Santa Misa en la Solemnidad de Santa Orosia, virgen y mártir

Homilía de
Mons. D. JULIÁN RUIZ MARTORELL
Obispo de Jaca

ruiz martorell orosia

S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
Domingo 25 de junio de 2017

HOM. SANTA OROSIA 2017

La solemnidad de Santa Orosia nos permite avanzar en tres direcciones: 1) Soportar la tribulación siendo solidarios con los atribulados. 2) Mantener viva la esperanza. 3) Tener encendida la lámpara.

1) Soportar la tribulación siendo solidarios con los atribulados. La lectura del libro del Eclesiástico comienza con estas bellas palabras: “Te alabo, mi Dios y salvador, te doy gracias, Dios de mi padre”. ¿Cuál es el motivo de la alabanza y de la acción de gracias? El autor reconoce a Dios como “mi Dios y Salvador”, y lo venera como “Dios de mi padre”, es decir, mira hacia el pasado, hacia la tradición que ha recibido en su familia. Y se propone un objetivo: “Contaré tu fama, refugio de mi vida, porque me has salvado de la muerte”. A continuación, describe una serie de tribulaciones: “detuviste mi cuerpo ante la fosa, libraste mis pies de las garras del maligno”.

Quien escribe sabe lo que es padecer y reconoce que Dios le ha librado de graves peligros: “el látigo de la lengua calumniosa”, “los labios que se pervierten con la mentira”, “los rivales”, “el lazo de los que acechan el traspié”, “el poder de los que me persiguen a muerte”, “múltiples peligros”, enumerados minuciosamente: “el cerco apretado de las llamas”, “el incendio de un fuego que no ardía”, “el vientre de un océano sin agua”, “los labios mentirosos e insinceros”, “una lengua traidora”.

En medio de una situación angustiosa, “cuando ya estaba para morir y casi en lo profundo del abismo”, el autor se volvía a todas partes y nadie le auxiliaba, “buscaba un protector, y no lo había”.

Entonces, afirma, “recordé la compasión del Señor y su misericordia eterna, que libra a los que se acogen a él y los rescata de todo mal”. El fiel creyente recuerda, es decir, vuelve a pasar por el corazón, que Dios es compasivo y misericordioso. Tantas veces, en la oración, repite, dirigiéndose a Dios: “tu misericordia es eterna”. Entonces, descubre que no está solo. Siente junto a sí una presencia que le acompaña y reanima. El Papa Francisco escribe en su primera Encíclica “Lumen fidei”: “Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz” (LF 57).

Santa Orosia haría suyas las palabras del libro del Eclesiástico: el Señor “libra a los que se acogen a él y los rescata del mal”. La primera gran lección que aprendemos de Santa Orosia es proclamar nosotros también: “Desde la tierra levanté la voz y grité desde las puertas del abismo, invoqué al Señor: “Tú eres mi padre, tú eres mi fuerte salvador, no me abandones en el peligro, a la hora del espanto y turbación, alabaré siempre tu nombre y te llamaré en mi súplica””.

Santa Orosia intercede por nosotros para que sepamos soportar la tribulación, pero también nos exhorta a estar cerca de los atribulados. Junto a nosotros hay muchas personas que sufren el tormento de la soledad, de la enfermedad compañera de la vejez. Junto a nosotros hay muchos que padecen el flagelo de las dependencias: alcohol, drogas, ludopatía, dependencia del teléfono móvil, de los videojuegos, de Internet. A nuestro lado hay quienes experimentan el tormento del acoso escolar, la violencia doméstica, la exclusión social, la xenofobia, la marginación. Hay personas que no consiguen un puesto de trabajo digno y estable y saben mucho de precariedad laboral y de incertidumbre personal y familiar. La tribulación azota a quienes viven una situación de crisis crónica y sin horizonte de mejora.

Con ellos y junto a ellos queremos decir: “El señor escuchó mi voz y prestó oído a mi súplica, me salvó de todo mal, me puso a salvo del peligro”. El texto que hemos proclamado concluye con la misma actitud de agradecimiento con la que comienza: “Por eso doy gracias y alabo y bendigo el nombre del Señor”.

Santa Orosia, que supo mucho de sufrimiento, que experimentó la tribulación, y que dio su vida por la fe, nos ayuda a dar gracias, alabar y bendecir el nombre del Señor

2) Mantener viva la esperanza. En su carta a los Romanos, San Pablo escribe: “hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la constancia, virtud probada; la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. San Pablo también supo en propia persona lo que es sufrir, pero nos asegura que la esperanza no defrauda. Siempre es necesario mantener viva la esperanza.

Benedicto XVI escribió en su encíclica “Spe salvi”: “La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía” (Spe salvi, 49).

Santa Orosia, virgen y mártir, nos acerca a Jesús, nos enseña a confiar en Jesús y nos refleja la luz de Jesús. Ella es como una verdadera estrella que supo vivir rectamente una breve existencia, llena de sabor y de sentido, llena de color y de valentía. Ella es, para nosotros, luz de esperanza. Ella nos da confianza para esperar un nuevo amanecer en medio de la noche oscura.

Santa Orosia supo caminar en presencia de Dios de un modo irreprochable. Vivió su santidad como un camino. Supo salir de su tierra, prendida y prendada de una promesa. Realizó el duro trayecto que le condujo desde tierras europeas más al norte hasta nuestras localidades. Transitó el sendero que concluyó con la entrega de su vida. Tuvo el coraje de ir siempre hacia adelante, movida por la esperanza.

Santa Orosia nos enseña que la santidad es una gracia, un regalo de Dios, pero que todos estamos llamados a ser santos, a ser cada día mejores, a emprender cada jornada un camino propio que nos lleva a dar un paso tras otro. La santidad en la vida cristiana es una gracia que debemos pedir a Dios. El camino de la santidad consiste en no volver atrás, sino en ir siempre hacia adelante, con fortaleza de ánimo, con esperanza viva y firme.

Decía el Papa Francisco en la Audiencia general del 19 de noviembre de 2014: “Alguno piensa que la santidad es cerrar los ojos y poner cara de santito. ¡No! No es esto la santidad. La santidad es algo más grande, más profundo que nos da Dios. Es más, estamos llamados a ser santos precisamente viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio cristiano en las ocupaciones de cada día. Y cada uno en las condiciones y en el estado de vida en el que se encuentra”.

Y seguía diciendo: “¿Tú eres consagrado, eres consagrada? Sé santo viviendo con alegría tu entrega y tu ministerio. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un bautizado no casado? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo y ofreciendo el tiempo al servicio de los hermanos. “Pero, padre, yo trabajo en una fábrica; yo trabajo como contable, siempre con los números, y allí no se puede ser santo…”. -“Sí, se puede. Allí donde trabajas, tú puedes ser santo. Dios te da la gracia para llegar a ser santo. Dios se comunica contigo”. Siempre, en todo lugar se puede llegar a ser santo, es decir, podemos abrirnos a esta gracia que actúa dentro de nosotros y nos conduce a la santidad. ¿Eres padre o abuelo? Sé santo enseñando con pasión a los hijos o a los nietos a conocer y a seguir a Jesús. Es necesaria mucha paciencia para esto, para ser un buen padre, un buen abuelo, una buena madre, una buena abuela; se necesita mucha paciencia y en esa paciencia está la santidad: ejercitando la paciencia. ¿Eres catequista, educador o voluntario? Sé santo siendo signo visible del amor de Dios y de su presencia junto a nosotros. Es esto: cada estado de vida conduce a la santidad, ¡siempre! En tu casa, por la calle, en el trabajo, en la Iglesia, en ese momento y en tu estado de vida se abrió el camino hacia la santidad. No os desalentéis al ir por este camino”.

3) Tener encendida la lámpara. Es preciso imitar el ejemplo de las doncellas sensatas del evangelio de hoy que llevaron alcuzas de aceite con las lámparas para esperar al esposo y estar preparadas para participar en la fiesta de bodas.

A nuestro alrededor hay muchas tinieblas. La noche es oscura y fría. Posiblemente, nuestra común tarea como cristianos es mantener encendida la brasa para que el fuego no se apague. Hasta que llegue una nueva luz, es necesario se previsores, mantenernos preparados.

Una actitud como la de Santa Orosia no se improvisa. Hay que alimentar la lámpara con el aceite de la Palabra de Dios, Palabra viva y reconfortante, que nos anima y reanima. Es preciso alimentar la lámpara con el vigor de los sacramentos que nos fortalecen.

Que Santa Orosia, virgen y mártir, interceda por nosotros para que nuestra fe sea más fuerte, nuestra esperanza sea más segura y nuestro amor sea más constante.

¡Felices fiestas en honor de Santa Orosia y San Pedro!

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