Tres nuevos mártires

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Diciembre 2017

El día 11 de noviembre fueron beatificados en Madrid 60 mártires de la Familia Vicenciana, coincidiendo con el 400 aniversario del comienzo del carisma de San Vicente de Paúl, centrado en la misión y en la caridad. Tres sacerdotes paúles habían nacido en nuestra Diócesis: Ponciano Nieto, en Valverde de Campos, localidad próxima a Medina de Rioseco; Laureano Pérez, vallisoletano de la parroquia de San Martín, y Victoriano Reguero, también vallisoletano bautizado en la parroquia de San Nicolás. Nuestra Diócesis celebró gozosamente en la Catedral el día 19 su beatificación. Nos prestan los mártires un servicio inestimable que agradecemos profundamente, pues con su fe rubricada por la sangre, nos preguntan: ¿Cómo vivimos la fe?.

En los santos el Señor manifiesta su presencia, su fuerza y su palabra. Transparentan los mártires, a modo de vidriera, la luz de la fe, de la esperanza y el amor cristianos. Desde el principio de la historia de la Iglesia hasta nuestros días, pasando por la persecución del siglo XX en España, han testificado que Dios merece ser servido hasta con la entrega de la vida. En ese trance el mismo Señor los fortalece. “En los tormentos no estoy solo, sino que Jesucristo está conmigo”; “en medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón”.

El Mártir por excelencia es Jesucristo. A veces la historia de su pasión ha sido considerada como el acta primera de las narraciones martiriales. Jesús se hace presente con el misterio pascual de su cruz y de su victoria en la persecución de los discípulos (cf.Lc.12,4-12).

A la luz de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, podemos comprender en qué consiste el martirio de sus fieles. Las palabras de San Vicente de Paúl “no hay ningún acto de amor más grande que el martirio” reproducen casi literalmente las palabras de Jesús en el Evangelio: “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos” (Jn. 15, 13-14). Fijémonos en diversas escenas de la Pasión del Señor.

a) Los mártires no son superhombres que apoyados en sus propias fuerzas desafían a los perseguidores. Ellos, a ejemplo de Jesús, palpan su debilidad y sienten miedo ante los tormentos que los aguardan. Jesús en Getsemaní pidió insistentemente a Dios que alejara de Él el cáliz de la pasión; pero sin perder la confianza en el Padre, se sometió a su inefable voluntad. ¡Hágase como tú quieres, no como yo quiero! (cf. Mt. 26,36-46). Nuestros mártires, beatificados hace un mes en el Palacio de Vista Alegre Arena de Madrid, se apoyaron en la oración; en las cárceles y en los refugios formaron comunidades orantes. El mártir cristiano no es como los kamikazes que mueren matando. La Iglesia Católica desaprobó que los cristianos se presentaran espontáneamente a los tribunales para ser condenados a muerte.

b) Nuestros mártires padecieron la persecución en un momento en que nuestra convivencia se rompió trágicamente. Ellos no la provocaron sino que la padecieron. Jesús, después de ser fortalecido en la oración al Padre (cf. Lc.22, 41-53), sabiendo que ya estaban cerca los que iban a prenderlo, fue a su encuentro y les preguntó: ¿A quién buscáis?”; y ellos respondieron: “A Jesús el Nazareno”; y Él les dijo: “Yo soy”. Nuestros mártires no huyeron, dieron la cara, no negaron su identidad de cristianos, se pusieron en manos de Dios y sin ejercitar resistencia y violencia alguna, se dejaron conducir. Fueron como corderos llevados al matadero.

c) La forma como Jesús murió es admirable. En su Pasión no profería amenazas; en su interior no cedió al resentimiento, a la amargura y la venganza. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc.23, 34). Igual que el protomártir Esteban, cuya fiesta celebraremos el próximo día 26, murió imitando a Jesús en el perdón (cf. Act.7, 60), también los mártires de nuestro tiempo han muerto perdonando. Es sublime que nuestro Señor pidiera al Padre perdón a favor de los que le habían conducido hasta la cruz en una cadena ininterrumpida de “entregas”, de Judas a los soldados, de los soldados al Sanedrín, de Caifás a Pilatos, de Pilatos a los verdugos y de los verdugos a la muerte. Con su espíritu de amor que vence al odio, los mártires siguieron también la manera de morir de Jesús (cf.1 Ped.2, 21-25). La beatificación no es un desquite por lo acontecido hace decenios sino una llamada a la pacificación. Las causas del martirio, que la Iglesia ha promovido en relación con los que murieron víctimas de la fe cristiana, no es por revancha, sino para mantener viva la memoria de quienes nos dejaron el testimonio espléndido de su fe y la entrega de la vida como invitación al trabajo por la paz, por la justicia y el amor. En la escuela de Jesús aprendieron a vivir y a morir; y nosotros también queremos ser discípulos del mismo Maestro.

Los mártires no murieron por terquedad ni por ilusiones sin fundamento. Murieron sellando con la sangre la fe en Dios, la verdad del Evangelio, la esperanza en la vida eterna. Se entregaron no al vacío sino a Dios, suprema realidad y verdad. La fe es confianza en la promesa de Dios y fundamento de lo que esperamos (cf.Rom.4, 20-21; Heb.11,1); obediencia a Él (cf.Heb.11,8); certificación de la veracidad de Dios (cf.Jn.3,30); aceptación de la revelación divina; comunión en la Iglesia con los demás creyentes. Los
mártires no sólo recitaron con sus labios el credo de la fe de la Iglesia, sino también con la vida dijeron sí a Dios.

Bendigamos al Señor por el testimonio de estos mártires, tan cercanos a nosotros. Su ejemplo nos fortalece en la fragilidad de nuestra vida cristiana.

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