Santa Misa de acción de gracias por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros

Homilía de
Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo
Primado de España

braulio05112017

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Domingo 5 de noviembre de 2017

HOMILÍA EN LA MISA MEMORIAL CARDENAL CISNEROS

Cuando el 7 de noviembre de 1517 siente que las fuerzas le abandonan, Fray Francisco, el humilde Cardenal Regente, como ha hecho a lo largo de su vida, piensa en el Señor que le sale al encuentro. He aquí las palabras con las que dialoga sobre el final:

“Sabes que este mi poseer de dinero no ha sido de codiçia sino a fin de ensalzar la Sancta Fe Catholica por armas contra los infieles y por letras divinas entre fieles, y para sostener la paz de estos reynos en tiempos de necesidad. De todos tres fines me has dexado por tu misericordia gozar y ver buen fructo. Lo de la paz del Reyno era lo que agora me tenia en cuidado. Esto has tú proveido con traernos nuestro Rey y Señor a la tierra. Por donde ni yo ni mi dinero somos mas menester. Dame, Señor, tu ayuda para que sin dilaçion lo reparta en servicio tuyo, y a mi dexame ir a descansar contigo”. (En J, García Oro, Cardenal Cisneros. Vida y empresas. I, Madrid 1992,457).

Estamos en los momentos finales del Cardenal, en concreto el que precede al dies natalis, que es como denomina la Iglesia el día de la muerte de los santos o de los cristianos ejemplares en el seguimiento de Jesucristo. Tantas veces, en esos momentos todo adquiere una nitidez y un realismo especial: las esperanzas vanas se esfuman, las apariencias humanas caen por tierra, y la persona queda ante la realidad de su vida, de sus hechos y, sobre todo, del amor de Jesucristo que, como en el caso de Cisneros, ha marcado su existencia. Él es un “Siervo de Dios”, apelativo que da la Iglesia a aquel o aquella cuya causa de canonización ha sido abierta, en este caso en la Archidiócesis de Toledo.

No es, pues, una Misa de Difuntos en el 500 aniversario de la muerte del llamado “Cardenal de España”. Es la celebración de la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Cristo, en acción de gracias por este sacerdote excepcional. Tal vez pensaría ahora el Arzobispo en aquellos años en que, dejando todo lo que un clérigo honesto podía ambicionar, se retiró a la escondida vida de La Salceda, casi eremítica, dentro de la Observancia franciscana. También los años de formación, que le proporcionaron una notable preparación en el mundo eclesiástico, pero en los que no dejó las obras de penitencia y oración, con el firme deseo de unirse a Jesucristo y a ayudar a los hermanos en el camino de la salvación. Son años marcados por la contemplación, por la interioridad, pero con una proyección apostólica, como ha sido siempre en la familia franciscana, hasta en las ramas más recogidas.

Confesor de la Reina. En ese ministerio conoce la talla espiritual de Isabel La Católica y el concepto que tenía de sus responsabilidades de gobierno como un servicio a Dios. Desde 1497, fecha en que muere el príncipe don Juan, heredero de los Reyes Católicos, hasta 1517 en que llega a España el rey don Carlos de Gante, Carlos V a partir de 1519, en esos años de crisis, esa es la hora de Cisneros, pues a él le tocó esta época de tránsito. Son años críticos para España; lo son también para Europa, en la que el rumbo de la historia puede orientarse hacia varias direcciones y hay que tomar una y dejar otra. Ahí está L´Cardinal d´Espagne, como le denominó Henry de Montherlant.

También este drama de buen teatro describe los últimos días del gobierno del Cardenal Cisneros, solo y traicionado. La obra viene así a ser una meditación sobre el poder en relación con la religión, el ascetismo, la abnegación y el sacrificio. El drama se estrenó, por cierto, en la Comédie Française de Paris en diciembre de 1960, en presencia del general De Gaulle y de su ministro de Cultura, André Malraux. El General no solía acudir a actos meramente protocolarios. Si aquella tarde acudió a la representación, era, desde luego, para homenajear a este notable autor francés, pero también porque el drama que se iba a representar era el del hombre de Estado frente a sus responsabilidades, solo ante su destino, obligado a sacrificarse por el bien común y el interés de la nación que encarna. He aquí unas palabras de esa obra teatral: “¡…hay tantos hombres en Vos! El franciscano, el cardenal, el letrado, el hombre de Estado, el capitán” (… il y a tant d´hommes en vous! Le franciscain, le cardinal, le lettré, l´homme d´Etat, le capitaine).

Hoy damos gracias a Dios por la vida y la persona de Francisco de Cisneros. Y por tantas cosas que perduran en el tiempo para bien de los hombres y de la Iglesia. Por el bien de España. Por su corazón, consagrado a Dios como franciscano; por su ingente tarea de dedicación a elevar la vida de esta Iglesia de Toledo, sin descanso durante 22 años; por su sabiduría y su ingente tarea educativa, en la cultura, en la preocupación por la Sagrada Escritura, por la Liturgia Romana y Mozárabe-Visigótica; por su servicio a España como estadista moderno, quizás el más perspicaz y progresista que tuvo Europa en su tiempo. Aunque no logró imponer sus criterios, dejó un ideal de gobierno que se basaba, por un parte, en el concepto de Estado como servicio público que debe situarse por encima de las facciones y de los partidos, y por otra, en una monarquía nacional en la que prevaleciera la búsqueda del bien común sobre intereses dinásticos o patrimoniales.

Pidamos en esta Eucaristía sabiduría para los gobernantes, amor a Jesucristo y entrega de la vida a los hermanos para los obispos y los sacerdotes, vida intensa de oración, contemplación y cuidado de los demás para religiosos y otros consagrados, dedicación a la transformación de este mundo en favor de los hombres y mujeres que componen nuestra sociedad para los fieles laicos, y amor en los padres católicos en educación integral de sus hijos y en la transmisión de la de cristiana como culminación de su vocación de esposos. Santa María, ante la que tantas veces oró el Cardenal en esta Iglesia Primada y en tantos lugares, nos proteja y nos guíe. Amén.    

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