Libertad y verdad

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 28 de mayo de 2017

Queridos diocesanos:

“El esplendor de la verdad brilla  en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1,26), pues la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor. Por eso el salmista suplica: “¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!” (Sal 4, 7).

Estas palabras de la introducción de la encíclica Veritatis splendor del Papa san Juan Pablo II centran la carta pastoral de esta semana. La finalidad de mi reflexión es presentar el vínculo esencial entre libertad, verdad, que la cultura contemporánea ha perdido en gran parte y, por tanto, despertar en el hombre el deseo de redescubrirlo es hoy una de las exigencias  propias de la misión de la Iglesia, en esta hora de nueva evangelización, a la que nos convoca la Iglesia.

La dignidad de la persona humana: el hombre, imagen de Dios.

La dignidad de la persona humana manifiesta  todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. El hombre ha sido creado a imagen de Dios (cfr. Gn 1, 26-27). Es ésta la clave más profunda de la dignidad del hombre y el fundamento de toda la moral cristiana. Todo hombre es querido y afirmado por Dios de una manera única y personal: “el hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 23).  De su condición de “imagen de Dios”, brota la raíz de su dignidad como hombre y del respeto que se le debe. Hecho a semejanza de su Creador, el hombre vive ante su Señor como un sujeto personal llamado por Él para que le conozca y le ame: este es su fin último y su destino definitivo; el comportamiento moral del hombre ha de orientarse a esa meta.

El hombre y Cristo

Ahora bien la grandeza de la dignidad y vocación del hombre resplandecen plenamente en Cristo. “Cristo […] en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22). Dios Creador hizo al hombre según el modelo de su Hijo Jesucristo, que es la verdadera y original imagen de Dios, por quien Dios Padre ha creado todas las cosas. Jesucristo es, efectivamente, el corazón y el centro, el principio y el fin del designio amoroso de Dios sobre el hombre y la creación, y, por tanto, el principio originario y la norma suprema de toda conducta humana. (cfr. Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, La verdad os hará libres, n. 35-36).

La pregunta moral no puede prescindir del problema de la libertad; es más lo considera central, porque no existe moral sin libertad. El hombre puede convertirse al bien sólo en la libertad. Pero, ¿qué libertad? El Concilio  – frente a aquellos contemporáneos nuestros que “tanto defienden” la libertad y que la “buscan ardientemente”, pero que a menudo la cultivan de mala manera, como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso el mal – , presenta la verdadera libertad. “La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios “dejar al hombre en manos de su propia decisión (cfr. Eclo 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección (GS 17). Si existe el derecho a ser respetados en el propio camino de la búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida. En este sentido, el Cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia, afirmaba con decisión: “la conciencia tiene unos derechos, porque tiene unos deberes” (cfr. VS 34). Esos deberes son buscar la verdad  y el bien.

La libertad en su esencia es interior al hombre, connatural a la persona humana, signo distintivo de su naturaleza. La libertad de la persona encuentra, en efecto, su fundamento en su dignidad trascendente: una dignidad que le ha sido regalada por Dios, su Creador, y que le orienta hacia Dios. El hombre, dado que ha sido creado a imagen de Dios (cfr. Gn 1, 27), es inseparable de la libertad, de esa libertad que ninguna fuerza o apremio exterior podrá jamás arrebatar y que constituye su derecho fundamental  como individuo y como miembro de la sociedad. El hombre es libre, porque posee la facultad de determinarse en función de la verdad y del bien (cfr. Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 1981, n. 5).

Jesucristo sale al encuentro del hombre de todos los tiempos, también del nuestro, con las mismas palabras: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Rom 8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundice en toda la verdad sobre le hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo se presenta como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esa libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia (cfr. RH 12).

Con mi afecto y bendición,

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