Navidad y educación

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Enero 2018

Las fiestas de Navidad tienen un encanto particular. Se unen recuerdos entrañables e ilusiones de niño; despiertan los mejores sentimientos y nos deseamos unos a otros la paz y el bien. Aunque a veces da la impresión de que se hacen esfuerzos ridículos para que no aparezca el motivo de estas celebraciones, a pesar de todo hay en el fondo algún tipo de saber de que Navidad es el origen de estos días soñados. En efecto, Navidad significa el nacimiento de Jesús en Belén como Salvador del mundo.

Esta fiesta tiene muchas manifestaciones en la vida familiar y social, en parte procedentes de la narración evangélica y en parte sugeridas por otras circunstancias. No hay alumbramiento sin madre; por eso, la fiesta de María como Madre de Dios es celebrada en el ámbito del nacimiento de Jesús, a los ocho días, el día 1 de enero. Como ese día comienza el año civil, se añade otro motivo de celebración; nos felicitamos el año nuevo y una vida renovada bajo la mirada providente de Dios. Jesús nació en el hogar formado por María y José; por lo cual celebramos también en la cercanía del calor de Navidad la fiesta la Sagrada Familia, modelo, defensa y protección de nuestras familias, que se hallan en una encrucijada con oportunidades y riesgos. El nacimiento de Jesús es el “nacimiento de la paz” (San León Magno), ya que Él es “nuestra Paz” (cf. Ef. 2, 14), que cantaron los ángeles en torno al pesebre del Niño de Belén. En Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, brilla también la dignidad de todo hombre, aunque sea débil, pobre y descartado. De las celebraciones de Navidad, Año Nuevo y Epifanía o Reyes Magos se iluminan diversas realidades relevantes para todo hombre y todo cristiano.

En conexión con el espíritu de estas fiestas quiero recordar hoy una tarea tan fundamental como excelente, tan difícil como preciosa, tan decisiva como acosada por intereses espurios. Me refiero a la educación. La educación es prolongación de la vida del
niño, ya que nacimiento, crianza y educación son inseparables. Jesús nacido en Belén creció y fue educado en Nazaret (cf. Lc. 2, 39-40. 51-52). Por ello, los padres son los primeros y principales educadores de los hijos; es obligación intransferible y derecho primordial de los padres elegir según sus convicciones la educación de sus hijos. La familia, consiguientemente, es la primera escuela. Esta responsabilidad de los padres debe ser asumida diligentemente por ellos, debe ser respetada por el Estado y debe ser facilitada por la sociedad. Aunque estas diferentes bresponsabilidades parecen obvias, no siempre hallan adecuado cumplimiento. Cuando hay ruido de cambios en la vida social, como acontece en nuestro tiempo, la educación aparece siempre como una presa disputada. Todos suspiran por una ley de educación realmente concertada entre padres, educadores, partidos políticos y otros agentes concernidos, pero no termina de llegar. Todo hombre, de cualquier raza y condición, por su dignidad de persona tiene derecho inalienable a la educación que responde a su vocación humana. Los derechos primarios de los niños y de los padres en relación con la educación han sido consignados en declaraciones internacionales, firmados por el Estado español, que deben ser respetadas. Es un campo fundamental y delicado en que la entera familia humana debe progresar con una mirada universal y de futuro. ¿No nos interpelan las imágenes de niños mendigando pan y futuro?. Los niños y los jóvenes son la esperanza de la humanidad y de la Iglesia.

La educación transmite conocimientos generales y profesionales específicos. Enseña a observar atentamente la vida y a discernir la respuesta adecuada; madura la personalidad y fragua criterios para juzgar según verdad y bondad; la educación forma la mente y el corazón; ilumina la inteligencia, nutre la memoria y fortalece la voluntad. La educación otorga razones para vivir moralmente, para esforzarnos y para trabajar con esperanza. Ayuda a vivir lo cotidiano sin relieve y a consolidar hábitos y actitudes para actuar con perseverancia en el bien. La educación moldea a la persona y la va haciendo generosa y servicial. La vida humana como misión está inseparablemente unida a la educación. Con la buena educación se enriquece la persona y se beneficia la sociedad. Frecuentemente descubrimos a los buenos educadores con el paso del tiempo y la experiencia de su inestimable ayuda. Un buen educador es un tesoro, que merece aprecio y gratitud. Por eso, menoscabar la autoridad del educador es una irresponsabilidad de la sociedad. Al educador se pide autoridad, que no es lo mismo que dureza, y respeto al educando que no equivale a ceder a sus caprichos. En el proceso formativo no sólo se forma el alumno, también el educador aprende sin cesar. El buen educador sabe combinar el ánimo y la corrección, la exigencia y la paciencia. Cuando se habla de “emergencia educativa” se toca una indigencia muy difundida actualmente y de gran calado para el presente y el futuro. ¡Cuidemos la educación como oro en paño!.

La educación deber se integral, es decir, tener en cuenta todas las dimensiones de la persona. Benedicto XVI pidió con su habitual sabiduría que no limitáramos la racionalidad a la ciencia y a la técnica; hay también una racionalidad auténtica en el campo del humanismo y de la religión. La formación religiosa forma parte de la educación integral y la clase de religión de la enseñanza escolar. Nuestra legislación ofrece a los padres y alumnos la oportunidad de recibir enseñanza religiosa en la escuela. No es un privilegio ni una imposición; es un derecho de los padres y alumnos, y obligación de oferta de los centros. Como todo derecho exige también éste, ser respetado por el centro y el claustro de profesores, y cumplido con competencia y dedicación por parte de los docentes designados.

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