Nueva fraternidad (II): Los trabajos de Dios

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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Domingo 30 de abril de 2017

Antes de recordar los esfuerzos que hizo Dios a lo largo de los siglos para recuperar la fraternidad entre los hombres, recordemos cómo ve Dios la historia humana. Dios sabe que los seres humanos han buscado desde siempre reunirse, por motivos muy diversos. Unos lo hacen por el mutuo interés: el trabajo, los negocios, la defensa, la guerra, la común afición, etc. Otros por razones más espirituales como, por ejemplo, las afinidades ideológicas, la atracción afectiva, las causas altruistas, la amistad, etc. Pero, de hecho, la historia de la humanidad, desde aquel primer crimen fratricida, está saturada de divisiones, rupturas, enfrentamientos, guerras, y crímenes. ¿Por qué los conflictos entre los humanos? Según la Biblia, todas las peleas, las divisiones, las luchas, entre nosotros tienen su origen en pecados que, en términos de fe, significan una ruptura con Dios. Fue la pretensión orgullosa de la humanidad de creerse todopoderosa, capaz de arañar el cielo, el lugar de Dios, con su técnica, el origen de la división, la dispersión, los enfrentamientos y la competitividad entre los pueblos (Babel: cf. Gn 11,1-9). Por este camino se entenderá por qué frecuentemente encontramos, en el Antiguo Testamento, que la división y los enfrentamientos están ligados al pecado de idolatría. Ésta, la idolatría, no es más que la pretensión de hacer dioses con nuestras manos, crear divinidades que podemos dominar, dioses falsos hechos a nuestra medida (cf. Ez 37,20-23). No faltan los intentos de lograr la unidad, en todos los ámbitos. Pero en el mejor de los casos, como por ejemplo la sociología y la psicología de la dinámica de grupos, buscan la unidad, procurando la confluencia de intereses, el encaje de caracteres o favoreciendo un líder que aglutine el colectivo. Aun así estamos muy lejos de la «fraternidad» que necesitamos. Dios quería ir más allá. Decidió crear Él mismo una fraternidad particular, llamando gratuitamente un pueblo concreto. No precisamente el más poderoso ni el más numeroso; al contrario, muy peque- ño, un pueblo que nacería de una familia: la familia de Abraham. Su promesa, era que en el futuro este pequeño pueblo fuera tan numeroso como las estrellas del cielo. Se llamará Israel, con el apellido de «pueblo escogido». Todas las naciones serían bendecidas en él. En él, por tanto, se realizaría la fraternidad universal, aunque una fraternidad, que ya no se basaría en la creación (para tener todos su origen en el mismo Padre creador), sino en la elección (por haber sido llamados por el mismo Padre providente). Dios cuidaría de esta nueva fraternidad, mostrándole proximidad, favores, ayudas, liberándola de la esclavitud, estableciendo con ella una Alianza de amor, dándole Ley, reyes y profetas… En la medida en que el Pueblo se mantuviera fiel a Dios, sus miembros se sentirían hermanos. Entonces la fraternidad adquiría un límite: «hermano» era el miembro del mismo pueblo o nación, los otros eran «extraños, extranjeros» (paganos). Que todos los pueblos llegasen a ser hermanos sería en un futuro lejano, al final, cuando todos se hicieran miembros de Israel. Mientras tanto, lo que había surgido como un don de Dios (la elección), llegó a ser para muchos un derecho (pertenecer a la misma nación), más que una fuente de compromiso: «Somos hijos de Abraham, somos, por lo tanto, libres…» (cf. Jn 8,33). Por eso, la pregunta del fariseo a Jesús sobre el amor fraterno tenía toda la intención: «Pero ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). Conviene que esta pregunta permanezca viva en nuestro interior. La respuesta que Jesús dio entonces tenía consecuencias insospechadas. Y hoy también.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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