Santa Misa con motivo de la entronización de la reliquia del Beato P. José María Fernández

Homilía de
Mons. Fr. Jesús Sanz Montes, OF
Arzobispo de Oviedo

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Parroquia San Isidoro el Real, Oviedo
Domingo 26 de noviembre de 2017

Querido D. José Luis, párroco de esta comunidad cristiana de San Isidoro, querida familia de nuestro Beato el P. José María Fernández, Hijas de la Caridad y familia vicenciana, hermanos todos en el Señor: paz y bien.

Suenan las campanas de esta céntrica iglesia ovetense con tañidos de domingo. La ciudad se hace sabedora de que desde el Fontán les recordamos que estamos de fiesta los cristianos al celebrar el último domingo del año litúrgico con la solemnidad de Cristo Rey del Universo.

La andadura vivida al hilo de la liturgia cristiana, nos ha acompañado a través de un año en el que hemos ido viviendo los diferentes misterios del Señor, el Mesías esperado y reconocido que abrazó por entero nuestra humanidad universalmente para todo tiempo y todo lugar. Llegamos al término de todo un año en el que hemos ido acompañando a Jesús, Dios hecho hombre, a través de los distintos momentos de su vida y ministerio redentor. Toda su vida, desde la gestación en la entraña virgen de su Madre, hasta la ascensión al cielo, la hemos ido contemplando al hilo de cuanto la liturgia nos presentaba junto a la memoria de Santa María y de todos los santos.

Recordemos que Herodes, al comienzo de la vida del Señor, y Pilato al final, cada uno desde sus intere­ses y pretensiones, tuvie­ron miedo de este Jesús Rey. Pero la realeza de Jesús no era una alternativa política-re­ligiosa de nadie, ni traía su persona ninguna subversión con apariencia pia­dosa y aden­tros revolucionarios. Ni Pilato ni Herodes entendieron la realeza de Jesús, y por eso la persiguieron cada uno a su modo. Es verdad que Jesús ha traído una revolución al mundo, acaso la única verdadera de la historia, pero sus pretensiones “reales” no tenían ni tienen nada que ver con aspiraciones de poltrona ni con deseos de perpetuarse como sea en un solio de terciopelo. Ni la palabra ni los gestos de Jesús dieron la impresión de campaña electoral para desbancar a quien se pusiera por delante. Tal vez por eso era incómodo su magisterio, porque no se adecuaba a los clásicos baremos del poderío al uso y de la ambición de siempre.

Su realeza, verdaderamente “real”, se ha ido presentando y desgranando como un auténtico servicio: reinar para servir. Por esta razón rechazará la propuesta de Satanás en la tentación del poderío; o se marchará lejos huyendo al monte cuando la gente quería coronarle rey tras la multiplicación de los pones y los peces; e incluso por esta forma suya tan especial de entender su reinado, desencantará a muchos de sus seguidores, que hasta el final esperaban una restauración política del “reino” de Israel. Jesús se reconoce rey, pero de otra manera. La imagen escogida para explicar “su manera” será la del pastor, de larga tradición profética y de enorme plasticidad para aquellos oyentes, acostumbrados por mucho tiempo a vivir del rebaño y a convivir con él en sus éxodos nómadas.

El juicio final del que nos habla el Evangelio de este último domingo, en el cual estarán presentes todas las naciones ante el trono de la gloria del Hijo del Hombre, será precisamente el juicio de quien tanto ha amado a sus ovejas, como admirablemente dibuja Ezequiel en la 1ª lectura: “yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… y las libraré, sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad… Buscaré las ovejas perdidas, haré volver las descarriadas, vendará a las heridas, curaré a las enfermas…”. Es la imagen del Buen Pastor que Jesús hará suya después.

No hay por tanto lugar para el temor por el juicio de quien tanto nos amó. Pero este juicio misericordioso no sólo tendrá lugar solemnemente al final de los tiempos. Esto es lo que nos dice la parábola de este Evangelio desde la estrecha vinculación que el rey-pastor Jesús hace de su persona con cada uno de los hombres, especialmente los más desfavorecidos, desde esa divina solidaridad con la que nos abrazó quien siendo Dios quiso vivirse y desvivirse asumiendo nuestra humanidad.

Por eso hemos de repetir otra vez que debemos vigilar sobre nuestra fe y nues­tra vida cristiana, pero no al modo pagano: “por si acaso viene Dios y nos pilla” (actitud típica de quien sólo revisa y “pone al día” su cristianismo ante determinadas situaciones: boda, primera comunión de los hijos, una operación o cualquier otro peligro de muerte, etc.). Dios no es ese inevitable intruso en nuestra vida, del que se puede prescindir y al que se trata de esquinar. El juicio final está continuamente antici­pado en lo cotidiano de nuestra vida. El cristianismo no puede zanjarse en un curso in­tensivo, habiendo vivido des-cristiana­mente el resto de la vida. De la misma manera que cuanto decimos y  hacemos por Jesús tiene una verificación también cotidiana en el amor al prójimo: “os aseguro que cuanto hicisteis con uno de esos mis humildes herma­nos, conmigo lo hicisteis”. Es el juicio de amor ante el cual siempre nos descubrimos pobres y mendigos, pero es el que nos pone ante la verdad a la que hemos sido llamados como testigos de quien siendo el verdadero Rey tanto nos amó haciéndose “súbdito”. Hemos de descubrir quiénes son hoy los hambrientos y sedientos, los desnudos y sin techo, los encarcelados… porque el pan, el agua, la ropa, la casa, las celdas, tienen muchos nombres y describen muchos escenarios, que hay que saber discernir y salir al encuentro de los hermanos que sufren sus penurias como pobres y necesitados. En ellos quiso Jesús hacerse presente y en ellos espera que le reconozcamos.

En esta festividad y aquí en esta parroquia ovetense, nosotros tenemos un motivo añadido para dar gracias. La entronización de las reliquias de un mártir, recientemente beatificado por la Iglesia, tiene que ver con nosotros los aquí presentes. Porque la historia cristiana siempre ha tenido la fecha de un tiempo y el espacio de un domicilio. Y es en esta época nuestra y aquí en el barrio de El Fontán, donde nace José María Fernández en 1875. Aquí creció en una familia cristiana, por estas caleyas y soportales correteó como guaje hasta que fue al Seminario donde ya mozo Dios le indicó con los hijos espirituales de San Vicente de Paúl por dónde debería ir su respuesta a la llamada que recibía en la Iglesia.

Ordenado sacerdote en Madrid, realizará con provecho estudios en Roma para luego ser enviado a la India como misionero. Su ciencia y su conciencia le hicieron sabio y apóstol, sin ser jamás sabihondo ni activista. Bastaba oír su predicación tan sabrosa, su enseñanza siempre sólida, y una caridad propia de un vicenciano que salía al encuentro de todas las pobrezas tratando de mejorar la vida de los que hoy el evangelio nos ha recordado que Jesús mismo se solidariza con ellos, se llame como se llame su pobreza. Atender su hambre espiritual predicando la Buena Nueva y repartiendo la Gracia a manos llenas, pero también construyendo casas, haciendo escuelas, levantando dispensarios y pequeños hospitales, abriendo caminos para que los humildes puedan desarrollar su vida con dignidad y esperanza.

Regresado a Oviedo tras la India, será luego destinado a Madrid donde realizará el supremo testimonio de amor a Jesús, como todos nuestros mártires han muerto con su nombre en los labios diciendo su más sentido ¡viva Cristo Rey! La familia de sangre, la parroquia que le vio nacer, los hermanos y hermanas de congregación religiosa, y nuestra entera Diócesis hoy eleva su canto de alabanza y gratitud al Señor por el regalo testimonial y la intercesión desde el cielo de este querido hermano nuestro, el Beato Padre José María Fernández.

Él nos trae a la memoria algo de lo que nosotros hemos de vivir también a nuestro modo y en nuestras calendas: la santidad cotidiana de una vida que responde a lo que quiere Dios, siendo alabanza para su gloria y abrazo para los hermanos que Él ha puesto a nuestra vera y los ha confiado a nuestro cuidado.

Que el Beato José María Fernández interceda desde el cielo como nosotros en la tierra venerando sus reliquias pedimos ser santos. Que proteja nuestras familias, que enfervorice su parroquia y que nos bendiga pidiendo con nosotros vocaciones sacerdotales y religiosas para bien de la Iglesia. Que la Santina de Covadonga, Reina de los mártires y Madre de Cristo Rey nos llene el corazón de esperanza y alegría.

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