¡Alegraos!

Carta de
Mons. D.  Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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Domingo 30 de abril de 2017

Queridos diocesanos:

“Alegraos” es la primera palabra que pronuncia Jesús una vez resucitado, según el Evangelio de San Mateo (28, 9). Las mujeres han recibido del ángel la noticia de que el Maestro vive, pero parece que no lo acaban de creer. Temen aún que alguien haya robado su cadáver. Entonces es Jesús mismo quien sale al encuentro de aquellas mujeres, que tanto le habían amado y las consuela, mostrándoles que está vivo e invitándolas a la alegría.

También para nosotros, que celebramos su resurrección, se repite la invitación: “¡Alegraos!” Ha sucedido lo inconcebible: la vida ha vencido a la muerte, la luz ha dominado a la oscuridad y se ha abierto para el hombre una “esperanza viva” (1 Pe 1, 3). Es tiempo de dejar el duelo y la aflicción: “deixem lo dol!” cantamos con alegría. Cese el llanto y el lamento. Es tiempo de gozo y de alegría.

Hubo un tiempo en el que la risa formaba parte de la liturgia de Pascua. En la época del barroco la homilía que pronunciaba el sacerdote en la Pascua debía contener alguna historia que suscitase la risa de manera que la iglesia retumbase en carcajadas. Se llamaba el “risus paschalis” y era común también en los monasterios, donde los monjes se hacían bromas para suscitar la risa. Estas anécdotas, aun siendo manifestaciones superficiales y exteriores de la alegría, nos recuerdan algo muy importante: que la alegría es un signo que anuncia que realmente hemos sido redimidos.

Desde su nihilismo, Nietzsche describe en “Así habló Zaratustra” el encuentro de este personaje con algunos sacerdotes cristianos, a los que echa en cara adorar a un crucificado. Y dice a sus discípulos: “Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor!”. No carece de razón este profeta de la “muerte de Dios”. Ciertamente los cristianos parecemos muchas veces más seguidores de un difunto que de alguien que está vivo. Nos falta entusiasmo, fervor y convicción en la vivencia de nuestra fe.

Esta alegría de la que hablamos no es simplemente estar contento con algo. Es algo mucho más profundo, porque se trata de una actitud vital. No es algo pasajero, sino que colma y llena nuestro corazón. Brota de la certeza de que con la resurrección el cielo se ha abierto y de que la luz de Dios ha penetrado en el mundo. Tiene su fuente en la seguridad de sabernos amados por Dios siempre, más allá de todo. Para San Pablo la alegría es uno de los frutos que el Espíritu Santo produce en nosotros (cf. Gal 5, 22-23).

Al menos en estos días, seamos un poco menos rígidos, menos serios. El Papa Francisco con frecuencia se refiere con gracia a los cristianos diciendo que algunos ponen “cara de pepinillo en vinagre” o que viven “una Cuaresma sin Pascua”. Dejemos atrás la tristeza. Pongamos “cara de redimidos” y que la alegría del Resucitado inunde nuestro corazón.

✠ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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