiertas, por donde “sangra” mi corazón de «pastor»… que paradójicamente se convierten en estigmas de quien está dispuesto a asumir hoy el “martirio” incruento que entraña la evangelización en el Alto Aragón.

Aunque la tarea confiada es ardua y delicada me resulta, al mismo tiempo, hermosa y apasionante, además de urgente y necesaria. Tal vez sea ingenuidad o inconsciencia… Me gustaría que pudiera ser, más bien, certeza y confianza absoluta en el Dios invisible pero real (transparente) que percibo en los acontecimientos, en la naturaleza, en las criaturas, en el ser humano… Mi servicio pastoral de ahora es muy humilde, consiste en proveeros a cada uno Pan y Palabra; Ternura y Perdón, Fraternidad y Comunión. Tratar de ayudaros a desvelar cuál es vuestra propia vocación como evangelizadores: laicos, religiosos o ministros ordenados (diáconos, sacerdotes, obispos). Invitaros a agradecer a Dios vuestra vida (verdadera vocación) como regalo a su Iglesia.

Y tratar de instaurar comunidades cristianas donde puedan nacer, crecer y madurar todas las vocaciones (laicales, religiosas y especialmente las vocaciones al ministerio presbiteral). Comunidades de llamados que, a su vez, llaman y acompañan personal y comunitariamente a quienes también han sido llamados. Creo que este es mi mejor modo de contribuir a la revitalización de todos los feligreses del Alto Aragón y tratar de favorecer el cambio estructural de nuestra querida Diócesis de Barbastro-Monzón. También la sociedad y el mundo. Y en ello trato de poner alma, vida y corazón.

Otra cosa bien distinta, aunque algunos así lo experimenten, es ser signo del resucitado. Torpe mediación y gracias… puesto a su servicio para cuando quiera «utilizarme» y para lo que quiera «servirse» de mí… El único mérito que me asiste, no se si por virtud o por mi condición de ejeano, es mantenerme firme en la «brecha»…

Tal vez pueda estar equivocado pero hasta ahora no he hallado mejor medio para descubrir a Jesús resucitado que el ámbito (el microclima) donde Dios me ha plantado en cada momento. Y casi todo ha ido aconteciendo de forma corriente e imperceptible.

¡Siento decepcionaros al no poder compartiros nada espectacular ni extraordinario como testimonio de mi fe…! Intuyo que si Dios ha actuado así primero con aquel «curilla» y ahora con este «aprendiz de pastor»… lo hará con todo ser humano que no se niegue a lo evidente…Y así cada uno podrá descubrir en su propia vida y en el ámbito que lo circunda signos abundantes y clarividentes de la presencia del resucitado… Pero, sobre todo, podrá ver reproducido rasgos de su rostro en el de Aquél que quiso que cuantos nos vieran, le vieran y cuantos nos oyeran, le oyeran. Tal vez, por eso, en el «autobús de la vida», Dios también ha colocado (colgado) tu vida («póster») indicando: «gracias, NN, por permitirme utilizar tu rostro para instaurar mi Reino en tu Diócesis de Barbastro-Monzón».

Con mi afecto y bendición.

perez_pueyo_firmaÁngel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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