Santa Misa por la paz, tras los atentados de Barcelona y Cambrils

Homilía de
Mons. D. Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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MISA POR LA PAZ, TRAS LOS ATENTADOS DE BARCELONA Y CAMBRILS
20 domingo del T. O. (A)
Catedral, 20 de agosto de 2017

Con esta Eucaristía que celebramos, estamos realizando una gran oración por la paz. Es bueno orar juntos por la paz. Orar al Padre nos hace conscientes de que la paz es, ante todo, un don que procede de lo Alto. No es fruto de nuestras estrategias ni de nuestras decisiones políticas, sino que es un don inmenso de Dios. Un antiguo himno de la liturgia (de los siglos VI-VII) invoca al Señor diciendo: “Da pacem, Domine, in diebus nostris, quia non est alius qui pugnet pro nobis nisi tu Deus noster”; “danos la paz; Señor, en nuestros días, porque no hay nadie que luche por nosotros si no eres tú, Señor nuestro”.

Por supuesto que es preciso educar el corazón del hombre para el respeto y la tolerancia, promover políticas de integración social y poner a la persona humana como fin último de todo. Todo esto es necesario, pero no suficiente. Porque sólo Dios con su gracia puede sanar el corazón de un hombre que se inclina con demasiada facilidad al odio, a la venganza, a la violencia. Por eso pedimos al Padre el don de la paz. Pedimos que transforme los corazones, los nuestros y los de los terroristas desalmados que siegan la vida de los demás sin advertir que son seres humanos y que merecen, por ello, un respeto infinito.

En el Evangelio de hoy escuchábamos la súplica sincera y confiada de una mujer pagana, una cananea sirofenicia. Con una inmensa fe en Jesucristo y superando todos los reproches y los prejuicios humanos se acerca a aquel Maestro para pedirle por su hija enferma: “Ten compasión de mi, Señor Hijo de David”. Podemos hacer nuestra esta misma plegaria y decirle que se apiade de nosotros, de nuestro mundo, que nos conceda su paz y que nos enseñe el camino para alcanzarla.

Los atentados de Barcelona y Cambrils –como tantos otros que se viene produciendo- nos hacen sentir de manera especial que vivimos en un mundo enfermo, que necesita más que nunca la palabra y la presencia sanadora de Jesús. Estamos en un mundo en el que la vida humana es usada como moneda de cambio para realizar reivindicaciones ideológicas. Pero no existe ninguna causa –ni humana ni divina- que justifique el asesinato de otro ser humano. Cada ser humano tiene un valor infinito, porque el hombre es “la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” (GS 24).

Duele especialmente que se invoque de modo blasfemo el nombre de Dios para justificar el asesinato de inocentes. No es ese el Dios de amor que conoce el buen cristiano ni tampoco el Dios clemente y misericordioso al que canta el Corán. Es un “dios” ficticio y peligroso, porque está doblegado a la voluntad humana de personas que, embebidos en ideologías perversas, han perdido todo sentido de la realidad. Como ha repetido en numerosas ocasiones nuestro Papa Francisco “nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa. Sólo la paz es santa, no la guerra” (Discurso Asís, 20/09/16). En el fondo, el terrorista que dice matar en nombre de Dios es un ateo, que no cree sino en sí mismo, en sus ideas, alguien que ha dejado de mirar a lo Alto para mirarse sólo a sí mismo y que, por eso mismo, ya no contempla a los demás con mirada limpia.

Los recientes atentados nos hacen sentir con especial crudeza que tiene también razón el Papa Francisco cuando habla de que estamos viviendo “una guerra mundial a pedazos”. En el mensaje para la jornada de la paz de este año decía que “esta violencia que se comete por partes, en modos y niveles diversos” y que “provoca un enorme sufrimiento que conocemos bien: guerras en diferentes países y continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio ambiente. ¿Con qué fin? La violencia, ¿permite alcanzar objetivos de valor duradero? Todo lo que obtiene, ¿no se reduce a desencadenar represalias y espirales de conflicto letales que benefician sólo a algunos «señores de la guerra»?” (Mensaje jornada mundial paz 1/01/2017).

Por eso invitaba a todos a no recurrir nunca a la violencia como respuesta. Los atentados de Barcelona y Cambrils nos llenan de rabia; sentimos ganas de aplastar al violento, de machacar al que no respeta la vida de los demás. Pero “la violencia –decía el Papa- no es la solución para nuestro mundo fragmentado”. El Evangelio y la persona de Jesús nos invitan a responder sin violencia, lo que no significa rendirse ante al mal, sino responder al mal con el bien, rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. “Para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad” (Benedicto XVI, Ángelus 18/02/2007). Hay demasiada violencia en nuestro mundo, demasiada injusticia, demasiada explotación del otro. Para el cristiano esta situación sólo se puede superar “contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este “plus” viene de Dios” (Ibidem).

Como el  primer lugar donde es sembrada la violencia es el corazón de los hombres, cada uno de nosotros deberá recorrer en su interior el camino de la no violencia, del respeto y acogida del que no piensa como nosotros o del que reza de otra manera. El itinerario a seguir es siempre el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón.  Y sólo se avanza por este camino con pequeños gestos cotidianos; la paz se construye pacientemente desde abajo, empezando por lo pequeño.

Al mismo tiempo, debemos contribuir para que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. La fuerza de las armas es engañosa. Cuando se cede a la tentación de la venganza, se crea un mundo mucho más injusto. Pedía el Papa: “Que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas” (Papa Francisco, Mensaje jornada mundial paz 1/01/2017). Los cristianos podemos y debemos contribuir activamente para que este ideal se realice; todos debemos trabajar responsablemente a favor de una convivencia en justicia y paz.

Vuelvo a la mujer cananea, que se postró ante el Señor y le gritó: “Ten compasión de mi, Señor, Hijo de David”. También de nuestro corazón brota un fuerte grito al Señor: Ten compasión de mi y enséñame el secreto de la paz; ten piedad de nuestro mundo enfermo, arranca de él todo mal y, especialmente, el odio que conduce al terror sinsentido y a la muerte. Ten compasión, Señor, de este mundo enfermo, que necesita tu amor y tu gracia para construir la verdadera paz.

Desde el martes pasado tenemos en las naves de las principales iglesias la imagen querida de la “Mare de Déu morta”, en su cama. Nos recuerda su gloriosa Asunción al cielo, desde donde sigue intercediendo por todo su pueblo. “Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG 62). Ella está muy cerca del corazón de todos los que sufren y, muy especialmente de las víctimas del terrorismo, de sus familiares, de los heridos en los atentados. Que Santa María interceda por nuestro mundo y conceda a los gobernantes de las naciones acierto para descubrir el camino que conduce a la paz).

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