Santa Misa con motivo de la ordenación de siete presbíteros

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

3-2

S.I. Catedral-Basílica de Nstra. Sra. del Pilar, Zaragoza
Sábado 16 de diciembre de 2017

Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos.
El Señor está cerca (Fil 4, 4-5)

Estas palabras de la antífona de entrada del Misal Romano marcan la atmósfera espiritual de este III domingo de Adviento y el clima de fiesta por la ordenación presbiteral de siete hermanos nuestros: José Manuel; Federico; Ignacio; Alejandro; Fabio; Pedro; y Pablo. Estos siete neopresbíteros son el gran don que hoy hace el Señor a nuestra Iglesia de Zaragoza. El mejor regalo de Navidad.

Por eso podemos exclamar llenos de alegría: Alégrate, Iglesia de Zaragoza; canta de júbilo, Seminario Metropolitano de Zaragoza; desborda de gozo, Virgen del Pilar.

Saludo con particular afecto y gratitud a los siete ordenandos: ¡Cuánta gracia de Dios derramada en el curso de vuestras vidas! ¡Qué misterio de amor y de belleza el de vuestra vocación sacerdotal! Habéis escuchado la llamada del Señor y le habéis respondido con libertad, generosidad y alegría. Saludo a vuestras queridas familias. ¡Muchas gracias, padres, por entregar vuestros hijos al Señor y a la Iglesia!

Mis saludos al Sr. Vicario General y Vicarios Episcopales; al Cabildo Metropolitano; al Sr. Rector, Formadores y Confesores del Seminario Diocesano, que tanto habéis contribuido a la formación de estos siete candidatos al sacerdocio; al Sr. Director y Claustro de Profesores del CRETA; a los sacerdotes concelebrantes y diáconos; a los seminaristas y personal de servicio del Seminario; a los miembros de vida consagrada; a los fieles y amigos venidos de distintos puntos de nuestra geografía diocesana y especialmente de las parroquias, donde han ejercido el ministerio de diáconos, con sus respectivos párrocos al frente; al Sr. Delegado de Liturgia, que ha preparado con esmero la celebración; a la Capilla de Música y Coro del Seminario, Director de Coro y Organista; a los MCS, especialmente a OFICIA, Oficina de Comunicación de la Iglesia en Aragón.

Liturgia del domingo III de Adviento (Ciclo B)

Acontece esta ordenación presbiteral en el tiempo de Adviento: tiempo de espera, de conversión y de alegre esperanza. El mensaje bíblico y litúrgico de este domingo estimula a la comunidad cristiana al anuncio, seguimiento y testimonio alegres de Cristo. La alegría que proclama este domingo, llamado gaudete (Alegraos, primera palabra de la antífona de entrada del Misal Romano), no es la alegría superficial y mundana de una Navidad ya próxima y comercializada hábilmente por la sociedad de consumo, sino el hecho de saber que Cristo está ya presente en medio de nosotros, si bien no lo conocemos y testimoniamos suficientemente.

En la oración colecta hemos suplicado: “Oh Dios, que contemplas cómo tu pueblo espera con fidelidad la fiesta del nacimiento del Señor, concédenos llegar a la alegría de tan gran acontecimiento de salvación y celebrarlo siempre con solemnidad y júbilo desbordante”.

El profeta Isaías, que nos guía en el Adviento, presenta al Mesías ungido por el Espíritu del Señor para anunciar la Buena Nueva de la Salvación, que alcanzará su plenitud en Jesús. Por eso desborda de gozo con el Señor y se alegra con su Dios. Estad siempre alegres y no apaguéis el Espíritu, exclama San Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses. En el evangelio de hoy hemos escuchado el espléndido testimonio de Juan el Bautista en favor de Jesús, el Mesías que viene, como respuesta a la pregunta que se le hace: “Tú, ¿quién eres?”.

El evangelista Juan no se detiene a describir la impresionante figura y recia personalidad del Bautista, como hacen los otros tres evangelistas, puesto que para él la mejor síntesis de la persona y misión de Juan el Bautista es definirlo como “testigo de la luz, que es Cristo” (Jn 1, 7). No obstante del pasaje de hoy, se desprenden tres rasgos característicos de su persona: 1) Sinceridad y lealtad a toda prueba: “Confesó sin reservas”. 2) Humildad y sensatez que no sucumben a la vanidad de embriagarse con el aplauso de la masa. 3) Testimonio profético, repetido varias veces, al servicio de la misión que se le había encomendado: él es tan sólo la voz que anuncia al Mesías y le prepara los caminos del corazón humano. Juan era la voz, Cristo es la Palabra, como afirma San Agustín en la segunda lectura del oficio divino de este domingo.

Lo mismo que el Bautista expresó ante sus discípulos su entusiasmo por la presencia y acción de Cristo el Mesías, así nosotros podemos testimoniar: Cristo no defrauda ninguna esperanza, el es el Mesías, el Señor. Él es la fuente de nuestra alegría. Ojalá seamos los sacerdotes profetas que superan las tentaciones de las ideologías y del fatalismo.

En medio de la sociedad actual, con signos de desesperanza y de tristeza por tantas circunstancias de todos conocidas, los cristianos y, sobre todo el sacerdote, vosotros, queridos ordenandos, debemos ser testigo de la alegría. Los motivos de nuestra alegría son la fe, la esperanza y la caridad.

Alegría de la fe, porque el Reino de Dios ya ha empezado, Cristo vive en su Iglesia como “sacramento universal de salvación”. Es la alegría de sentirnos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo. Es la alegría de ver a la luz de Dios todos los acontecimientos de la vida.

Alegría de la esperanza, por la cercanía y proximidad del Señor: “Estad siempre alegres en el Señor…, el Señor está cerca” (Fil 4, 4). La esperanza nos da la seguridad de que el Señor viene a buscarnos, de que nosotros vamos a su encuentro, de que seremos definitivamente introducidos en la alegría plena y definitiva de Dios: “Bien, siervo bueno y fiel…entra en la alegría de tu Señor” (Mt 25, 21). Entonces estaremos siempre con el Señor (cfr. 1 Tes 4, 17).

La alegría de la caridad, del amor, de la oblación serena y del servicio generoso, de la contemplación y de la cruz. Uno no es plenamente feliz sino cuando se entrega a Dios y a los demás; cuando hace felices a los otros, porque hay más alegría en el dar que en el recibir. Es la alegría de las bienaventuranzas y del seguimiento de Cristo por el camino de la vocación que cada uno ha recibido, especialmente por la vocación sacerdotal.

¿Qué nos impide ahora nuestra alegría y ser felices? Seamos sinceros: el no haber hecho de Dios el único centro de nuestra vida; el no habernos decidido a realizar con fidelidad su plan de salvación sobre nosotros; el no habernos aceptado con sencillez en nuestros límites; el no descubrir la fecundidad de la cruz; el no haber sabido gustar a Dios en el silencio de la oración y contemplación; el no haber aprendido a vivir para los demás en permanente actitud de servicio.

¿Cómo ser entonces alegres y felices? Viviendo en profundidad interior. Saboreando desde dentro la cruz. Viviendo en actitud de donación y servicio. Ese es el programa de vida de un sacerdote, que hoy os brindo.

Volvemos ahora los ojos y el corazón a Nuestra Señora del Pilar, “causa de nuestra alegría”. Por ella nos vino “el Autor de la vida”. Hoy le decimos: María, feliz por creer en un ser esperado y presente. Fuiste cuna y sagrario de Dios. María, feliz por creer. Nos unimos a su canto del Magníficat, que ha resonado en el salmo responsorial.

En este tercer domingo de Adviento queremos, Señor, practicar las consignas que nos da el apóstol Pablo. “estad siempre alegres y no dejéis morir en vuestras manos las ascuas incandescentes del Espíritu de Cristo, que es alma y fuego, luz y amor, llama y vida, gozo y paz.

Gracias, Señor Jesús. Hoy tenemos muchos motivos para la alegría: Tú estás viniendo, ya llegas. El Señor está cerca, llama a nuestras puertas, suplicando cobijo; abridle las puertas del alma, esperad al Buen Dios. Marana tha. Ven, Señor Jesús. Amén.

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