Santa Misa en la solemnidad de Nuestra Señora de Covadonga

Homilía del
Card. D. RICARDO BLÁZQUEZ PÉREZ
Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

blazquez08092017

Basílica de Covadonga
Viernes 8 de septiembre de 2017

Me alegro de celebrar con vosotros la fiesta de Nuestra Señora de Covadonga, en la apertura del Año Jubilar Mariano con motivo del centenario de la coronación canónica de la Santina. Me uno a vuestra devoción.

Terminamos de escuchar el relato de la visitación de María a su prima Isabel. Permitidme que subraye algunos aspectos muy elocuentes. Se encuentran dos mujeres gestando y se felicitan mutuamente. No se compadecen, sino manifiestan el gozo por su “estado de buena esperanza”. En la antigua Liturgia hispano o visigoda, el 18 de diciembre, en la proximidad de Navidad, se celebra una fiesta de la Virgen llamada significativamente como “Nuestra Señora de la esperanza” o “María en la Expectación del parto”. Un niño que nace es como una sonrisa de Dios y motivo de felicitarnos. María ha concebido virginalmente e Isabel, siendo anciana, es providencialmente madre. Se encuentran las dos madres, que esperan con amor ilusionado a sus hijos; y se encuentran también los hijos, el Precursor y el Precedido, Juan y Jesús. El gestado por Isabel ante el portado en su seno por María “saltó de alegría”. El Salvador de Israel y de la humanidad comienza desde el seno materno a irradiar el gozo de la salvación. Los primeros cantos evangélicos proclaman la fidelidad y misericordia de Dios, y manifiestan el regocijo por el cumplimiento de sus promesas que colman la esperanza de la expectación secular.

El pasaje del Evangelio de la Visitación contiene el mayor elogio de María (Juan Pablo II): “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá” (cf. Lc. 1, 45). La fe está impregnada de dicha, como escribió San Pablo: “Que el Dios de la esperanza os colme de gozo y paz en la fe” (Cf. Rom. 15, 13). La fe cristiana está habitada por la alegría. La fe es el ámbito en que recibimos las promesas de Dios; es por ello la fe garantía de lo que esperamos (cf. Heb. 11, 1). Dios no abre un camino delante de nosotros para abandonarnos en el desierto. Sin la meta, que es la tierra prometida, no habría camino sino un vagar de una parte a otra desorientados.

María escuchó con fe la Palabra de Dios, que en ella arraigó, creció y fructificó (cf. Lc. 8, 19-21; 11, 27-28). María es el espejo de los creyentes (cf. Lc. 1, 38; 1, 45; 2, 19-51). María recorrió personalmente la peregrinación de la fe (cf. Lumen gentium, 58). María es modelo de los discípulos de Jesús y Virgen fiel. María, además, en medio de la Iglesia, a lo largo de su historia, custodia desde el nacimiento y defiende la fe de sus hijos. Según la tradición cristiana, María la Virgen Madre y la Madre Iglesia son inseparables. La maternidad de la Iglesia acontece singularmente en el bautismo en que la pila bautismal es como el seno materno de los neófitos.

María alienta la fe de los peregrinos. Si el camino de Santiago es parábola de la vida humana y cristiana, significativamente hay numerosos santuarios marianos a lo largo del Camino de Santiago que es una red de itinerarios. En el santuario de Altötting, centro de peregrinaciones marianas, comienza uno de los senderos del camino de Santiago en el corazón de Baviera (Alemania); Roncesvalles es el santuario de la Virgen María “adelantado” de la peregrinación en España; María es venerada como Nuestra Señora del Camino junto a la ciudad de León; en Santiago de Compostela la bella iglesia de la Corticela y la basílica donde se conservan la memoria y la tumba del Apóstol forman parte del mimo conjunto arquitectónico. La Virgen Peregrina acompaña a los romeros a Santiago en el camino de la fe y de la búsqueda de la gran “perdonanza”. Al lado de María aprendemos la fidelidad al Evangelio. María ha sido baluarte de la fe cristiana en tiempos de tribulación y peligro. María, confesada como Madre de Dios, custodió desde los siglos primeros de la Iglesia la fe en Jesús, el Hijo de Dios, en situaciones de perplejidad sobre lo fundamental. Desde aquí, desde este lugar, impulsó también María a los creyentes. En Covadonga, hoy junto a la Patrona Principal de Asturias, somos invitados a reavivar la fe y a testificarla con humildad y sin miedos, con respeto a todos y convicción personal honda, con el corazón, las palabras y la vida. ¡Que el elogio de María sea también elogio de sus hijos!

Nuestra Señora de Covadonga, la Madre del Señor feliz por haber creído, nos aguarda en las grietas de las peñas, “en las oquedades de la roca” (Cantar de los Cantares 2, 14). Hemos venido gozosos a felicitar, en el día de su fiesta, a la Madre del cielo a la que llamamos cariñosamente “La Santina”. ¡Cuánto deseamos que en nosotros se concentre el afecto acumulado por nuestros antepasados de generación en generación! (cf.Lc.1, 48-50) Estamos en presencia de la Madre de Dios y nuestra Madre en esta encrucijada histórica, dialogando cordialmente como Madre e hijos, para exponerle esperanzas y temores, éxitos y fracasos, inquietudes y amenazas de nuestro pueblo y de la humanidad. Permitidme que recuerde unos versos con los que cantaban los asturianos de ayer en esta cueva de refugio: “Bendita la Virgen de nuestra montaña / que tiene por trono la cuna de España”. El regazo de la Madre nos ofrece serenidad y calma en la intemperie.

La Santina de Covadonga es despertador de nuestra fe; según la tradición nos anima también a defenderla valientemente. Ella alentó a restaurar la fe en una larga epopeya histórica, que tuvo sus inicios pequeños pero vigorosos en estas montañas y que se prolongó durante siglos. La fe abatida y replegada se enardeció para vivirla con la cabeza alta, que no es lo mismo que con aires orgullosos. La memoria en lugar de desdibujarse en el pasado aunó a todos para afrontar decididamente el futuro. La Virgen ha impulsado en tiempos de bonanza y de pruebas a transmitir la fe y a compartirla en la familia; sin el calor del hogar no aprendemos las lecciones más vitales.

La fe cristiana no impulsa a la división sino a la concordia. Por la fe reconocemos que “Jesús es nuestra Paz”, que hizo un solo pueblo de judíos y paganos, de próximos y distantes, “derribando el muro que los separaba: la enemistad” (cf. Ef. 2, 14). Jesús muere perdonando y nos abre el camino de la reconciliación. El Dios cristiano se define como Dios de paz; y su reconocimiento nos orienta a cultivar “la cultura del encuentro y del diálogo”. El Dios de la paz (cf. 1 Tes. 5, 23; 2 Tes. 3, 16) pacifica al hombre y le hace pacificador.

Hace unas semanas hemos sufrido un zarpazo terrible del terrorismo, cuyos autores al parecer pretendían apoyarse en Dios para eliminar a los que a su modo de juzgar serían “infieles”. ¡Cuántas confusiones mortales se ocultan en esta forma de proceder y en la motivación que aducen! Solo la paz está en consonancia con la voluntad de Dios, que manda ser pacificadores y reconciliadores. Pretender matar a inocentes en nombre de Dios es una profanación de su nombre, que es Amor y Paz.

El derecho a la libertad religiosa significa que la fe no se impone por la fuerza. Dios quiere ser adorado por personas libres. La fe en Dios no se impone ni se impide; no es legítimo presionar y coaccionar indebidamente en un sentido o en otro. El Evangelio es anunciado con respeto, sin forzar a nadie, con gratitud y entusiasmo porque es un regalo de Dios que abre a la persona horizontes de trascendencia y de fraternidad. Estamos convencidos los cristianos de que la fe y el reconocimiento de Dios, que colma los deseos más hondos del corazón, y mueve a amar a los demás como hermanos, es bueno para la persona; y crea condiciones para la convivencia sin discriminación de hombres y mujeres en la pluralidad de pueblos, lenguas, culturas, razas, condición social y religiones (cf. Apoc. 5, 9; 7, 9). Las diferencias deben promover el enriquecimiento mutuo, no la discriminación ni la confrontación.

En Covadonga, el año 722, “empieza a actuar la imagen de la España perdida como meta” a alcanzar de nuevo (p. 110). <<La España perdida se convierte en empresa. No hay solo nostalgia: del pasado se traspone al futuro. España se ve como “perdida” y al mismo tiempo como “buscada”>> (p. 93). “Cristiandad e Islam son inseparables desde el siglo VIII hasta el final de la Edad Media; pero su relación es de polaridad. Quiero decir que no se funden ni se mezclan, que la relativa penetración mutua mantiene la alteridad, más aún, está constituida por ella, con plena conciencia” (p. 103). “El Islam, nutrido del judaísmo y más aún del cristianismo, cambia en cierto momento de actitud”. “Esta actitud cerrada, exclusivista, del Islam, que llega hasta nuestros días, polariza al Otro, al ajeno; los cristianos tenían enfrente al Islam, y esto daba tensión y cierta rigidez a la religión cristiana” (pp. 104-105) (Cf. J. Marías, España inteligible, Madrid 1985, pp. 93 ss.). Esta perspectiva amplia, que tiene el respaldo de investigaciones autorizadas, nos ayuda a comprender muchas cosas de nuestra historia y del presente. El lugar que ocupa Covadonga es significativo y relevante en este marco.

Necesitamos todos, cristianos y musulmanes, profundizar en el alcance del derecho a la libertad religiosa que caracteriza a la persona según el designio de Dios y a la consiguiente “cultura del encuentro” para evitar el rechazo mutuo y el llamado “choque de civilizaciones”. Debemos respetar con la inteligencia y el corazón, las palabras y los hechos el derecho a la libertad religiosa que asiste al otro. Si en nuestras sociedades plurales no promovemos y defendemos los derechos y deberes de todo hombre y de todos los hombres, la convivencia justa y pacífica sería muy difícil. La fe cristiana es al mismo tiempo, y en benéfica reciprocidad, reconocimiento humilde de Dios y servicio sacrificado a los demás. No es saludable el silencio sobre Dios y su exclusión en la maduración de las personas y en la configuración de la sociedad. No se obedece a Dios, se llame “Yahveh”, “Alláh”, “Abbá” Padre de nuestro Señor Jesucristo, atentando contra la vida de los hombres.

Según el relato de la visitación, María, la mujer creyente por antonomasia, se puso en camino deprisa para ayudar a su prima que iba a necesitarla pronto. Deseamos que el afecto de la Madre del cielo, de la Santina, caliente nuestro corazón frente al enfriamiento religioso ampliamente difundido en nuestros ambientes. ¡No demos la espalda a Dios! ¡No vivamos prescindiendo de El!.¡Que el vigor de nuestra fe nos enardezca para transmitir la fe a las nuevas generaciones con el testimonio de las palabras y las obras, con la oración y la vida fraterna y solidaria! ¡Que aprendamos de María a cuidar a los necesitados, particularmente a los más débiles y desprotegidos! ¿Con qué espíritu celebrarán las generaciones venideras en Covadonga la fiesta de la Santina?.

No es adecuado identificar fundamentalismo con firmes convicciones religiosas. Aquél es intransigente, éstas son razonables. La fe verdadera no es fanática y la razón auténtica no es voluble. La fe y la razón se necesitan y fortalecen mutuamente como las dos alas para levantar el vuelo al encuentro de la verdad. En el Año Jubilar que hoy inauguramos pedimos a Dios por medio de Nuestra Señora de Covadonga que nos conceda una fe inquebrantable, una esperanza viva y una caridad solícita por el bien de todos. La flojedad en las convicciones no es condición requerida para vivir con actitudes y comportamientos democráticos; más bien, deteriora nuestra dignidad personal y la originalidad de nuestra contribución al bien común. Ceder al relativismo manifiesta una visión borrosa de los contornos entre el bien y el mal, entre la verdad y el amor.

¿Qué significa la celebración del centenario de la coronación canónica de la Santina con la que inauguramos el Año Jubilar Mariano en Covadonga?. No nos mueve la nostalgia que desearía refugiarse en el pasado, frente a la encrucijada actual con su desasosiego y malestar. Es memoria agradecida del pasado que se convierte en dinamismo hacia el futuro. El Papa Francisco en un discurso importante pronunciado con motivo del 60 aniversario de los Tratados de Roma, el día 24 de marzo del año en curso, y dirigido a los 27 Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, dijo entre otras cosas: “Nuestro tiempo es un tiempo de discernimiento, que nos invita a valorar lo esencial y a construir sobre ello; es, por tanto, un tiempo de desafíos y de oportunidades”. “Nuestra época está dominada por el concepto de crisis”. Ahora bien, si toda crisis tiene un factor de desconcierto, zozobra y cuestionamiento, sin embargo no debemos olvidar que alberga también en su seno una apuesta “positiva”. La crisis no tiene por sí misma una connotación negativa. Por esto, el momento actual nos encarga la tarea de discernir los caminos de la esperanza. La crisis es juicio sobre el pasado y es también esperanza de cara al futuro. La crisis no es estancamiento en la experiencia negativa sino apertura al porvenir. “¿Qué esperanza para la Europa de hoy y de mañana?” ¿Qué esperanza para nuestra sociedad y nuestras familias? La historia se comprende mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia el futuro. No bastan los análisis sin prospectiva estimulante. A la Santina la invocamos como “Madre de misericordia y esperanza nuestra”; junto a ella se pueden curar las heridas del corazón y las frustraciones de la vida; a su lado aprendemos a esperar sin desesperar porque “esperó cuando todos vacilaban el triunfo de Jesús sobre la muerte”.

El Año Jubilar Mariano comienza al cumplirse el primer centenario de la coronación litúrgica de nuestra Santina. El rito de coronación de una imagen de la Virgen expresa la devoción del pueblo cristiano. Este gesto nace de la devoción popular, expresa elocuentemente la piedad popular y acrecienta la piedad popular, como manifestación gozosa de los fieles y como confianza en su protección (cf. R. Blázquez, ¿Qué significa la coronación de las imágenes de la Virgen?, en: Del Vaticano II a la nueva evangelización, Santander 2013, pp. 222-242). En este Centenario queremos reavivar, a la altura de nuestro tiempo con sus incertidumbres y logros, con sus sombras y sus luces, los sentimientos que animaron el corazón de nuestros padres. El recuerdo de un acontecimiento histórico secular es motivo de júbilo, de meditación sobre la fe de María y sobre nuestra propia fe, sobre la misericordia y el perdón que Dios nos ofrece con peculiar abundancia, sobre nuestras responsabilidades personales, familiares y sociales. Es un Año de Gracia del Señor vivido junto a nuestra Señora de Covadonga. ¡Que en el regazo maternal de María recibamos paz y consuelo! ¡Que María nos enseñe a transitar por los caminos de la misericordia y de la esperanza!

8 de septiembre de 2017
Fiesta de Nuestra Señora de Covadonga

Mons. D. Ricardo Blázquez Pérez
Cardenal Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

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