Entrega de la cruz ‘Pro Ecclesia et Pontifice ’ a Jiménez Lozano

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Noviembre 2017

Para mí es un motivo de satisfacción haber solicitado al Papa, que haya sido atendida la petición y hoy poder entregar a Ud. la cruz “Pro Ecclesia et Pontifice”. Es un reconocimiento merecido, es signo de nuestra gratitud y también de esperanza. Me alegro mucho de que el Papa ratifique de esta forma nuestro agradecimiento y se una a nuestra felicitación. Continuamos esperando sus colaboraciones periodísticas y sus libros, su palabra avalada por una trayectoria admirable. Comprendo que Ud. haya necesitado “tanta liberalidad al menos como el hecho de que le haya sido concedido este honor”, pero me permita que le asegure que no debe albergar ningún desconcierto en su gratitud. Estos sentimientos, a mi modo de ver, manifiestan la humildad de un verdadero intelectual que siempre ha actuado como discípulo de la verdad, del bien y de la belleza.
Sin querer suscitar desconcierto alguno en Ud., deseo reconocer ante todos abiertamente la ejemplaridad de su vida. Ha seguido su vocación de escritor y periodista, renunciando a otros posibles caminos; se ha dedicado personalmente a su vocación con su tiempo y estilo de vida, con laboriosidad y paciencia. Ha renunciado a distracciones que le habrían entretenido, pero habrían disminuido su concentración y lo acendrado de su servicio. Ha tenido y tiene cosas que decir y sabe decirlas con belleza y atractivo. Su estilo es inconfundible pues brota de su persona, y sabemos que el estilo es el hombre. No quiero sacar a nadie los colores, si afirmo que personas de esta altura son como lumbreras en la oscuridad e incertidumbre de nuestro tiempo.

Fiel a sus orígenes, a la historia en que ha ido madurando y a los desafíos y oportunidades de cada momento ha respondido Jiménez Lozano con nítido sentido humano y cristiano de la existencia, con numerosísimas lecturas que han ido saciando su curiosidad universal y alimentando su búsqueda más honda, y, como es saludable un cierto inconformismo, con el impulso permanente a la renovación y reforma. En este itinerario largo y fecundo nos ha venido entregando sus frutos; más aún, él mismo se nos ha entregado generosamente.

Desde Alcazarén, desde un rincón de Castilla, ha ensanchado su espíritu a las dimensiones del mundo y de la historia. Lo auténticamente humano y cristiano no tiene fronteras, es universal. Su pasión por la lectura, que prendió en la familia y la escuela, no se ha apagado nunca. Su vida es un monumento de entrega sacrificada a su vocación y de cumplimiento fiel de su misión. La participación sencilla en la comunidad parroquial, la vida como vocación y misión al servicio de la fe cristiana y de la dignidad del hombre tienen su cimiento en Dios. Con otra imagen tomada del profeta Jeremías: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, no dejará por eso de dar fruto” (17, 7-8). El tiempo en su discurrir propicio o adverso nos deja en ocasiones a la intemperie; resiste el que está sólidamente edificado (cf.Mt7,24-25). En Ud. se han juntado sin fisuras la sabiduría de la fe y la asimilación de la mejor herencia de la historia, la dedicación a la palabra escrita y la misericordia por los que sufren, que aprendió en su hogar.

Produce asombro la amplitud de su obra escrita; fue corresponsal en Roma durante tres periodos del Concilio Vaticano II; le ha ocupado tiempo el estudio de personajes como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León,… No olvidemos que Langa, su pueblo natal, está dentro de lo que un profesor (D. Alfonso Querejazu), venido de lejos y aclimatado en Ávila, llamaba seguramente con alguna exageración el “triángulo de la cultura”: Ávila, Fontiveros, Madrigal. Ha evocado numerosas figuras bíblicas, de las cuales con perspicacia ha sacado luz y orientación para nuestro tiempo. La historia ha sido para Jiménez Lozano fuente de inspiración; el pasado distante con sus páginas sabias y bellas es actualizado para nosotros. Además, ha escrito novelas y cuentos, innumerables artículos de periódico; su columna es esperada semanalmente.

La serie de premios que ha recibido, aunque por él no lo sabríamos dada su inclinación a la sobriedad y discreción, manifiestan el reconocimiento de su obra bien hecha, de su obra estimulante y magistral. Premio de Castilla y León de las Letras, Premio Nacional de la Crítica, Premio Miguel de Cervantes, Premio ¡Bravo!, otorgado por la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal Española… son sólo algunos.
Fue relevante su colaboración en la gestación y realización de las primeras Exposiciones de Las Edades del Hombre, que comenzaron el año 1988 en la catedral de Valladolid. Él y su amigo José Velicia, fallecido hace 20 años, junto con otras personas de alta calificación profesional, idearon un estilo original de exposición del riquísimo patrimonio de las Diócesis de Castilla y León, que se convirtió en éxito rotundo. En estas exposiciones, con palabras de Jiménez Lozano, se trataba “no sólo de abrir un espacio a la fruición estética, sino además de emitir un mensaje de índole teológico-catequética. Toda obra de arte está singularmente habilitada para cumplir esa misión mediadora del discurso teológico”.

La trayectoria de la vida y de la obra de Jiménez Lozano son una lección elocuente de cómo el cultivo de las raíces humanas y cristianas de Europa es fecundo para acertar en la encrucijada presente. Quien pierde las raíces del pasado queda limitado para levantar el vuelo hacia el futuro. La memoria genera esperanza. Olvidar las raíces de la historia debilita el vigor de las generaciones posteriores. La memoria de lo acontecido, que debe ser siempre amplia y nunca selectiva, propicia la corrección de lo que se hizo equivocadamente y alienta en la dirección de lo que fue acertado. La memoria es plural, y a veces oscilante; por ello, quien la explora debe estar abierto a su amplitud.

D. José, paisano admirado y querido, reciba mi cordial felicitación.

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