Llamados a ser comunidad

Carta de
Mons. D. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

OmellaOmellaJose

Domingo 18 de junio de 2017

Corpus Christi es la solemnidad en la que los cristianos celebramos la presencia real de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación bajo las especies sacramentales del pan y del vino consagrado. Es la festividad que expresa el amor eterno e infinito de Dios por toda la humanidad. Por eso es también el Día de la Caridad.

De hecho, la Eucaristía fue instituida en la Última Cena del Jueves Santo, y su continuidad y eficacia en el tiempo y en el espacio responde a la voluntad categórica de Jesucristo, como nos recuerda el evangelista san Lucas: “Haced esto en memoria mía”. La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo es una fiesta eminentemente eucarística y ha sido muy popular durante siglos, culminada por bellas procesiones del Santísimo Sacramento sobre preciosas alfombras de flores.

La Eucaristía nos compromete a favor de los pobres. A fin de recibir verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo, reconocemos a Cristo presente en los más pobres, sus hermanos y nuestros hermanos. En este sentido, Cáritas nos propone este año un lema para desarrollar su campaña institucional: “Llamados a ser comunidad”. Cáritas nos invita a centrar la atención en la dimensión comunitaria y relacional de nuestro ser, como eje fundamental de nuestra acción al servicio del Reino de Dios. ¡Somos con los otros! ¡El otro es un tú y un regalo para mí! Sobre este pilar hay que edificar el proyecto de transformación social que nos urge el ejercicio de la caridad.

El redescubrimiento de nuestro ser comunitario y relacional es el punto de partida para superar nuestros intereses individuales y los comportamientos autorreferenciales y, así, poder colaborar con el Señor en la construcción de un mundo donde la acogida del amor de Dios nos permita rehacer constantemente la comunión y construir una sociedad más justa y fraterna.

Esta espiritualidad de comunión que nos lleva a vivir el servicio de la caridad, tiene como meta alcanzar un desarrollo humano integral. No estamos en el mundo sólo para dar pan o para promover una simple transformación económica. Lo ha dicho Francisco: “No sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón”. (Evangelii Gaudium, n. 262)

Nuestra mística tiene que encarnarse. Debe ser una mística de ojos abiertos a Dios y a los hermanos. Una mística buscadora de rostros, al estilo de Jesús, que se avanza a ver el rostro de los oprimidos, sale al encuentro de los que sufren y es buena noticia para los pobres. (cf. Lc 4,16-19). Una mística que pasa largos momentos del día ante el Señor, dialogando, escuchando y descansando en el Señor.

Fue, ciertamente, un joven, en el Evangelio de san Juan, que ofreció cinco panes y dos peces a Jesús. Todo lo que tenía. Y con esa pequeña ofrenda del joven generoso. Jesús alimentó a más de cinco mil personas. Y aún sobró. Dios bendice y fecunda nuestra generosidad.

Que la Eucaristía, Cuerpo entregado y Sangre derramada de Jesús por la vida del mundo, nos transforme interiormente y nos ayude cada día a descubrir que el acercarnos a una misma mesa para recibir el pan eucarístico nos obliga también a compartir con Él el proyecto de Dios de conseguir una vida más digna y un desarrollo humano integral para todos. Anticipemos, ahora y aquí, lo que será un día en el Cielo.

firma_omella Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

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