La luz de la Pascua

Carta de
Mons. D.  Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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Domingo 14 de mayo de 2017

Queridos diocesanos:

Una de las imágenes más sugerentes con las que expresamos lo que significa la resurrección de Jesús es la de la luz. En la noche de Pascua, en todas las iglesias del mundo encendemos el cirio pascual y damos gracias a Dios por la claridad que inunda en ese día toda la tierra. En el Pregón Pascual se explica que el cirio es un símbolo de aquel “lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos”.

A través de estos simbolismos se pone de relieve el sentido que tiene para nosotros la resurrección. Ella nos hace reconocer a Jesús como luz para nuestra vida y para todo el mundo. Su vida y su muerte no fueron un fracaso, porque precisamente a través de ellas se manifestó el amor de Dios. Su luz alumbra todo el camino de nuestra vida, nos acompaña en nuestras alegrías y esperanzas, pero también en los momentos malos.

La luz del resucitado nos hace comprender también de un modo particular la vida humana, porque nos hace entender que la tiniebla, la penumbra, el mal no tienen la última palabra. En nuestra vida tendremos que enfrentarnos muchas veces con la oscuridad, las dificultades o el dolor. Pero podemos vivir estos momentos con esperanza, porque sabemos que la última palabra procede de Dios y es palabra de vida. Con la certeza de la resurrección, podemos asumir la cruz con esperanza.

Tampoco la muerte se revela como vencedora. La reflexión de San Pablo sobre este tema es muy profunda: si Jesucristo ha resucitado -piensa-, esto significa que la muerte ha sido vencida; de modo que si en nuestra vida nos unimos a una muerte como la suya, también tendremos una resurrección como la suya (cf. Rom 6, 5). Por eso, en la carta a los corintios escribe exultante: “La muerte ha sido devorada en la victoria” (15, 54). Y añade: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (15, 55). En Cristo hemos encontrado la respuesta a nuestros anhelos de eternidad. Porque Cristo ha sido arrancado de la muerte, podemos fundamentar nuestra esperanza de que también nuestra muerte será superada, y que nuestra existencia está llamada a la participación en la resurrección.

Finalmente, la resurrección nos hace trabajar con empeño al servicio de la paz, la justicia, la solidaridad y la reconciliación. La resurrección nos hace comprender que Dios está de parte del débil y de todo el que hace de su vida una total donación de amor a los demás. El misterio pascual se puede hacer vida en nuestra existencia cotidiana a través del amor a los demás y, particularmente, a los más pobres.

En la noche de Pascua, cada uno de nosotros encendió su pequeña vela del cirio Pascual, indicando con ello que queremos dejarnos iluminar por Cristo resucitado. Os invito a pensar si nuestra vida está realmente iluminada por esta luz, que es capaz de dar sentido a cada instante de nuestra existencia.

✠ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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