¡Feliz Navidad, palentinos!

Carta de
Mons. D. Manuel Herrero Fernández, OSA

Obispo de Palencia

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“Al principio del mundo
profetizaron
la venida del Niño;
ya se ha llegado.

EA, QUE ERES COMO UNA PERLA.
HOLA, QUE LOS NIÑOS TE ADORAN.
OYE, QUE TE RONDAN PASTORES,
VAYA, QUE ERES SOL REFULGENTE,
NIÑO DEL ALMA, NIÑO DEL ALMA”.

Con este villancico del repertorio palentino canta el pueblo el misterio de la Navidad, con alegría, a coro, con música de dulzaina y tambor. Así os invito a celebrar la Navidad: con fe, con amor, con esperanza y alegría, en comunidad familiar, con música en los instrumentos, en las voces y en el corazón.

Al principio del mundo profetizaron. Este verso alude a las primeras páginas del libro del Génesis donde se narra la creación. El hombre y la mujer, salidos de la mano alfarera de Dios, del Dios amigo y cercano que sale a pasear al fresco de la tarde con sus criatura, no aceptan su condición de criaturas, quieren ser como Dios, y pecan, se separan de la Fuente de la vida; pero Dios, que es amor compasivo y misericordioso, promete la salvación: «Pongo hostilidad entre ti -le dice a la serpiente- y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia: esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón» (Gen 3, 15). Esta es la primera promesa hecha por el mismo Dios.

Esta promesa de salvación fue concretada en el correr de la historia por los distintos profetas, desde Moisés, Balaán, David, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, y los llamados profetas menores. Todos, en nombre de Dios, denuncian el pecado que oprime al hombre y al pueblo de Israel y a los demás pueblos, y anuncian la paz, la justicia, la defensa de los débiles, los «cielos nuevos y la tierra nueva», donde ya no haya llanto, ni luto ni dolor, sino paz y alegría sin fin. «Prometió la salud eterna, la vida bienaventurada en compañía eterna de los ángeles, la dulzura de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos… Prometió a los hombres la divinidad, a los mortales la inmortalidad, a los pecadores, la justificación, a los miserables la glorificación» (San Agustín, Comentario al Salmo 109, 1-3).

La venida del Niño ya se ha llegado. Los profetas no anunciaron la realización de los promesas por medio de un rey y sus ejércitos, ni un filósofo, ni un científico o técnico, ni un extraterrestre, sino por medio de un Niño: «La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel» (Is 7, 14). Es Jesús, el Hijo del Padre y de María, encarnado por obra del Espíritu Santo, hijo del Hombre, hermano tuyo, mío, nuestro. Este es nuestra esperanza, nuestro salvador, nuestra justicia, nuestra paz, nuestra libertad; es el camino, la verdad, la vida, el hombre nuevo. A ti, Jesús, nacido en Belén, criado en Nazaret, crucificado en Jerusalén, y resucitado en la gloria del Padre, te decimos:

Ea, que eres como una perla. Si, por Ti merece la pena venderlo todo con alegría (Mt 13, 46).

Hola, que los niños te adoran. Sólo quien es niño de corazón y se hice niño, pequeño, reconoce en Ti al Dios con nosotros, al Dios que por amor al hombre se hace hombre (Mt 18, 3; Lc 18, 16-17). Oye, que te rondan pastores. Los pastores, los humildes, los últimos se sienten amados y te rondan por amor (Lc 2, 8-20; Jn 21, 15- 18).

Vaya, que eres sol refulgente. Eres el Creador del sol, la luna y las estrellas, y la Luz del mundo que disipa toda tiniebla, ilumina, da calor, crea y recrea (Mt 5, 45; Ap 1, 16).

Niño del alma, Niño del alma. Como te lo diría María, tu Madre, la bendita entre todas las mujeres, y como te lo diría san José, el bendito.

«Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti… Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre. Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne de pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de la muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido» (San Agustín, Sermón, 185).

Celebremos la Navidad, la natividad del Señor, abriéndonos a él, renaciendo nosotros como los niños al amor, la paz, la esperanza; sacando lo mejor de nosotros mismos y ofreciéndoselo al hermano: «¿Dices que nada se crea? / No te importe, / con el barro de la tierra / haz una copa, / para que beba tu hermano. ¿Dices que nada se crea? / Alfarero, a tus cacharros. / Haz tu copa, y no te importe, / si no puedes hacer el barro» (A. Machado).

¡Feliz Navidad, hermanos!

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