Santa María, Madre de Dios

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Diciembre 2017

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

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