Santa Misa en la solemnidad de san Antonio, abad, patrono de la diócesis de Menorca

Alocución de
Mons. D.  FRANCISCO CONESA FERRER
Obispo de Menorca

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S.I. Catedral Basílica de Santa María, Menorca
Miércoles 17 de enero de 2018

REFORMAR LA IGLESIA

La celebración de San Antonio nos hace mirar al pasado, hacia el momento en que fue restaurado el cristianismo y nuestra fe cristiana fue difundiéndose en Menorca. Pero nos obliga también a mirar hacia adelante, a pensar en el futuro de esta fe, que ya fue testificada por el Obispo Severo hace 1600 años.

Estoy convencido de que la fe cristiana sólo puede crecer si la Iglesia se sitúa en estado permanente de reforma. La renovación de la Iglesia no es una acción puntual que ocurra sólo en algunos momentos de la historia. La renovación es una tarea permanente, porque la Iglesia es comunidad siempre en camino. Mientras peregrina por este mundo, es signo de Cristo, pero es siempre un signo perfectible, marcado por la deficiencia, porque forman parte de la misma personas e instituciones que pueden ser infieles a su misión. Los reformadores protestantes se hicieron eco hace 500 años del clamor popular cuando decían: “Ecclesia semper reformanda”; en todo momento la Iglesia está necesitada de renovación. El Concilio Vaticano II dijo que era necesaria una “renovación perenne” (UR 6) y explicó que “la madre Iglesia no cesa de orar, de esperar y de trabajar, y exhorta a todos sus hijos a la santificación y renovación para que la señal de Cristo resplandezca con mayores claridades sobre el rostro de la Iglesia” (LG 15). Es una invitación a trabajar con tesón para que las debilidades no empañen el rostro de Cristo que la Iglesia debe reflejar.

También nuestra Iglesia de Menorca, si quiere ser fiel a su misión, debe entrar en un proceso de renovación, que afecta a las personas y a las instituciones, a las actitudes con que vivimos y al modo en que nos situamos en la sociedad actual. Señalaré tres puntos que considero importantes para realizar esta renovación.

1.- Ser más de Dios para ser más de los hombres

La primera pista de renovación es ésta: hemos de ser más de Dios para ser más de los hombres. La Iglesia tiene que ser más de Dios, más divina. Lo que los hombres y mujeres buscan cuando se acercan a la Iglesia es a Dios. Lo mejor que podemos ofrecer a nuestros contemporáneos es la fe que tenemos. Nos equivocamos cuando hacemos de la Iglesia una entidad meramente social o un club para el tiempo libre. La Iglesia es comunidad de creyentes, de personas cuyo corazón ha sido transformado por la fe en Jesucristo y que viven de un modo nuevo. Como escribía Ratzinger, “la reformatio, la que es necesaria en todo momento, no consiste en que podamos remodelar siempre de nuevo “nuestra” Iglesia como nos plazca, en que podamos inventarla, sino en que prescindamos constantemente de nuestras propias construcciones de apoyo a favor de la luz purísima que viene de lo alto y que es al mismo tiempo la irrupción de la pura libertad” (La Iglesia. Una comunidad siempre en camino, p. 84). La verdadera reforma consiste en que la Iglesia sea más divina, es decir, más vinculada a su Señor. “Lo que necesitamos no es una Iglesia más humana, sino una Iglesia más divina; sólo entonces será también verdaderamente humana” (ibídem, p. 87).

Esta reforma nos pide a cada cristiano ser más de Dios, dejar que nuestro corazón y nuestra vida se conviertan para que el rostro de Dios se refleje con claridad en la Iglesia. Nuestra Iglesia de Menorca necesita más espíritu de oración y de adoración, una mayor profundidad espiritual, una experiencia más honda de Dios.

La celebración de San Antonio pone ante nuestros ojos a un hombre de Dios. Cuenta San Atanasio en su biografía que sus contemporáneos le llamaban “amigo de Dios”. Y eso fue lo que atrajo a mucha gente, que buscaba su consejo. Algunos siguieron su modo de vida, viviendo como anacoretas en el desierto de Egipto. San Antonio decía a los monjes que no bastaban los años dedicados al Señor y que era preciso dedicarse cada día a su servicio.

Ser más de Dios significa transmitir con todas nuestras actitudes y comportamientos al Dios en quien creemos. Y supone también eliminar todo lo que impide que la Iglesia refleje con claridad el rostro de Dios.

2.- Iglesia servidora de todos

La segunda pista de renovación de la Iglesia es ésta: ser servidora de todos. Esto es consecuencia de lo anterior, porque cuanto más seamos de Dios, más seremos de los hombres, más estaremos al servicio de todos. El Dios en quien creemos no es un ser distante que se exime del trato con la humanidad, sino un Padre al que le preocupa la vida de cada ser humano, un Dios que ama con locura a esa criatura suya. No se puede servir a este Dios sin  servir también con esmero a cada ser humano; no se puede creer en este Dios si no se cree también en el hombre. Por eso, amar a Dios exige servir al hombre, agachar el lomo para lavar sus pies cansados, ungir con aceite sus heridas y ayudar a sanar los corazones afligidos.

Nos renovaremos en la medida en que crezcamos como Iglesia servidora de todos. Los hombres y mujeres de Menorca no pueden percibir en nosotros lejanía, desinterés, altanería o prepotencia. Somos sus siervos, como Cristo fue siervo nuestro. Hemos de servir al hombre, acompañando su búsqueda del Absoluto, y servirle también en sus necesidades materiales.

Tenemos que servir de modo particular a los más pobres. La opción por los más últimos, aquellos que la sociedad descarta, está en el corazón del Evangelio y debe ser actitud constante de la Iglesia en todo momento. Sin esta opción, el Evangelio corre el riesgo de no ser comprendido ni vivido.

También en esta faceta nuestro santo patrón nos da ejemplo. Aunque Antonio había elegido vivir una vida de retiro y oración, no dudó en abandonar el desierto para socorrer a los cristianos que estaban sufriendo la persecución del emperador Maximino. Y, aunque practicaba grandes ayunos y penitencias, decía que la cumbre de la perfección no residía en la penitencia sino en el amor. San Antonio recordaba a los monjes que el amor ocupa el lugar central en la vida cristiana y que toda santidad y perfección sólo es posible por el amor. Dios, decía, “espera nuestro amor en todo hombre que encontramos” (Apogtemas).

3.- Iglesia evangelizadora

La tercera cuestión que ayudará a renovar nuestra Iglesia es crecer en la misión, ser más evangelizadores. Conviene recordar que la Iglesia existe sólo para evangelizar, para contagiar a los hombres el gozo de creer en Jesucristo. La Iglesia crece cuando pone todo –sus estructuras, sus personas, sus acciones- al servicio de la misión. Lo sabe muy bien el Papa Francisco, que no se cansa de invitarnos a ser Iglesia en salida, Iglesia “en estado permanente de misión” (EG 25).

Este es el sentido del proceso que estamos desarrollando el presente curso. Aprovecho la ocasión para dar gracias a los más de 70 grupos que en nuestra Diócesis están trabajando el documento “Discernir para evangelizar”, y que cada mes van presentando sus aportaciones y exponiendo cómo podemos crecer como Iglesia que evangeliza.

La prioridad de la Iglesia de Menorca debe ser el anuncio gozoso de Jesucristo. Hemos de buscar caminos nuevos para acercarnos al hombre contemporáneo y hacerle llegar el Evangelio. En las reflexiones de los grupos de discernimiento se pide con insistencia que la Iglesia sea cercana a todos y que nuestras parroquias sean abiertas, alegres y vivas. Se habla también de “sortir més al carrer” y de “sortir de les estructures de sempre”. Cuando se mira sólo a sí misma, la Iglesia enferma. En cambio, la tensión misionera, la pasión por el anuncio de Jesucristo, renuevan la Iglesia.

Conclusión

No debemos temer la revisión, el cambio, la autocrítica. No hay que tener miedo a la reforma. Pero sí conviene ser muy consciente de que lo que hacemos nosotros es sólo quitar obstáculos, eliminar lo que sobra. Quien realiza la renovación de la Iglesia es sólo Dios. Sólo Él puede hacer que a través de personas cargadas de debilidades, como somos nosotros, y de instituciones llenas de defectos, resplandezca su santo Rostro. Es el Espíritu de Dios el que renueva la Iglesia y la rejuvenece, el que hace que su rostro anciano siga siendo reflejo de su Señor. Por mucho esfuerzo que pongamos en la renovación, sin la oración y la invocación del Espíritu Santo, no es posible. Dejemos que el viento del Espíritu, que todo lo hace nuevo, sople sobre esta barca de Menorca.

San Antonio, con su espíritu de oración y servicio renovó la Iglesia de su tiempo. Con su búsqueda de Dios, desde el desierto de la Tebaida, promovió una renovación de la vida cristiana. A él invocamos confiados en este día y le pedimos que ayude a esta Iglesia de Menorca a crecer siendo más de Dios, sirviendo con más dedicación a los hombres y proclamando con mayor entusiasmo el Evangelio.

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