Santa Misa con el Rito de Beatificación del Venerable Siervo de Dios Antonio Arribas Hortigüela y seis compañeros, mártires

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Beatos Mártires, Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús († 1936)

Homilía [1]

Angelo Card. Amato, SDB

1. El recuerdo de los mártires –ha dicho recientemente el Papa Francisco- «nos confirma en la conciencia de que la Iglesia es Iglesia, si es Iglesia de mártires. Y los mártires son aquellos que tratan de ayudar a los hermanos y de amar a Dios sin reservas» [2]. La esencia del cristianismo es la caridad. El Evangelio es la escuela de la caridad sin límites, abierta no solo a los amigos sino también a los enemigos.

La palabra de Jesús es una palabra de amor no de odio. El amor genera bondad y compresión. El odio, en cambio, crea divisiones y persecuciones. En todas las partes de la tierra, ayer como hoy, el odio contra la Iglesia hace estragos en personas indefensas e inocentes, solo porque son cristianas.

La sociedad humana no tiene necesidad de odio, sino de amor. Es el amor su ancla de salvación. Es la misteriosa fuerza del amor la que hace vivir y crecer a la humanidad en la paz y en la concordia.

2. Este es el mensaje de los Mártires de Canet de Mar, hoy beatificados [3]. Este suceso nos hace revivir una página trágica de la historia de España, pero también una página de heroismo cristiano. En los años treinta del siglo pasado estalló una violenta y devastadora persecución contra la Iglesia. Los católicos fueron objeto de una discriminación arbitraria e intolerante. Se prohibió el Crucifijo en las escuelas, se suprimieron las congregaciones religiosas y se confiscaron sus bienes, se destruyeron edificios e iglesias, se incendiaron tesoros inestimables de paramentos sacros, herencia del ingenio artístico de los siglos pasados. Por donde pasaban los milicianos dejaban cadáveres y ruinas. El mal solo sabe destruir. Es el bien que construye.

Por primera vez en la historia de España pareció prevalecer la falsa ideología de que la Iglesia fuese un peligro y no, en cambio, un precioso recurso social y cultural para el desarrollo de una nación. Se programó su eliminación no solo jurídica, sino física, matando sin piedad a obispos, sacerdotes y laicos. Y todo esto –lamentaba el papa Pío XI (once) en el 1937 (mil novecientos treinta y siete) – se hacía «con un odio, una barbarie y una crueldad, que no se hubiera imaginado en nuestro siglo» [4].

Con razón se podría hablar de verdadero holocausto católico en España.

3. En Canet de Mar, un pueblo en el litoral al norte de Barcelona, vivía una floreciente y serena comunidad de religiosos de la Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús. En julio de 1936 (mil novecientos treinta y seis) su residencia fu saqueada por los milicianos, la capilla profanada, los sacerdotes y los alumnos dispersos en alojamientos improvisados. El ensañamiento anticatólico tenía lugar al margen de la más elemental legalidad jurídica. Era conocido el llamado automóvil fantasma, que aparecía en el corazón de la noche y secuestraba a personas, haciéndolas desaparecer en la nada.

Los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús eran buenos educadores de jóvenes estudiantes. Un exalumno afirma que los padres eran fieles imitadores de Cristo, el buen pastor, en la defensa de los pequeños estudiantes, incluso a riesgo de la propia vida [5]. Otro exalumno afirma que los dos años pasados en Canet de Mar fueron los años más bellos de su existencia: estaba edificado por la bondad de los padres y por la laboriosidad de los hermanos laicos [6].

4. Del cabeza de lista Padre Antonio Arribas Hortigüela los exalumnos declaran que era un joven de carácter abierto, simpático y paciente. Ante los milicianos agitados y violentos, que asaltaron la casa, él mantuvo la serenidad de los justos, preocupándose solo de que los chicos recibieran el alimento y el trato adecuado. Sin este comportamiento de calma se hubiera dado una masacre.

También del Padre Abundio Martín Rodríguez los exalumnos alaban la bondad, la generosidad y sobre todo la paciencia: le llamaban el santo Job [7].

Era piadoso y paciente, dicen los testigos del Padre José Oriol Isern Massó, di salud delicada pero de gran entusiasmo misionero.

El cuarto sacerdote mártir, el P. José Vergara Echevarría, era un joven sencillo, alegre, servicial. Su talento deportivo le atraía la simpatía y el afecto de los pequeños. Representaba una gran esperanza para el futuro apostolado misionero.

De los tres Hermanos coadjutores los exalumnos afirman que eran buenos colaboradores espirituales y materiales de los padres con su espíritu de oración y de obediencia y con su infatigable dedicación al trabajo en el huerto, en el establo, en la cocina y en el mantenimiento de la casa.

Fray Gumersindo Gómez, por ejemplo, aun habiendo estudiado en una escuela superior, eligió ser hermano laico. Como director de trabajos, se distinguía por la colaboración responsable con el Padre administrador. Se interesaba no solo del ganado sino también de la huerta, que era una fuente insustituible para la alimentación de los 8 (ocho) Padres y de los 65 (sesenta y cinco) alumnos internos del colegio.

Fray Gumersindo era estimado por todos. Habría podido salvarse, pero permaneció en casa para poder cuidar el ganado, que proporcionaba la leche a los estudiantes.

Fray Jesús Moreno Ruiz, alto, robusto y fuerte, era el cocinero de la comunidad. Junto a Fray Gumersindo, tampoco Fray Jesús quiso ponerse a salvo con los otros religiosos: «Es mi deber – dijo- preparar la cena a los chicos, y mientras no esté preparada NO MI IRÉ».8

El tercer coadjutor, Fray José del Amo, tenía apenas veinte años. Con aspecto de niño, era una persona serena, cordial, servicial, piadosa y amante de su vocación.

5. Estos jóvenes religiosos – los cuatro Padres y los tres Hermanos Coadjutores- fueron asesinados a sangre fría, el 29 (veintinueve) de septiembre de 1936 (mil novecientos treinta y seis) a Pont de Ser. Una chica, que no les conocía, declara que se quedó horrorizada al ver sus rostros desfigurados. Habían sido acribillados por una gran cantidad de balas en todas las partes de su cuerpo.

Los milicianos habían obligado a los religiosos a ponerse de espaldas, pero uno de ellos se negó diciendo: «Los cobardes mueren de espaldas y nosotros no somos ni cobardes ni criminales. Vosotros nos asesináis porque somos religiosos y amamos a Dios y a la patria. “Viva Cristo Rey”». No logró terminar la frase cuando una descarga de balas abatió a él y a sus hermanos [9]. La masacre continuó con ulteriores disparos sobre los pobres cadáveres, profanados y abandonados. Los testigos cuentan que uno de los mártires tenía la cabeza totalmente aplastada y otro agarraba con la mano un crucifijo. Uno de los asesinos, de vuelta del delito, comentaba ufano: «Vuelvo de la fusilación. ¡Si supieras como he disfrutado viéndoles caer!» [10].

Ningún arrepentimiento, ninguna piedad, ninguna humanidad.

6. Hermanos y hermanas, estamos ante el misterio trágico del mal. Pero estamos también ante la extraordinaria fuerza espiritual de los justos, en los que resplandece la luz del bien, que vence siempre al mal. Unidos al amor de Cristo, estos héroes valientes repiten con el apóstol y mártir san Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? […] Estoy persuadido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni futuro, […] ni ninguna otra creatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35-39).

El Señor ha sembrado en el corazón del ser humano la semilla del bien. Hagámoslo crecer y fructificar. No obstante las apariencias, los justos llenan la tierra. Los justos y los rectos de corazón son más numerosos que los malvados. Mostrando caridad con todos, ellos generan concordia, comprensión, acogida, amistad.

7. Hagamos nuestra la oración atribuida a San Francisco:

«Señor, haz de mí un instrumento de Tu Paz:
Donde haya odio, ponga yo Amor,
Donde haya ofensas, ponga yo Perdón,
Donde haya discordia, ponga yo Unión,
Donde haya duda, ponga yo la Fe,
Donde haya error, ponga yo Verdad,
Donde haya desesperación, ponga yo Esperanza,
Donde haya tristeza, ponga yo Alegría,
Donde haya tinieblas, ponga yo Luz,
Maestro, haz que no busque tanto ser consolado, cuanto consolar;
Ser comprendido, cuanto comprender,
Ser amado, cuanto amar.
Porque dando, se recibe;
perdonando, se es perdonado;
muriendo, se resucita a la Vida Eterna».

Beatos Mártires, rogad por nosotros.

Amén.


[1] Omelia tenuta a Girona (Spagna) il 6 maggio 2017.

[2] Papa Francesco, Omelia tenuta a Roma il 22 aprile nella Basilica di San Bartolomeo all’Isola Tiberina.

[3] Nel 1936 allo scoppio della rivoluzione, alcuni religiosi, appartenenti alla Congregazione dei Missionari del Sacro Cuore di Gesù, abbandonarono, per ordine dei loro superiori, il collegio apostolico di Canet de Mar, in Catalogna, e cercare di mettersi in salvo. Alcuni ci riuscirono, altri, intercettati alla frontiera francese, furono portati a Seriñá, in provincia di Girona, e giustiziati. Il gruppo di questi giovani martiri è formato da quattro sacerdoti e tre fratelli laici. Si tratta dei padri Antonio Arribas Hortigüela, Abundio Martín Rodríguez, José Oriol Isern Massó, José Vergara Echevarría e dei fratelli coadiutori Gusmerindo Gómez Rodríguez, Jesús Moreno Ruiz e José del Amo del Amo. Il più anziano era Padre Hortigüela, di 28 anni, il più giovane era Fratel José del Amo, di vent’anni.

[4] PIO XI, Enciclica Divini Redemptoris (19 marzo 1937), n. 20.

[5] Positio, Vida y virtudes, p. 70.

[6] Positio, Vida y virtudes, p. 71.

[7] Positio, Vida y virtudes, p. 77.

[8] Positio, Vida y virtudes, p. 89.

[9] Positio, Martirio Material, p. 109.

[10] Positio, Martirio Material, p. 119.

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