Vigilia de la Inmaculada Concepción

Homilía de
Mons. D. Joaquín Mª López de Andujar y Cánovas del Castillo
Obispo de Getafe

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Cerro de los Ángeles (Getafe)
Jueves 8 de diciembre de 2017

INMACULADA CONCEPCION (2017)
“Nada hay imposible para Dios”

La Virgen María nos convoca un año mas, como familia diocesana, para celebrar esta Vigilia en la que la honramos con el título de Inmaculada Concepción.

Y tenemos que empezar preguntándonos ¿Qué significa este título?: ¿Qué queremos decir cundo llamamos a María “la Inmaculada Concepción”? Y ¿que relación tiene este título con nuestra vida? ¿Por qué le damos tanta importancia?

La liturgia de hoy nos aclara el contenido de esta palabra con dos grandes imágenes: la primera imagen es la del relato del Génesis describiendo el drama del pecado y la segunda imagen es la del relato del anuncio del ángel a la Virgen comunicándole el nacimiento de Jesús.

1. El drama del pecado. El hombre no se fía de Dios.

El drama del pecado es el drama de la desconfianza de Dios. La imagen que nos presenta el libro del Génesis es una imagen difícil y oscura. Nos habla de un gran drama y de una gran esperanza. En el relato del Génesis se predice que, en la historia de la humanidad, desde sus orígenes, existe la lucha entre el hombre y la serpiente, es decir, entre el hombre y las fuerzas del mal y de la muerte. Pero también se anuncia una gran esperanza. En el libro del Génesis se predice que “el linaje” de la mujer un día vencerá y aplastará la cabeza de la serpiente, aplastará la muerte. Se anuncia proféticamente que el linaje de la mujer vencerá. Y así, mediante el hombre, Dios destruirá el pecado. “Porque para Dios nada hay imposible”

En esta Vigilia junto con la Iglesia creyente y orante nos hemos de poner a la escucha de Dios, ante este texto, para poder comenzar a comprender qué es el pecado original, el pecado hereditario, y también cuál es la defensa contra este pecado hereditario, qué es la redención.

El cuadro que se nos presenta es que El hombre no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita nuestra libertad, y que sólo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado. La serpiente engaña al hombre diciéndole que solo apartándonos de Dios podremos alcanzar plenamente nuestra libertad.

El hombre, y especialmente el hombre de hoy, la cultura dominante de hoy, que se nos mete por todos partes, vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo. El hombre de hoy no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. Él quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacerse dios, elevándose a su nivel, y de vencer con sus fuerzas a la muerte y las tinieblas. No quiere contar con el amor que no le parece fiable; cuenta únicamente con el conocimiento, puesto que le confiere el poder. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad.

Pero ¿Qué engaño tan grande! Amor no es dependencia, sino don que nos hace vivir. La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, es limitada ella misma. Sólo podemos poseerla como libertad compartida, en la comunión de las libertades. La libertad sólo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros. Y solo es posible vivir como debemos, si vivimos según la verdad de nuestro ser, es decir, según la voluntad de Dios. Porque la voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su naturaleza, una medida que está inscrita en su propio ser.

Si vivimos contra el amor y contra la verdad, si vivimos contra Dios, entonces nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo. Así no encontramos la vida, sino que obramos en interés de la muerte.

Todo esto está relatado, con imágenes inmortales, en la historia de la caída original y de la expulsión del hombre del Paraíso terrenal.

Queridos hermanos, si reflexionamos sinceramente sobre nosotros mismos y sobre nuestra historia, debemos decir que con este relato no sólo se describe la historia del inicio, sino también la historia de todos los tiempos, y que todos llevamos dentro de nosotros una gota de este veneno y de ese modo de pensar reflejado en las imágenes del libro del Génesis. Esta gota de veneno la llamamos pecado original. Ese veneno puede llegar a despertar en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: le falta la dimensión dramática de ser autónomos Puede llegar a creer ingenuamente que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser. Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario,

Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así. Vemos claramente que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece.

2. La esperanza de la Redención y el anuncio del nacimiento del Mesías.

Frente al engaño del pecado, el evangelio nos presenta la esperanza de la redención, cumplida en la Virgen María: es el relato maravilloso del anuncio a María, la Virgen de Nazaret, de la venida del Mesías. El saludo del ángel está entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Sofonías. Nos hace comprender que María, la humilde mujer de una pequeña aldea, que proviene de una estirpe sacerdotal y lleva en sí el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el “resto santo” de Israel, al que hacían referencia los profetas en todos los períodos turbulentos y tenebrosos. En ella está presente la verdadera Sión, la morada viva de Dios.  En ella habita el Señor. En ella, Dios encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, Por eso Dios quiso hacerla inmaculada desde su misma concepción. No permitió que el veneno del pecado entrara en ella.

Ella es el retoño que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido de David. En ella se cumplen las palabras del salmo: “La tierra ha dado su fruto” (Sal 67, 7). Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la redención y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como podía parecer, en los comienzos, en la historia de Adán y Eva, o durante el período del exilio babilónico, y como parecería nuevamente en el tiempo de María, cuando Israel se había convertido en un pueblo sin importancia en una región ocupada, con muy pocos signos reconocibles de la santidad. Dios no ha fracasado

En la humildad de la casa de Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su pueblo. Del tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice “sí” al Señor, se pone plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.

3. La Virgen Inmaculada nos muestra que el hombre en manos de Dios alcanza la libertad verdadera.

En el día de la Inmaculada debemos aprender que el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con Él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta a la vida.

La fiesta de la Inmaculada es un rayo de luz en el panorama sombrío de la humanidad que ve a Dios como un enemigo del hombre. Por eso le damos tanta importancia a esta fiesta. Por eso venimos a esta Vigilia para cantar las maravillas que Dios ha realizado en María y las maravillas que Dios quiere seguir realizando en nosotros.

La Virgen María testimonia con su vida, que, cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos claramente en ella. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos la puerta abierta de la bondad creativa.

En ella Dios graba su propia imagen, la imagen de Aquel que sigue a la oveja perdida hasta las montañas y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dejándose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa.

Como Madre que se compadece, María es la figura anticipada y el retrato permanente del Hijo. Y así vemos que también la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella, la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros. Así, María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: “Ten la valentía de estar con Dios. Prueba. No tengas miedo de Él. Ten la valentía de arriesgar tu vida en el camino de la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás”.

La Virgen María nos acompañará en esta aventura e intercederá por nosotros ¡Oh María, sin pecado concebida, Señora de los Ángeles, rogad por nosotros que recurrimos a vos”. Amén

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