Santa Misa de acción de gracias por la canonización de San Faustino Míguez

Homilía de
Mons. D. Joaquín Mª López de Andujar y Cánovas del Castillo
Obispo de Getafe

LopezdeAndujaryCanovasdelCastilloJoaquinM

S.I. Catedral Santa María Magdalena, Getafe
Viernes 3 de noviembre de 2018

“Que los humildes escuchen y se alegren” (Sal 33,3). Con estas palabras del salmo 33, queremos expresar nuestra alegría y, a la vez, nuestra acción gracias a Dios por la canonización del P. Faustino Míguez.

Sí que, hoy y siempre, los humildes escuchen y se alegren, considerando las obras que Dios realiza en la vida de sus siervos fieles. La Iglesia, que es el pueblo de los humildes, en la que, como acabamos de escuchar en el Evangelio, el que quiera ser grande ha de hacerse pequeño como un niño, escucha y se alegra, porque en san Faustino, que fue un hombre profundamente humilde, se ha reflejado el amor misericordioso del Padre Celestial. Y nos sentimos felices haciendo nuestra la oración de Jesús: “Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los secretos de tu Reino a los pequeños y se lo has ocultado a los sabios y entendidos” (Mt 25,11).

Cuando Jesús pone delante de los discípulos a un pequeño, a un niño, proponiéndole como ejemplo para entrar en el Reino de los Cielos, nos está diciendo que Él tiene una lógica muy diferente a la lógica que tiene el mundo. Los “pequeños”, según el Evangelio, son las personas que reconociéndose como criaturas de Dios, huyen de toda presunción y de toda arrogancia, y ponen su esperanza en el Señor. Y, por eso, jamás se quedan defraudadas. Esta es la actitud fundamental del creyente, que entendió muy bien el P. Faustino. La fe y la humildad son inseparables. Cuando más grande es una persona en la fe, tanto más se siente pequeña, a imagen de Cristo Jesús, que “siendo de condición divina, se despojó de sí mismo” (Fil 2,7).

La Iglesia nos propone a san Faustino como un ejemplo al que debemos imitar y como un testigo al que debemos seguir. Fue hombre que confió en Dios. Su existencia nos demuestra que la fuerza de los pequeños es la oración. Los santos son ante todo hombres de oración y, como nos dice el salmo 33, bendicen al Señor en todo momento, en su boca está siempre la alabanza; gritan y el Señor los escucha y los libra de sus angustias.

La fuerza de la oración de los santos va siempre acompañada por la profunda conciencia de su limitación y de su indignidad. La fe, y no la presunción, alimenta la valentía y la fidelidad de los discípulos de Cristo. Como el apóstol san Pablo, llevan “una vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), y saben que “el Señor reserva la corona de la justicia para cuantos esperan con amor su manifestación” (2 Tim 4,8).

Al elevar a la gloria de los altares al escolapio P. Faustino Míguez, se cumplen las palabras de Jesús: “El que se humilla será ensalzado” (Lc 18,14). El nuevo santo, renunciando a sus propias ambiciones, siguió a Jesús Maestro y consagró su vida a la enseñanza de la infancia y de la juventud, al estilo de san José de Calasanz. Como educador, su meta fue la formación integral de la persona. Como sacerdote, buscó sin descanso la santidad de las almas, como científico, quiso luchar contra la enfermedad, liberando a la humanidad que sufre en el cuerpo. En la escuela y la calle, en el confesionario y en el laboratorio, el Padre Faustino fue siempre trasparencia de Cristo, que acoge, perdona y anima. Hombre del pueblo y para el pueblo, nada ni nadie le fue ajeno.

Por eso el P. Faustino se hace cargo de la situación de ignorancia y marginación en la que vive la mujer, a la que considera el “alma de la familia y la parte más interesante de la sociedad” y, con el fin de guiarla desde su infancia por el camino de la promoción humana y cristiana, funda el Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora para la educación de las niñas en la piedad y en las letras.

Su ejemplo luminoso, entretejido de oración, estudio y apostolado, se prolonga hoy en el testimonio de sus hijas, felizmente presentes en nuestra diócesis de Getafe desde hace muchos años, y en el testimonio de tantos trabajadores que se esfuerzan incansablemente para grabar la imagen de Jesús en la inteligencia y en el corazón de la juventud.

En el prefacio decimos: “Te damos gracias Señor porque mediante el testimonio admirable de los santos, fecundas sin cesar a tu Iglesia con vitalidad siempre nueva dándonos así pruebas evidentes de tu amor. Ellos nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida y nos ayudan con su intercesión” (Prefacio de los santos II). El testimonio de los santos nos alienta a proseguir con generosidad por el camino del Evangelio. Al contemplarlos a ellos, que hallaron gracia ante Dios por su humilde obediencia a su voluntad, nuestro espíritu se siente impulsado a seguir el Evangelio con paciente y constante generosidad.

“Quien sirve a Dios, es aceptado, su plegaria sube hasta las nubes” (Sal 35,13). La gran lección que nos dan los santos es bien sencilla. Su gran lección es honrar, amar y servir a Dios con toda el alma y al prójimo como a uno mismo, en todas las circunstancias de la vida, conscientes siempre de que “todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11).

Dios, que escucha las súplicas del oprimido (Si 35,13), que está cerca de los atribulados (Sal 33,19), que libra a los pobres de sus angustias (Sal 33,18); y que recompensa a los justos y restablece la justicia (Si 35,18) nos abra a todos, con generosidad y con la intercesión y el ejemplo de san Faustino Míguez los tesoros de su misericordia.

Y que la Virgen María, Reina de todos los santos, nos obtenga a nosotros, a toda la familia calasancia y a todos los creyentes el don de la humildad y la fidelidad, para que nuestra oración sea auténtica y, como en la vida de san Faustino, vaya siempre acompañada de la misericordia. Amen.

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