La conciencia moral y su formación

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 4 de junio de 2017

Queridos diocesanos:

La relación de la libertad con la verdad, de la que escribí en mi carta pastoral anterior. tiene lugar en el campo de la conciencia moral, es decir en la facultad, arraigada en el ser del hombre, que le dicta a éste lo que es bueno y malo, le incita a hacer el bien y a evitar el mal y juzga la rectitud o la malicia de sus acciones u omisiones después que las ha llevado a cabo.

Siempre se ha puesto de relieve la importancia de la conciencia. “No existe aseveración más soberbia que el hombre pueda hacer que la de decir: “obraré de acuerdo con mi conciencia”. Sin la existencia de la conciencia, la raza humana se hubiera quedado estancada hace mucho tiempo en su azarosa carrera” […] “A través de la historia, los hombres han sostenido los principios de la justicia, el amor, la verdad contra toda clase de presiones a que se han visto sometidos con el fin de hacerles renunciar a lo que sabían y creían. Los profetas obraron de acuerdo con su conciencia cuando denunciaron a su país y predijeron su caída a causa de la corrupción e injusticia. Sócratesprefirió la muerte  a seguir una línea de conducta con la cual hubiera traicionado a su conciencia al transigir con la mentira…” (EFromm, Ética y Psicoanálisis, México 1969, 155-156).

Desde sus orígenes, los hombres han visto en la conciencia la voz del mismo Dios y en ella, a su vez, la norma que están llamados a seguir. En efecto: “En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal […]. El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón […]. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS, 16).

Para cada persona y para toda la humanidad, la conciencia representa la raíz y la salvaguardia de los valores morales. En la intimidad de la propia conciencia descubre el hombre su dignidad y su profunda relación con Dios. El propio Concilio Vaticano II ha afirmado la relación entre conciencia y dignidad del hombre (cfr. GS16; 17, DH 1 y  3).

La conciencia orientada hacia la verdad y el bien.

La conciencia no está exenta de la posibilidad de error. “Sin embargo  -dice el Concilio-  muchas veces ocurre que la conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su dignidad. Pero no se puede decir esto cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega” (GS 16). Con estas breves palabras, el Concilio ofrece una síntesis de la doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de los siglos sobre la conciencia errónea.

Ciertamente, para tener una “conciencia recta” (1 Tim 1, 5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el Apóstol Pablo, la conciencia debe estar “iluminada por el Espíritu Santo” (cfr. Rom 9, 1), debe ser “pura” (2 Tim 1, 3), no debe “con astucia falsear la Palabra de Dios, sino “manifestar claramente la verdad” (cfr. 2 Cor  4, 2). Por otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 2).

La amonestación de Pablo nos invita a la vigilancia, advirtiéndonos que en los juicios de nuestra conciencia anida siempre la posibilidad de error. Ella no es un juez infalible: puede errar. No obstante, el  error de la conciencia puede ser el fruto de una ignorancia invencible, es decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por sí mismo.

En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable  -nos recuerda el Concilio-  la conciencia no pierde su dignidad, porque ella, aunque de hecho nos orienta en modo no conforme al orden objetivo, no cesa de hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que el sujeto está llamado a buscar sinceramente.

De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el caso de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero […].

La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad cuando es errónea culpablemente, o sea “cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su hábito al pecado” (GS  16). Jesús alude a los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte: “La lámpara de tu cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!” (Mt 6, 22-23). (cfr. VS 63).

La conciencia, por sí misma, no es, por tanto, un oráculo infalible. Tiene necesidad de creer, de ser formada, de ejercitarse en un proceso que avance gradualmente en la búsqueda de la verdad y del bien. La conciencia debe orientarse ónticamente, no sólo psicológicamente hacia los valores objetivos, que nos señalan la norma y la ley. La conciencia es un ojo que tiene necesidad de luz, para no estar ciega.

Con mi afecto y bendición,

jimenezzamora_firma

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