La Virgen María en la piedad del pueblo fiel

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 21 de mayo de 2017

Queridos diocesanos:

Durante el mes de mayo, el pueblo fiel profesa una devoción tierna y filial a la Virgen María con múltiples manifestaciones de piedad popular, tanto personales como comunitarias: romerías marianas a algunos santuarios, ofrenda de flores, rezo del santo rosario. En esta carta pastoral ofrezco algunas orientaciones sobre la Virgen María en la piedad del pueblo fiel.

Fuerza evangelizadora de la piedad popular

El papa Francisco, en la exhortación apostólica Evangelii gaudium dedica unos números a la fuerza evangelizadora de la piedad popular (EG 122-125). “En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio. Fue Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi quien dio un impulso decisivo en este sentido. Allí explica que la piedad popular “refleja la sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” y que “hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe”. Más cerca de nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata de un “precioso tesoro de la Iglesia católica” y que en ella “aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”.

Concretamente en el número 124, el papa Francisco habla de los santuarios: “El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador”.

Los santuarios marianos

En la encíclica Redemptoris Mater, el papa san Juan Pablo II habla “de la fuerza atractiva e invitadora de los grandes santuarios” y de “una específica geografía de la fe y de la piedad mariana, que abraza todos estos lugares de especial peregrinación del Pueblo de Dios, el cual busca el encuentro con la Madre de Dios para hallar, en el ámbito de la maternal presencia de la que ha creído, la consolidación de la propia fe” (RM 28).

En una ocasión posterior, el mismo papa san Juan Pablo II desarrollaba aún más estas palabras y explicaba que: “Los santuarios marianos son lugares que testifican la presencia de María en la vida de la Iglesia”; “forman parte del patrimonio espiritual y cultural de los pueblos”; “poseen una gran fuerza atractiva e irradiante”; “son, como la casa de la Madre, lugares para detenerse y descansar en el largo camino que lleva a Cristo”; “son lugares, donde, mediante una fe sencilla y humilde de los pobres de espíritu, se vuelve a tomar contacto con la grandes riquezas que Cristo ha confiado y dado a la Iglesia, especialmente los sacramentos, la gracia y la misericordia, la caridad para con los hermanos que sufren y los enfermos”; “son auténticos cenáculos, donde todas las categorías de fieles tienen la gozosa posibilidad de sumergirse en la oración junto con María, la Madre de Jesús, no sólo mediante la plegaria litúrgica, sino también mediante esas sanas formas de piedad popular, que no pocas veces manifiestan el genio religioso de todo un pueblo, llegando en ocasiones a una impresionante agudeza teológica, junto a una extraordinaria inspiración poética”.

El Pilar de Zaragoza

Centrándonos en la catedral basílica del Pilar, quiero extractar algunas frases pronunciadas por san Juan Pablo II en la Alocución en el acto mariano nacional celebrado en Zaragoza (6 de noviembre de 1982). “Los caminos marianos de España me traen esta tarde a Zaragoza […] A la ciudad mariana de España. Al santuario de Nuestra Señora del Pilar […] Estamos en tierras de España, con razón denominada tierra de María. Sé que en muchos lugares de este país, la devoción mariana de los fieles halla expresión concreta en tantos y tan venerados santuarios. No podemos mencionarlos todos […] De estos santuarios […] es hoy un símbolo el Pilar. Un símbolo que nos congrega en Aquella a quien, desde cualquier rincón de España, todos llamáis con el mismo nombre: Madre y Señora nuestra […] El Pilar y su tradición evocan para nosotros los primeros pasos de la evangelización de España […] Esta herencia de fe mariana de tantas generaciones ha de convertirse no sólo en recuerdo de un pasado, sino en punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir vital de un pueblo, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe mariana”.

Con mi afecto y bendición,

jimenezzamora_firma

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