Subsidiariedad, de abajo a arriba

Carta de
Mons. D. Jaume Pujol Bacells
Arzobispo de Tarragona

PujolBalcellsJaume

Domingo 7 de mayo de 2017

Si una familia puede cuidar de su hijo, no hay motivo para entregarlo a los servicios sociales del ayuntamiento; si los payeses pueden apagar un incendio en un campo, no hace falta llamar a los bomberos; si una ciudad quiere organizar su fiesta mayor, no tiene que hacerlo el Estado…

Lincoln lo dijo con estas palabras: «No se ayuda al hombre cuando se hace por él lo que él podría hacer por sí mismo.»

La Doctrina Social de la Iglesia tiene cuatro puntos básicos en su programa: derechos humanos, bien común, solidaridad y subsidiaridad. Este último —del que hoy deseo ocuparme—  es menos conocido, pero muy importante, porque defiende la libre iniciativa de las personas, las familias y los grupos sociales.

Lo que puede hacer un grupo pequeño no hay necesidad que lo haga el grande. Es el principio de la libertad de iniciativa, de potenciar la sociedad civil, del derecho de asociación, de la descentralización política. Por ejemplo en el terreno de la enseñanza: la pública, muy legítima, no debe negar la existencia a la privada.

Las dictaduras tienden a lo contrario: a que todo esté regulado, que para todo haya que pedir permisos, que el Estado sea el padre de la sociedad más que su servidor. Esta ha sido la experiencia tanto del fascismo, como del nazismo y del comunismo. Las personas o las sociedades intermedias están sometidas a un modelo unificador y de férreo control.

Si la Iglesia defiende la subsidiaridad es porque confía en las personas, en su originalidad, y en su capacidad de establecer relaciones sociales, comerciales, sindicales o empresariales entre ellas. Naturalmente que debe haber principios unificadores y una ley superior a la que recurrir, pero esto sólo será en caso de conflicto.

Llegada esta circunstancia, la misma Doctrina Social de la Iglesia reconoce que «puede ser aconsejable que el Estado ejercite una función de suplencia».

Un caso paradigmático fue el del joven James Meredith, el primer estudiante negro que fue admitido por la Universidad de Mississippi. El centro le rechazó, cuando él, en 1962, pretendió estudiar allí, y el gobernador del Estado se opuso con su policía a que franqueara la puerta. El presidente Kennedy tuvo que enviar fuerzas federales para proteger su derecho.

Resumiendo: lo que cabe hacer desde abajo, que no se haga desde arriba, lo que puedan acometer grupos pequeños, que no lo sofoquen los grandes, excepto en caso de necesidad.

pujol_firma Jaume Pujol Bacells
Arzobispo de Tarragona

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